Lo disparatado, lo insólito, lo maravilloso

Nos fijamos en la palabra disparate y en otros vocablos que nos llevan al terreno de lo absurdo.

Lo disparatado, lo insólito, lo maravilloso
Les Luthiers basa parte de su humor en el absurdo.

Al consultar repertorios de refranes, he encontrado el siguiente, que me dejó pensativa: “Amigos de ágapes, un disparate; amigos en el dolor, ni dos”. El mensaje es claro, pero ¿cuál es el valor del vocablo ‘disparate’?

Al rastrearlo en el diccionario, me quedo con la segunda acepción: “Barbaridad o cantidad grande”: “En la feria, había un disparate de gente”. Equivale así a “infinidad, montón, sinfín”. En este sentido, el refrán transcripto es igual en contenido al que reza “Amigos y mulas, fallecen a las duras”: las situaciones difíciles son prueba de la amistad, porque en la necesidad fallan aquellos con los que creíamos contar.

Si volvemos a la palabra ‘disparate’, su primer valor es el de “despropósito o desatino”: “Tu propuesta es un disparate”.

Se vincula a ‘disparatar’, del cual sabemos que es “decir o hacer algo fuera de razón y regla”; también está ligado a ‘disparatado’ o “contrario a la razón” y, por lo tanto, “absurdo, descabellado”: “El candidato disparató propuestas ilógicas. Tus ideas son totalmente disparatadas”.

En este sentido, ¿qué otros vocablos de análogo significado posee la lengua española? En primer lugar, ‘despropósito’, que conlleva la idea de nombrar algo fuera de razón, de sentido o de conveniencia: “Cuando habló, solamente enunció un despropósito tras otro”. Se asemeja a ‘desatino’, pues esta palabra involucra aquello carente de acierto: “Su conducta errática lo va llevando de un desatino a otro”.

En la lista de sinónimos sugeridos, vemos también ‘dislate’ y ‘desvarío’, que coinciden en la idea de “locura, insensatez, absurdo”; encontramos relación con ‘desvariar’, equivalente a “decir locuras, delirar”: “Salimos de allí muy asustados porque se encontraba desvariando”.

Otro vocablo similar es ‘imprudencia’ que puede definirse como “precipitación, atrevimiento, irreflexión”: “Por favor, no vuelva a cometer tamaña imprudencia”. Es equiparable a ‘insensatez’ pues hay necedad y falta de cordura: “Ha obrado con insensatez al tomar esa resolución”.

Un disparate es también un ‘absurdo’ o hecho sin sentido, contrario y opuesto a la razón; se lo puede calificar como ‘demencial, descabellado, delirante’; también, “extravagante e irregular”: “En su camino, ha ido cometiendo absurdos de los que hoy se arrepiente”.

Muchas veces, lo disparatado y lo absurdo nos sorprenden porque violan las normas de lo acostumbrado y caen en lo ‘insólito’. Este vocablo explica su significado a partir de la suma de elementos: el prefijo negativo “in-” y la base “sólito”, participio pasado del verbo ‘soler’, con el significado de “lo que se suele hacer ordinariamente”. Lo insólito es lo raro y extraño, lo inaudito y sorprendente, lo extravagante e inusitado. Esas asociaciones insólitas se dan en las famosas Greguerías, de Ramón Gómez de la Serna, que nos sorprenden por la presentación de objetos o de situaciones bajo ángulos u ópticas no contemplados antes.

La greguería queda definida como una “composición muy breve en prosa, que mediante el humor y la metáfora presenta una visión sorprendente de algún aspecto de la realidad”. Son ejemplos de greguerías: “El cuatro es la silla de los números”; “Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia”; “El beso nunca es singular”; “Debería haber unos prismáticos de oler para percibir el perfume de los jardines lejanos”; “El agua se suelta el pelo en las cascadas”.

En la actualidad, un reconocido grupo nos deleita con su humor intelectual al jugar con el factor sorpresa que impacta a su auditorio y provoca la risa: Les Luthiers. Uno de los recursos que usan es la metátesis, figura de dicción consistente en intercambiar letras o sílabas, en el interior de una frase, para generar otra de distinto significado, con resultados ridículos o chocantes.

Un integrante del grupo mencionado, Carlos Núñez Cortés, cita como ejemplo a José Manuel Marroquín cuando escribe: “Ahora que los ladros perran / ahora que los cantos gallan / ahora que albando la toca / las altas suenas campanan /y que los rebuznos burran /y que los gorjeos pájaran / y que silbos serenan / y que los gruños marranan / y que la aurorada rosa / los extensos doros campa, / perlados líquidas viertas / cual yo lágrimo derramas / y friando de tirito / si bien el abrasa almada, / vengo a suspirar mis lanzos / ventano de tus debajas”. El receptor, sorprendido, primero ríe, luego, pone el orden que corresponde a cada metátesis y recompone el mensaje adecuado.

Otro recurso sorprendente por las insólitas asociaciones es la paronomasia, donde se juega, como lo indica la denominación, con parónimos o voces muy parecidas que difieren entre ellas solamente en la vocal acentuada: “Como tengo amigo, amago / de enviar esta llana, llena / previniendo tanta tinta, / puse al candil mucha mecha”.

Cuando lo insólito y lo disparatado se aúnan, puede surgir lo mágico y maravilloso plasmado en textos y canciones que atesoramos en nuestra memoria: testimonio de ello son las jitanjáforas, que no apuntan a la razón sino que impactan por el juego fónico. Ellas quedan definidas como un “texto carente de sentido cuyo valor estético se basa en la sonoridad y en el poder evocador de las palabras, reales o inventadas, que lo componen”. El término ‘jitanjáfora’ es la última palabra del tercer verso de un poema repleto de voces sin significado, pero de gran sonoridad, que compuso en 1929 el poeta cubano Mariano Brull; de este vocablo se valió el humanista mexicano Alfonso Reyes, quien designa este tipo de enunciados. Aquel poema original decía:

“Filiflama alabe cundre

ala alalúnea alífera

alveolea jitanjáfora

liris salumba salífera”.

Para concluir esta nota en que hemos aunado lo disparatado con lo insólito y lo mágico, leemos una poesía del cubano Nicolás Guillén, titulada Canto negro, con suma de los elementos nombrados:

“¡Yambambó, yambambé!

Repica el congo solongo,

repica el negro bien negro;

congo solongo del Songo

baila yambó sobre un pie. […]

Tamba, tamba, tamba, tamba,

tamba del negro que tumba:

tumba del negro, caramba,

caramba, que el negro tumba:

¡yamba, yambó, yambambé!”.

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