La doble boda

Ella y su marido habían resuelto que como eran tan cercanas en edad –se llevaban un año–, y compartían amigos, una boda doble sería mucho más sencilla de costear.

La doble boda
Boda.

Faltaban unos minutos para el mediodía cuando empezó el viento. Tenía la violencia de un tifón, pero estaba cargado de tierra, y ardía. Se asomó al balcón de su casa y pudo medir cómo se sacudían las centenarias moreras de la vereda, a pocos metros de la Plaza Independencia. El característico zonda de Mendoza se adicionaba al paro general de la Confederación General del Trabajo (CGT), que desde temprano complicaba los transportes y amenazaba con arruinar el casamiento de dos de sus hijas mayores.

Ella y su marido habían resuelto que como eran tan cercanas en edad –se llevaban un año–, y compartían amigos, una boda doble sería mucho más sencilla de costear. De lo contrario hubiesen tenido que solventar tres fiestas de casamiento en menos de doce meses: su primogénita había asumido ese compromiso público en marzo de ese año, y a ella todavía le costaba aceptar que su regalona ya no vivía en la casa. La parecía mentira no poder abrazarla diariamente, la extrañaba todo el tiempo.

Llamaron del Golf Club Andino, donde estaba previsto el festejo de esa noche, para avisar que tenían resuelto el transporte de varios de los productos necesarios para el menú. Avisaron que prepararían las mesas adentro, como habían acordado, pero que reservarían un salón para bailar también en el interior, en caso de que el viento no cediera en el transcurso de la tarde.

Mientras se aseguraba de que cada uno de sus hijos tuviese la ropa que usarían esa noche en condiciones, pensaba que ojalá pudiesen usar la terraza con vista a la cancha de golf. Eso era lo que más le gustaba de los casamientos en el tradicional Club del Parque General San Martín.

Los vestidos de las dos novias eran nuevos, confeccionados a medida por un sastre amigo. Parecidos y diferentes a la vez: mangas largas, una falda que cubría los zapatos hasta el piso. Estaban perfectos, esperando su destino en la habitación que ellas compartían en la gran casa familiar. El hogar de esa gran “tribu”, que casi un año después de ese día, en una accidentada madrugada de primavera, me recibiría como su primera nieta y sobrina.

Fue recién media hora antes de partir hacia la ceremonia religiosa que el zonda se aplacó y dejó de azotar ramas y alborotar hojas. El escenario elegido para dar el doble sí fue la iglesia de Santo Domingo. Ya en el altar de la iglesia los novios -en una decisión que podía parecer casual pero no lo era-, vestían jaquets con pantalones a rayas; chalecos que hacían juego con las chaquetas, y camisas blancas. Cuando entraron las dos novias, de los brazos de su padre, un cuarteto de cuerdas interpretó el Ave María, de Schubert.

El padrino de esa boda doble, mi abuelo materno, era un pediatra conocido por su afición al bridge y por los métodos no convencionales que elegía para tratar algunos malestares frecuentes en los niños. Los padres de sus pacientes lo reverenciaban. Entre otros tratamientos revolucionarios inventó un desinfectante y desinflamatorio a base de jarilla. En ese tiempo trabajaba en un Centro de salud de la Cuarta Sección de Mendoza; y ese día especial decenas de familias agradecidas con él se acercaron a saludarlo a la puerta de la Iglesia.

Los cuatro recién casados llegaron juntos al Golf, en un auto que conducía uno de los novios justo cuando sonaba el hit número uno de aquel año: Let It Be, de Los Beatles. Un centenar de amigos y familiares –una cantidad exigua, si se considera lo numerosa que era la familia de las novias– los esperaban para ubicarse en las diferentes mesas dentro del salón principal del tradicional club, que tenía a su cargo, además, la música de la fiesta y el menú.

La alegría, y el alivio por todo lo que podría haber salido mal y funcionó a la perfección, propició una catarata de brindis con Tom Collins. Luego se sumaron los blancos y tintos Pinar del Río, de Escorihuela, para acompañar el plato principal: supremas a la Maryland. Una de las especialidades de los bodegones argentinos, que tuvo su origen en el comedor de la primera clase del Titanic.

A la mañana siguiente quienes once meses después serían mis padres acomodaron el equipaje en el Renault Dauphine blanco que tenían y partieron rumbo a Punta del Este, en Uruguay.

Pero la historia de una de las parejas que comenzó la expansión de la Tribu había comenzado nueve años antes. Se vieron por primera vez en una reunión sencilla que habían organizado en el comedor de la casa de mis abuelos maternos por los quince años de esa chica de boca sonriente y de larguísimo pelo lacio, casi rubio, que once años después sería mi madre, la tercera de los nueve hijos.

Él era un estudiante de abogacía, el hermano menor y más consentido de su familia. Hijo, nieto y bisnieto de varones dedicados al Derecho. Tenía un amor irrestricto por los caballos y una serie de principios que ordenaban su conducta y explicaban su cosmovisión: honestidad, lealtad y rectitud.

Decidieron ser una pareja luego de varios meses de salir y compartir reuniones. Fue en una fiesta en la que celebraban que él acababa de aprobar una materia y supieron que ya no habría otro destino para ellos que estar juntos. Transitaron nueve pacientes años de novios, hasta que concluyeron el servicio militar y la carrera universitaria de él. Comenzó ahí una unión indestructible que atravesó sinsabores, alegrías, y resultó en dos hijos y cuatro nietos. Son inseparables, deciden cotidianamente seguir juntos. Consideran al otro en cada decisión que toman desde hace más de 60 años.

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