Ciegos ilustres

Tres célebres directores de la Biblioteca Nacional de la Argentina fueron ciegos: José Mármol, Paul Groussac y Jorge Luis Borges.

Ciegos ilustres
El escritor francés fue también director de la Biblioteca Nacional de Argentina.

La incomprensión que se aloja en muchos hombres es una especie de sordera espiritual para la que no existen audífonos. Y se manifiesta de mil maneras. Una muy difundida es la discriminación del semejante por diferentes motivos: el color, la raza, la nacionalidad, la religión.

Y se exterioriza también por características físicas: el enanismo (es decir, la baja estatura), la obesidad o cualquier tipo de circunstancia, sea auditiva, dificultad de expresión o de orden visual.

A esta última, discriminación por la ceguera, me voy a referir hoy. Aludiré sólo a la pérdida de la visión, no: también a la de los ciegos mentales. Esos, que “equivocando el camino, culpan al camino; que abren puertas que no pueden cerrar”. Que beben suponiendo escapar… y sólo cambian de cárcel.

Me referiré a los no videntes, a los que han perdido la vista o a los congénitos que nacieron sin ella. A los ciegos, para no usar eufemismos. Y encontraremos en muchos ciegos, hombres ilustres y avanzados, que en todos los tiempos y en todos los caminos señalaron caminos, por donde avanzó –y seguirá avanzando–, la humanidad.

Les daré una lista de escritores ciegos, verdadero orgullo de los países que los vieron nacer. El primer ejemplo lo tuvimos en nuestro país.

Tres directores de la Biblioteca Nacional fueron ciegos. José Mármol, novelista argentino, que durante varios años dirigió la Biblioteca Nacional, hasta 1871 en que falleció con sólo 54 años. Escribió la primera novela argentina, Amalia, un alegato contra el gobierno de Rosas, que lo obligó a exiliarse en Montevideo.

Otro director ciego de la Biblioteca Nacional fue Paul Groussac, nacido en Francia, ¡que la dirigió durante 44 años! Pero fue también argentino, por elección y por amor a nuestra patria. Escribió un hermoso libro, La divisa punzó. Y el tercer director prácticamente ciego de la citada biblioteca fue nuestro Jorge Luis Borges.

Los viajes de Gulliver, un hermoso relato infantil y no sólo infantiles, lo creó un sacerdote irlandés en el siglo 18. Era ciego: se llamó Johnatan Swift.

Como lo era también el italiano Giovanni Papini, desde sus 54 años, época en que le dictó a su nieta, el libro El Diablo.

Y ciego estuvo las últimas décadas de su vida el español –de las Islas Canarias– Benito Pérez Galdós, fallecido en 1920, de cuyos libros se hicieron dos películas españolas Nazarín, dirigido por Luis Buñuel, y Marianela.

Y también fue ciego Axel Munthe, sueco, autor de La historia de San Michele.

Y ciego en la última etapa de su vida un escritor argentino, que escribió, entre otros, este bello soneto que finaliza así: “Porque después de todo he comprobado / Que no se goza bien de lo gozado / Sino después de haberlo padecido. / Porque después de todo he comprendido / Que lo que el árbol tiene de florido / Vive de lo que tiene sepultado.”

Este singular poeta se llamó Francisco Luis Bernárdez, y falleció, pocos días después de cumplir 78 años, en 1978.

Estos ejemplos de escritores no videntes que “vieron” con mucha más claridad que otros con vista normal, se puede extender muchísimo, e incluso a científicos, deportistas, cantantes, (como el gran tenor italiano Andrea Bocelli), actores, inventores...

Sería la demostración más acabada de que los discapacitados o “diferentes” en cualquier sentido, pueden enseñarnos cosas e incluso superarnos.

Así que todo menoscabo por cualquier circunstancia física es sencillamente aberrante.

Y se mezclan en esta desvalorización crueldad y estupidez. Considero que esta ceguera del discriminador, daña más a los que lo rodean y en lo personal aceptaría la discriminación del que discrimina…

Y a ese señor que discrimina (si es que podemos llamarle “señor”) quiero dedicar este aforismo final que resume el sentido de toda esta columna: ”Sólo los ciegos mentales discriminan a los hombres por sus carencias”.

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