Band on the Run: la obra maestra de Paul McCartney, más allá de Los Beatles

Grabado en condiciones adversas, el quinto disco de McCartney después de Los Beatles es el mejor de un integrante del cuarteto fuera de esa célebre banda.

Band on the Run: la obra maestra de Paul McCartney, más allá de Los Beatles
Paul McCartney, Linda McCartney y la portada de "Band on the Run", de Wings.

La lucha contra el aburrimiento puede llevarnos a muchas cosas. A veces a la catástrofe, a veces a una cima creativa. A Paul McCartney, en 1973, lo llevó a las dos cosas a la vez y la mejor prueba de ello es Band on the Run, el disco publicado al frente de su banda Wings y que acaba de cumplir 50 años.

Hay obras musicales, obras maestras como esta, de las que sólo cabe analizar su propia textura, sus formas, su contenido. En cambio, sobre Band on the Run (el tercer disco de Paul McCartney & Wings y el quinto del ex Beatles luego de la disolución del cuarteto) es imposible quedarse con el mero análisis de sus magníficas canciones y el carácter conceptual de todo el álbum.

Y es que todo lo que llevó a su grabación y composición hacen de esta placa una leyenda. Un comienzo para narrar la historia del álbum podemos ubicarlo en Escocia, a principios de 1973, donde Paul y su esposa, Linda (quien formaba parte de Wings) deciden que podrían salir de la monotonía británica a la hora de grabar el nuevo disco que ya tenían prefigurado. ¿Por qué no buscar, mejor, un lugar exótico que los inspire, que los haga romper la rutina, que dote a la música que están produciendo de otros colores? Es ahí cuando a McCartney se le ocurre pedirle a EMI, sello discográfico al que pertenecía, una lista de lugares que contara con estudios propios de grabación. Al recorrer ese listado, el dedo termina posándose en Lagos, Nigeria. África podía darles a los Wings eso diferente que buscaban ―aunque no supiera exactamente qué― y abordan un vuelo hacia ese destino en agosto de 1973.

Pero ahí fue que comenzaron los problemas. Paul, Linda y el resto de los Wings (el recientemente fallecido Denny Laine, Henry McCullough y Denny Seiwell) habían viajado a Lagos junto con el ingeniero de sonido Geoff Emerick, el mismo que trabajó en los mejores discos de Los Beatles. Pero al llegar a Nigeria, una serie de desencuentros, incomodidades y discusiones cambiaron rápido el panorama y tanto el guitarrista McCullough como el baterista Seiwell abandonaron el lugar y se despidieron de Wings, que se convirtió de pronto en un trío (Paul, Linda y Laine). Era ya una “banda en fuga”, como se terminaría llamando el disco. Como si ese no fuera ya un problema mayúsculo para resolver, el estudio nigeriano no era ni por lejos un lugar digno para grabar un disco de McCartney, ya que estaba casi desmantelado y ubicado en un lugar donde la seguridad no era primordial.

A pesar de ello, Paul, que siempre se caracterizó por la voluntad y el talento, decidió seguir adelante, asumiendo él mismo el rol de cantante, baterista, bajista y guitarrista, apoyado por Linda y Laine. Pero al cabo de unos días, cuando ya tenían algunas grabaciones realizadas gracias a otro estudio que montaron y cuando creían que la cosa comenzaba a andar, el trío sufrió un asalto a punta de cuchillo, en el que McCartney y los suyos salvaron la vida, pero perdieron manuscritos de letras y músicas de las canciones que querían grabar, además de algunas cintas con bocetos de esas mismas canciones.

Nada detuvo al grupo, que se sobrepuso sólidamente como trío, junto con eventuales invitados y la potencia que avasallaba todo: la de McCartney y el material poderoso que estaba produciendo. Al fin, todo terminó felizmente, con el grupo de vuelta en Reino Unido para completar la grabación con algunas orquestaciones, que tuvo a cargo nada menos que el productor George Martin, y una foto antológica que fue usada de portada. En ella, los Wings sobrevivientes posaron junto a un variopinto grupo integrado por dos grandes actores (Christopher Lee y James Coburn), el humorista Kenny Lynch, el chef y político Clement Freud (nieto de Sigmund) y el periodista Michael Parkinson.

Cuando se publicó Band on the Run, el impacto fue mayúsculo. La crítica lo saludó efusivamente y las ventas comenzaron a dispararse, hasta que convirtieron al álbum en el más vendido del año en Reino Unido. Pero, ¿qué tiene de especial este disco que está cumpliendo medio siglo? Canciones soberbias, en primer lugar: desde la que da nombre al disco hasta la final (conocida como “1985″), ofrecen un muestrario de ritmos, melodías, arreglos e interpretaciones que no por nada ha hecho que se lo considere a este el mejor disco de un Beatle después de Los Beatles, superando a Plastic Ono Band de John Lennon o a All Things Must Pass de George Harrison.

El inicio soberbio, con la canción que da nombre al disco, es tal vez lo más cerca que estuvo McCartney de alinearse con el rock progresivo que comenzaba a dominar la década, con sus secciones cambiantes y su recorrido de la balada más suave al rock más encendido y algunos teclados “emersonianos”.

Jet, la canción que le continúa, es uno de esos típicos temas de McCartney, de estribillos irresistibles y arreglos primorosos, que en este caso incluyen como novedad el uso en el comienzo de un ritmo que estaba naciendo: el reggae.

Luego viene la hermosa Bluebird (una balada concebida por Paul, a propósito de la canción anterior, en Jamaica) y que tiene un rico colorido sonoro en su percusión y un irresistible solo de saxo a cargo de Howie Casey. A ella le sigue la más simple y contagiosa de la canciones, Mrs. Vanderbilt (inspirada en la célebre diseñadora), en la que destacan el bajo y el estribillo que dice simplemente “Jo, jejó”. Con Let me roll it, que surge de un verso de un tema de Harrison, Paul cierra el lado A del disco a puro blues.

El lado B abre con Mamunia, episodio acústico en el que aparecen líricamente los mensajes sobre la fuga y la libertad, y que se une a la “beatlesca” No words, una canción que parece sacada de Rubber Soul. Los últimos diez minutos son notables y, diríase experimentales, gracias a dos canciones: Picasso’s Last Words ―que McCartney compuso como desafío a Dustin Hoffman y basándose en las últimas palabras del recientemente fallecido pintor― y Nineteen Hundred and Eighty Five (1985), de la que no sería arriesgado decir que influyó en la música disco y hasta tecno de muchos años después, por ese piano en ostinato y el bombo monótono.

El aburrimiento, decíamos al comienzo, contribuyó a su modo a la realización de Band on the Run. Sin embargo, a 50 años de su edición, el disco no sólo sigue mostrándose como obra maestra sin rasgos de envejecimiento, sino que bastaría con ponerlo a sonar para que cualquier rastro de lo aburrido desaparezca infaliblemente, mutado de golpe por el placer que dan las músicas imperecederas.

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