Avatares de la ficción mendocina en la narrativa mendocina contemporánea

Desde la novela perdida de Máximo Cubillos hasta las páginas de Liliana Bodoc, ¿cómo ha sido el derrotero de la ficción literaria en nuestra provincia?

Liliana Bodoc participó del documental que se transformó en su homenaje
Liliana Bodoc participó del documental que se transformó en su homenaje

Cuando en 1974 Abelardo Arias titulaba su artículo sobre el desarrollo de la narrativa mendocina: “Del costumbrismo a la fantasía”, no sólo constataba un hecho sino que –de algún modo- señalaba un camino. El hecho relevado era indiscutible: aun partiendo de la mítica primera novela mendocina, de Máximo Cubillos: La noche del terremoto (de la que todos hablan pero que nadie leyó) y pasando por las sátiras políticas y costumbristas de fines del siglo XIX y principios del XX, lo que se advierte es una narrativa cuya intención preponderante, en relación con las necesidades que planteaba el campo cultural de la época, era la de cooperar de algún modo a la reconstrucción de una identidad jaqueada por lo que Arturo Roig considera una serie de “rupturas culturales”, de las cuales la más terrible fue el devastador terremoto de 1861 y la última y significativa, el aluvión inmigratorio de fines del siglo XIX.

De ese modo se fue gestando con los albores del siglo XX, lo que Juan Draghi Lucero califica como esa “Mendoza agringada y desabrida, pero rica y pujante”, tan orgullosa de sus bellezas naturales y de su creciente potencial económico, como necesitada de una fisonomía propia que anude la tradición con los nuevos aportes culturales.

Si nos situamos sólo en el siglo XX, para acotar nuestro campo, advertimos que esa necesidad y esa problemática se plasma ya desde los títulos mismos de las obras: novelas, como Termalia de Carlos Ponce, El gringo de Fausto Burgos, o La ciudad de barro de Alejandro Santa María Conill; colecciones de cuentos como Cuesta arriba, del mismo Burgos, Cuentos mendocinos de Ponce o Cuentos andinos de Miguel Martos, todo esto para la prosa de ficción, y el florecimiento de un género heredero de las “tradiciones” y artículos de costumbres característicos del romanticismo, que cuaja en títulos como Tierra nativa (1928), de Pedro Corvetto, Anécdotas mendocinas (1936), de Lucio Funes, Mendoza legendario (1953), de Exequiel Ortiz Ponce o Por los caminos de entonces; cuentos, relatos y leyendas (1943), de Narciso Sosa Morales dan cuenta de esta atención predominante prestada tanto al paisaje humano como natural de la región, en un intento de captación realista y fiel, privilegiando en algunas ocasiones el costado social, en otras, lo político y en otras, lo costumbrista y folklórico.

Esta línea no desaparece de las letras provinciales y se mantiene viva y operante aún en la actualidad, a través por ejemplo de una “narrativa de la inmigración” que retrata no sólo la vida de los mayoritarios contingentes italianos y españoles, sino también los aportes sirio- libaneses y aun rusos. También es notorio el incremento de algunos de los denominados “géneros del yo”, como las “memorias”. Sin embargo el segundo hecho constatado por Arias en su planteo es que, ya alrededor de los años 50, y antes en algunos casos, como veremos, la imaginación comienza a liberarse de ataduras telúricas (del “anteísmo” o atracción de la tierra, de que habla Pedro Luis Barcia en “Hacia un concepto de literatura regional” (Literatura de las regiones argentinas, 2004) y de preocupaciones sociales, para echar a volar por esos derroteros que los estudiosos y teóricos de la literatura catalogamos como “lo maravilloso” y “lo fantástico”.

Por cierto, hacer una reseña del cultivo de las modalidades no realistas en la literatura de Mendoza, aun cuando nos limitemos a la segunda mitad del siglo XX es una tarea inabarcable, por lo que voy a ceñirme a mencionar unos pocos casos significativos.

Comenzaré por Juan Draghi Lucero, quien -en su colección de cuentos Las mil y una noches argentinas- ofrece una magnífica síntesis de realidad, folklore y mito, que son verdaderos ejes alrededor de los cuales gira todo el quehacer artístico de nuestro autor, elementos que se interrelacionan, se imbrican para dar a los textos de Draghi esa densidad y ese encanto que -desde mi punto de vista, la singularizan.

Dejando de lado apuntes ocasionales presentes en algunos autores, debemos llegar a los años 50 para encontrar un proyecto narrativo consciente y casi excluyentemente volcado hacia lo fantástico, como es el caso de Alejandro von der Heide, autor de una serie de colecciones de cuentos; en varias de ellas, el título es índice de una clara conciencia genérica: Cuentos fantásticos. Intención que se perfila aunque en forma más insegura o incipiente desde el primer texto publicado por von der Heide: La casa de los jazmines, de 1960 y continúa con Los espectros de Punta Ballena (1961), La maldición de los Haighbarton (Cuentos fantásticos) de 1965 y una cuarta serie de Cuentos fantásticos, publicados en 1967.

Un caso especialmente interesante y caro a los mendocinos es el de Antonio Di Benedetto, que suscita en primer lugar la perplejidad ante cualquier intento de clasificación. En este caso, nos interesa la particular ecuación real / suprarreal que se establece en su prosa, lindante con lo fantástico, pero sin ingresar decididamente en esta modalidad narrativa. Esta polaridad real / irreal se mantiene a lo largo de toda la obra de Di Benedetto, asumiendo distintas modulaciones, en las que se pueden incluir tanto las parábolas fantásticas de Mundo animal como lo mítico de algunos relatos (“Onagro y hombres con renos”, por ejemplo), o las situaciones absurdas que viven sus personajes... hasta la ciencia-ficción que aparece en un relato (“En busca de la mirada perdida”) de Cuentos del exilio.

Cualquier enumeración sobre el cultivo de las modalidades no realistas en el ámbito de la literatura de Mendoza debe incluir la referencia a Liliana Bodoc. En un contexto signado por el auge del fenómeno fantasy (una nueva forma de fantasía, de carácter épico, con coordenadas de anclaje temporal y espacial que suelen estar alejadas de los mundos reales y posibles realistas y que suelen poseer, independientemente de la localización temporal, las características propias de un estado de mundo guerrero, feudal, con personajes de pueblo y de corte y de seres “sobrenaturales o feéricos”: hadas, dragones, elfos) la obra de esta escritora destaca con perfiles propios. Su trilogía, denominada por la autora “Saga de los Confines” e integrada por tres novelas: Los días del Venado (2000), Los días de la Sombra (2002) y Los días del Fuego (2004) constituye una modalidad particular dentro de la ficción no realista: una épica mágica americana –según la definición de la propia autora-, lo que la singulariza respecto de otras manifestaciones más o menos similares de la fantasía contemporánea.

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