Los implicancias socioculturales del caso Djokovic

Casi dos años después del inicio de la pandemia en el país, resulta incomprensible que nuestros representantes no se pongan de acuerdo en las acciones más básicas y necesarias para el bien común de los argentinos.

Los implicancias socioculturales del caso Djokovic
Djokovic tiene el legítimo derecho a no vacunarse pero no el de imponer su presencia entre quienes sí han optado por el bienestar colectivo y no pierden tiempo y energías discutiendo sobre vacunas, discusión que atrasa 100 años.

El caso del tenista Novak Djokovic en su intento de ingresar a Australia para jugar el Grand Slam sin haberse vacunado contra el Covid-19 es casi un manual de estudio para los debates que la pandemia ha originado, debates llamados a cambiar no pocos paradigmas en lo atinente a la relación jurídica entre los individuos y el Estado, el concepto del bien común y los límites a derechos que muchos han creído absolutos.

Pero el cuadro estaría incompleto si se obviara lo que la pandemia hizo evidente, como lo es la existencia de profundos bolsones de oscurantismo en todo el mundo, en el marco de lo que podría considerarse como un nuevo siglo de las luces: visiones conspiranoicas de todo tipo como la de que junto a la vacuna se inyectan sustancias que a posteriori permiten el seguimiento de las personas o el negacionismo extremo de suponer que el coronavirus no existe y que es un acuerdo entre los grandes laboratorios del mundo.

Podría sugerirse que se trata otra vez del renacentismo batallando contra el medioevo y, curiosamente, se replica la confrontación que llevó a Giordano Bruno a la hoguera al invocar el derecho de todo individuo a pensar por sí mismo, ese derecho que los juristas consolidaron a lo largo de varios siglos de discusiones para, a la postre, aclarar que no hay derechos absolutos.

Se puede pensar por cuenta propia pero las acciones de todos y cada uno tienen los límites que impone el estatus del colectivo social.

Djokovic tiene el legítimo derecho a no vacunarse pero no el de imponer su presencia entre quienes sí han optado por el bienestar colectivo y no pierden tiempo y energías discutiendo sobre vacunas, discusión que atrasa 100 años.

Y que muchos países están zanjando al imponer el pase sanitario tanto como las restricciones a quienes no se vacunen, restricciones que impiden trabajar y hasta habilitan a despedir a quienes resientan esa imposición.

Las recientes palabras del presidente francés, Emmanuel Macron, contra los antivacunas ponen en claro que la confrontación está alcanzando su punto álgido.

Pero no todo es paranoia: que en Argentina más de la mitad de los menores de 17 años no tengan una sola vacuna habla no tanto de resistencia conceptual como de irresponsabilidad e indiferencia por parte de adultos mayores que parecen no haber entendido la significativa magnitud del problema.

Para que el caso Djokovic quede en el terreno de lo anecdótico y que por una vez aprendamos de la mala experiencia ajena sólo resta una acción elemental, cual lo es que el Congreso de la Nación, largamente ausente de casi todo en los últimos dos años, se haga cargo del debate y lo zanje como corresponde, legislando sin dejar, por una vez, zonas grises.

Casi dos años después del inicio de la pandemia en el país, resulta incomprensible que nuestros representantes no se pongan de acuerdo en las acciones más básicas y necesarias para el bien común de los argentinos.

Es un enorme debate el relacionado con las implicancias no sólo sanitarias sino también socioculturales de las reacciones frente a la pandemia, y para eso es necesario que las instituciones del país se interesen decididamente en las mismas y lleguen a conclusiones racionales y razonables.

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