La noche en Atlanta ya se había consumado, pero el aire del Mercedes-Benz Stadium seguía impregnado de épica. Todavía flotaban los gritos del zapatazo de Enzo Fernández y el frentazo agónico de Lautaro Martínez. En medio del delirio, de las lágrimas de Antonela en el palco y de un Obelisco que a miles de kilómetros ya se vestía de fiesta multitudinaria, apareció él. Con los ojos vidriosos, el cuerpo cansado de batallar y el corazón rebosante de gratitud.
Lionel Andrés Messi no se guardó nada. Acababa de caer arrodillado sobre el césped al sonar el silbatazo final, fundiéndose en un abrazo eterno con Lionel Scaloni que revivió los fantasmas felices de Maracaná y Lusail. El hombre que volvió a desafiar al tiempo y al destino para regalarnos dos asistencias magistrales se detuvo ante los cientos de micrófonos que esperaban su voz.
Un día de felicidad para el pueblo argentino
"Gracias a Dios lo pudimos conseguir. Fue un día muy feliz para todos los argentinos", soltó Leo con una sonrisa mansa, de esas que solo tienen los que ya ganaron la guerra pero siguen peleando por amor a la patria.
El partido ante Inglaterra no fue un cruce de semifinales más. Había una carga invisible, una memoria histórica y colectiva que los hinchas le habían encomendado en las horas previas al pitazo inicial. Messi lo sintió en cada pelota, en cada falta recibida y en el aliento ensordecedor que bajaba de las tribunas.
"Es muy lindo vivirlo otra vez", repitió el capitán, saboreando cada palabra. El fútbol es caprichoso, pero con este grupo de guerreros lo imposible parece un trámite cotidiano. Es el milagro de un plantel que, cuando las piernas ya no responden y el rival golpea primero, saca a relucir el orgullo de un país entero.
Hacia la final: Una cita con la historia
Con la clasificación sellada en una remontada agónica por 2-1, el capitán ya otea el horizonte en Nueva Jersey, donde España aguarda el próximo domingo 19 de julio.
"Ahora queda disfrutar. Es muy difícil, casi imposible, salir campeón del mundo y volver a estar en una final. Dimos un pasito más", reflexionó el 10, que con 39 años sigue escribiendo las páginas más doradas del deporte rey.
Con respecto a la gente, afirmó: “Que la gente lo siga disfrutando, es una locura lo que consiguió este grupo, otra final, venimos ser campeones del mundo, somos los mejores del mundo en estos cuatro años, duela a quien le duela y digan lo que digan. Esto demuestra que lo que hicimos no es casualidad y que nadie nos regaló nada, conseguir dos finales del mundo es para pocos y este grupo lo consiguió”, agregó el capitán.
FESTEJO HISTÓRICO. Lionel Messi se arrodilló y se emocionó cuando el árbitro pitó el final del partido. TRIUNFO HISTÓRICO.
Gentileza.
"Si bien lo habíamos dicho antes que era solo un partido de fútbol, creo que en el Himno empezamos a sentir cosas diferentes, especiales, sin dejar de lado que era un partido. Ninguno quería perderlo y la gente de Argentina quería esta alegría, no quería perder contra Inglaterra, nosotros lo vivimos de esa manera. Gracias a Dios, lo pudimos conseguir, dejarlos afuera, jugar otra final del mundo. Fue un día muy feliz para todos los argentinos", agregó.
"El grupo lo sintió y sabíamos que no era una victoria más, era una victoria más que el pueblo argentino la quería y nosotros también, y es una locura jugar dos finales del mundo seguidas. Lo fuimos a buscar otra vez cuando se puso fea. No dejamos de intentar, le pusimos mucho juego cuando estábamos abajo y los metimos en un arco, una felicidad enorme", insistió.
No es soberbia, como bien diría Scaloni minutos más tarde en la conferencia de prensa; es corazón puro. Es la mística de una Selección que no sabe rendirse, comandada por un líder eterno que nos invita, una vez más, a soñar despiertos