Cuando enero era emocionante: la historia del superclásico de verano que ya no existe
Boca y River jugaron durante más de cuatro décadas amistosos estivales que marcaron generaciones. Desde 2018, el superclásico se apagó y hoy es una reliquia.
Desde 2018, los superclásicos de verano no volvieron a disputarse. Hoy son una reliquia del fútbol argentino.
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Hubo un tiempo en el que el verano argentino tenía una certeza inamovible: Boca y River se enfrentaban. Las tribunas se llenaban con el Superclásico y el país discutía como si se tratara de una final. Esa costumbre nació oficialmente el 23 de enero de 1974. Más de medio siglo después, aquella postal es un fútbol que ya no existe.
Ese primer cruce terminó 0-0 en el viejo estadio General San Martín, hoy demolido, en el marco de las llamadas Copas de Oro, torneos de verano creados a fines de los años 60 para atraer público a la costa atlántica. En ese entonces, los superclásicos fuera de competencia no despertaban demasiado interés: desde el primer amistoso en 1908 hasta ese partido de 1974, apenas se habían jugado 23 encuentros. Pero algo cambió para siempre aquella noche.
Boca Juniors
En ocasiones, los superclásicos fueron motivos de renuncia de los DTs derrotados: le pasó a Ramón Díaz y al Coco Basile.
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Un duelo sin igual
A partir de entonces, el Boca-River de verano empezó a repetirse con frecuencia. Primero en febrero, luego también en enero, y casi siempre en Mar del Plata, que se convirtió en la capital estival del superclásico. Entre 1975 y 1985 hubo ediciones casi ininterrumpidas, algunas incluso dobles y triples, con excursiones a Montevideo y Córdoba. Con la inauguración del estadio Mundialista (luego José María Minella), desde 1979 el espectáculo ganó en magnitud y repercusión.
Ya no eran simples amistosos. En 1982, por ejemplo, Diego Maradona se despidió de su primera etapa en Boca con una derrota ante un River plagado de figuras como Passarella, Kempes y Ramón Díaz. En 1986, el superclásico pasó definitivamente a enero y abrió la puerta a una avalancha: desde ese año y hasta 2018 —con la única excepción de 1989— hubo Boca-River todos los veranos.
De Mar de Plata a Mendoza
El fenómeno creció tanto que obligó a la creatividad organizativa. En 1993 se jugaron cuatro clásicos en un mismo verano, bajo nombres como Copa Desafío, Copa Ciudad de Mar del Plata o Copa Revancha. Mendoza se sumó como sede alternativa desde 1994, y Córdoba reapareció esporádicamente. De los 124 superclásicos amistosos disputados en la historia, 51 se jugaron en Mar del Plata y 27 en Mendoza.
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Alguna vez, en Mendoza, Martín Palermo le anotó tres goles a River Plate, por los viejos superclásicos de verano. Inolvidable.
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Hubo de todo: rachas históricas como la de Boca en 1991, partidos violentos como el del playón del Minella en 2002, goles inolvidables, técnicos que renunciaron tras perder y figuras que marcaron época. La tradición parecía indestructible. Ni siquiera se interrumpió cuando River descendió en 2011.
El primer aviso llegó en 2017, cuando solo se disputó un clásico. En 2018, el último hasta hoy, River ganó 1-0 con gol de Rafael Santos Borré. Después, nada. Las pretemporadas en Estados Unidos, el menor incentivo económico, el riesgo deportivo y, sobre todo, la final de la Copa Libertadores 2018, deterioraron definitivamente el vínculo entre las dirigencias.
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Pese a tener nada más que un valor para las estadísticas, los amistosos de verano ganaron en virulencia con el correr de los años.
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Desde entonces, ya van ocho veranos sin superclásicos, el período más largo sin amistosos entre Boca y River en casi un siglo. Tal vez no vuelvan. Pero para quienes crecieron con enero pintado de rojo y azul, el recuerdo sigue ardiendo. Porque hay tradiciones que, aunque desaparezcan, no se apagan del todo.