4 de septiembre de 2018 - 00:00

Yo vengo a ofrecer mi corazón - Por Carlos S. La Rosa

"Les voy a hablar desde el corazón, con la verdad como siempre lo hice", comenzó su crucial discurso de ayer el presidente Mauricio Macri. Quizá queriendo conmover a los argentinos tal cual siempre suele ocurrir cuando escuchamos  la canción de Fito Páez. Pero también puede leerse como aquella resignada frase del último ministro de Economía de Raúl Alfonsín, Juan Carlos Pugliese, cuando sufriendo una grave crisis económica sostuvo sobre las reacciones que tuvieron en el mercado y los empresarios sus palabras: "Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo". Ojalá se imponga la versión de Fito por sobre la de Pugliese, para bien de todos los argentinos.

Lo novedoso de esta alocución presidencial de 25 minutos, es que con ella acaba de nacer algo que hasta ahora se resistía a hacerlo: el relato macrista. Vale decir, una narración maniquea, en blanco y negro, de la realidad. Algo de lo que el kirchnerismo hizo uso y abuso hasta el punto de confundir lo real con su interpretación de un modo total.

Según el nuevo relato oficial, un tsunami, una tormenta perfecta se produjo por la suma de varias cosas: Primero, una herencia maldita que le explotó a quien intentó detener la bomba. Segundo, un mundo que sustituyó la interdependencia y la integración entre naciones a la que obligaba la globalización, por la lucha de imperios que en vez de conducir y humanizar dicha globalización, se encierran en sí mismos, como protegiéndose de ella, dejando en la deriva a los países emergentes. Tercero, una oposición legislativa y gobernadores justicialistas a la que su gobierno le dio todo y ellos respondieron con casi nada o con leyes destituyentes, uniéndose entre sí para atacar el gobierno en vez de unirse con el gobierno para concertar políticas de Estado. Y cuarto, los daños colaterales producidos por los cuadernos de Centeno, que afectaron la credibilidad de una multitud de empresarios que cedieron ante los aprietes kirchneristas. Como que hasta la bueno que hizo este gobierno (permitir que la corrupción fuera juzgada hasta sus últimas instancias sin interferencia alguna del Poder Ejecutivo) le jugara en contra.

Frente a esa combinación letal de males externos, Macri acepta una sola culpa propia: la de haber avanzado demasiado lento por el camino correcto.

Por ende, su propuesta principal es la de tratar de reparar los daños ocasionados por el tsunami causado por otros, dándole mayor velocidad a las políticas que siguió hasta ahora. No cambiar lo que viene haciendo, sino apurarlo.

Lamentablemente, su relato no parece suficiente frente a la magnitud de la crisis, o al menos demasiado parcial. A lo que se le suma la imposibilidad de encontrar figuras de prestigio que oxigenen un gabinete inevitablemente gastado. Con sólo bajar la cantidad de ministerios sin sacar a ningún ministro (a la mitad los mantuvo y a la otra mitad también, pero cambiándoles el nombre de ministros por el de secretarios)  no alcanza.

Un dato que podría ser positivo es que el cambio favorece a las áreas más políticas, sociales y productivistas del gabinete, como queriendo agregarle a su excesivo pero poco logrado énfasis en el ajuste, una dosis de desarrollismo y de que paguen más impuestos los que más están ganando con la devaluación.

De cualquier modo, todas estas cuestiones, frente a la dramática situación, son detalles. Aquí de lo que se trata, en primero y definitivo lugar, es de restituir la crisis de autoridad generada por la previa crisis de confianza que empeoró cuando el mercado decidió hacer lo contrario de lo que pedía Macri. O sea, a cada palabra del gobierno solicitando calma, el mercado le respondía con mayores turbulencias y aumentos incontrolables. Por eso es esencial, urgente y prioritario reconstruir o construir (según la interpretación que de Macri cada uno tenga) el liderazgo presidencial. Su palabra y sus acciones deben conducir la realidad porque si la realidad lo conduce a él, ninguna medida económica ni cambio de gabinete tendrá ningún valor alguno.

Algo de eso pareció intuir Macri en la parte más sentida de su discurso, como sabiendo que se está jugando la vida, o al menos el todo por el todo. Fue cuando dijo que estos últimos cinco meses habían sido los más terribles de su vida después del secuestro que sufriera cuando joven.

De aquel grave percance personal salió airoso. Físicamente ileso y superado anímicamente. Creció espiritualmente con la desgracia. Hoy que el percance no es de afectación personal, sino colectiva, desearía responder de un modo parecido. Ojalá lo logre, para bien de todos. Para que el deja vu de la política argentina no nos atrape otra vez en sus crueles laberintos donde lo malo de la historia siempre se repite.

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