El peor clima en su mejor momento

Desde el triunfo electoral de octubre el destino le brindó todo a Milei para que construya su gobierno ideal. De lejos su mejor momento. Solo se trataba de cuidarlo, de cultivarlo, de no agregarle ruidos innecesarios. Apenas se requería una dosis mínima de pericia política. Sin embargo, con casos como el de Adorni (y con su defensa inexplicable), el presidente volvió a gestar el peor clima en su mejor momento.

En vez de continuar y profundizar su exitoso primer año en lo político y económico, el presidente Javier Milei está volviendo a repetir el segundo año en todo lo que éste tuvo de malo, que fue casi todo hasta que ganó las elecciones legislativas en octubre, donde le reapareció otra inmensa posibilidad de volver a empezar desde lo más alto.

Milei, con el mundo en sus manos

Desde esos comicios triunfantes, Milei vivió, al menos desde octubre de 2025 a febrero de 2026, su mejor momento. Trump le hizo ganar una elección casi perdida exclusivamente por errores propios, en los que nada tuvo la culpa el kirchnerismo al que acusa por la crisis del 2025. No porque el kirchnerismo no quisiera hacerle lo mismo que le hizo a Macri de no dejar de desestabilizarlo un solo día, el problema es que ahora el poder para hacer algo similar se le licuó al mínimo.

Por ende, la totalidad de las falencias previas a octubre de 2025 fueron exclusividad de errores del propio gobierno, de una Karina sobredimensionada políticamente y de un presidente que, asesorada por ella, rompió en su segundo año casi todas las alianzas de hecho que consolidó en su primer año.

Pero todo eso se olvidó, se le perdonó, con el colosal triunfo de octubre (no porque ganara por mucho, sino porque nadie esperaba que ganara, ni siquiera el mismo gobierno). Si Trump hizo algo exitoso en el primer año de su segundo mandato (ahora vapuleado por todos lados) fueron dos cosas y solo dos cosas: lo de derrocar a Maduro en Venezuela y lo de empoderar a Milei en Argentina. Dos operaciones tan audaces como triunfales. En las que el presidente norteamericano puso toda la carne en el asador, pero la puso bien puesta, no como parece estar haciendo ahora en Medio Oriente, un territorio mucho más inhóspito para él que América Latina.

Ese triunfo electoral, no esperado por nadie, dejó a todos sus rivales patas para arriba, lo que le permitió a Milei reconstruir e incluso ampliar la mayoría parlamentaria del primer año que en ese entonces tanto le costó construir y ahora no le costó casi nada. Vinieron todos al pie. Y le votaron todo, absolutamente todo. Las sesiones extraordinarias de este verano fueron un dechado de éxitos parlamentarios para el gobierno. Y eso parece que seguirá. Porque el peronismo se va diluyendo de a poco por incapacidad de renovarse, y las opciones intermedias se vuelven difusas o desaparecen por tampoco ofrecer nada novedoso. No le queda nada enfrente.

Por si fuera poco, Trump volvió a ayudarlo jugándose por Argentina en el juicio por YPF. Algo que tampoco nadie esperaba que nos fuera a ir bien. Es cierto que otros equipos anteriores a los del gobierno de Milei habrán hecho bien los deberes técnicos y jurídicos, pero sin la alianza Milei Trump este fallo jamás salía. Y acá no estamos solo frente a un triunfo más, sino a un triunfo monumental por las cifras que estaban en juego.

O sea, desde octubre el destino le brindó todo a Milei para que construya su gobierno ideal. De lejos su mejor momento. Solo se trataba de cuidarlo, de cultivarlo, de no agregarle ruidos innecesarios. Apenas se requería una dosis mínima de pericia política.

Milei, otra vez contra el mundo

Sin embargo, desde el 1 de marzo, cuando el presidente inauguró las sesiones parlamentarias ordinarias, los errores volvieron otra vez a ser atroces. Empezando con el show delirante de insultos que armó en el Congreso cuando todo indicaba que debía presentarse como el estadista que, desde las máximas alturas, le comunicara a los argentinos el estado de la nación y proyectara en su discurso el más brillante porvenir. Pero no pudo con su naturaleza, y aquel hombre que cuando ganó en octubre juró que no insultaría más, multiplicó por mil las patoteadas y desde entonces no dejó de despotricar contra todo y contra todos, hasta llegar, en semana santa, al colmo de escribir o apoyar en redes sociales la friolera de unos ¡mil! tweets de una agresividad y una vulgaridad tan procaces con lo cual redujo la investidura presidencial a la de un mero matoncito de barrio mal hablado. Cuando más cerca estuvo de tocar el cielo con sus manos, decidió chapotear en el barro.

Adorni unió al mundo contra él

Quizá el primer error grueso posterior a las elecciones triunfantes de octubre que cometió fue hacerle otra vez caso a Karina (como cuando, en 2025, el construir el partido mileista a lo largo y a lo ancho del país, lo llevó a pelearse con casi todos los gobernadores afines, por lo que no pudo aprobar una sola ley más) poniendo a Manuel Adorni como jefe de gabinete, echando a su ministro con más experiencia para reemplazarlo con quien carecía absolutamente de ella. Cosa advertida con lucidez premonitoria por Mauricio Macri el mismo día en que lo designó, advirtiéndole el expresidente al actual presidente, como un generoso consejo de amigo, que el nombramiento de Adorni sería el inicio de una interna oficialista sin fin. Y de consecuencias imprevisibles.

Dicho y hecho, lo de Adorni se convirtió en la gota que rebalsó el vaso de una interna solapada donde todos los sectores en pugna reaccionaron con igual bronca y furia ante el nombramiento del inútil y entonces contribuyeron en conjunto a abrir las puertas del infierno. No obstante, si bien los grupos de adentro del gobierno con sus filtraciones sobre el jefe de gabinete y su esposa fueron los que generaron el conflicto, luego todo se les fue de las manos a todos. Tanto a los que apostaron por el pequeño vocero mequetrefe para un cargo que le quedaba enorme, como a los que apostaron a desestabilizarlo desde adentro. Adorni (un personaje mínimo, insignificante) fue el catalizador, el que sacó a luz todas las pasiones encontradas con que se vienen librando desde sus inicios la lucha por el poder en un gobierno inexperto donde no existe el menor afecto societatis de nadie por nadie y donde la improvisación sigue siendo la principal política de Estado.

El presidente, cuando vio que sus propias huestes provocaron la aparición del escándalo, obligó a esas mismas espadas a apoyar a Adorni contra viento y marea, pero ya era tarde porque el escándalo había trascendido mucho más allá del mileismo, tomado por todo el periodismo (hasta por incluso el más complaciente con el gobierno) y, obviamente, también por el kirchnerismo que se sintió revivir con el affaire. Pero nada de eso podía haber ocurrido si no fuera porque la opinión pública en su inmensa mayoría (tanto la que está a favor como en contra del gobierno) se indignó con las fechorías del insignificante vocero elevado a jefe de gabinete.

Lo cual es algo paradójico porque el de Adorni, pese a ser un caso donde, a diferencia del Libragate o del Andisgate, prácticamente no hay sospechas de intervención o complicidad en las posibles irregularidades de Milei o de su hermana, aun así, devino el escándalo más sonoro de los casi dos años y medio de gobierno libertario. No lo deja respirar, afecta la economía, afecta la política, afecta todo. Estamos volviendo -en lo que a clima político se refiere- al día anterior a las elecciones de octubre donde todo parecía venirse abajo y como en aquel entonces, no hay una sola razón objetiva para que ello ocurra, excepto los errores políticos de la pareja presidencial. El gobierno volvió a gestar el peor clima en su mejor momento. Solo por su culpa y nada más que por su grandísima culpa.

Adorni, el cisne negro del mileismo

Ya hay medios de comunicación que, así como tienen su "sección política", su "sección sociedad" o su "sección cultural", ahora le han agregado su "sección Adorni", por la cantidad de notas que reporta el caso todos los días. Es que el acontecimiento ha devenido una especie de "cisne negro minimalista". Se define al cisne negro como un suceso "que genera un desproporcionado papel de alto impacto, difícil de predecir, un suceso extraño que está fuera del ámbito de las expectativas normales de la historia, la ciencia, las finanzas y la tecnología". Los cisnes negros suelen ocurrir en grandes cosas, pero el de Adorni es el cisne negro de las pequeñas cosas, casi de la nada misma. No obstante, las minúsculas picardías y ventajitas del vocero han generado un potencial simbólico excepcional. Porque desde que el personaje que nos ocupa creyó poseer un poquito de poder y en el acto abusó de él, la sociedad ha descubierto que la casta no es solamente la casta contra la que vinieron a despotricar (y si es posible expulsar de su lugar de predominio) Milei y sus ángeles libertarios, sino que son precisamente estos mismos "vengadores morales" los que están incorporando dentro de sí mismos el espíritu de la casta, universalizándola.

Por eso Adorni debió haber sido separado de su cargo apenas se verificó el potencial expansivo tremendo que tuvo su accionar conmoviendo a la opinión pública por ser algo tan fácil de comprender (y condenar) por cualquier hijo de vecino. Su actitud de "piojo resucitado" con los recursos públicos , indigna sobremanera a una sociedad que puso lo mejor de sí para que el gobierno saliera adelante, aunque eso le costara lo que le está costando y que se ha generalizado en frases como las que miles (o incluso millones) de honestos ciudadanos no cesan de repetir cada vez más, tal cual la de "que pese a que mi familia y yo nos deslomamos todos los días en serio (no como Adorni en Nueva York) cada vez nos cuesta más llegar a fin de mes". Solo un gobierno muy insensible frente a los dolores de una inmensa mayoría de la población puede mantener en pie a quien simboliza plenamente esa insensibilidad, pese a que el vocero elevado a jefe de gabinete sea apenas la parte más pigmea, más nimia de lo que la gente presume es la formación de una nueva casta que viene a sumarse a la casta anterior.

Esa actitud incomprensible de los hermanos Milei en sostener contra viento y marea a Adorni, se traduce por estos días en sutiles interpretaciones periodísticas que postulan la hipótesis de la aparición de un fenómeno muy pocas veces visto: cuando hay una crisis política en cualquier gobierno, el presidente tiene a sus funcionarios como fusibles para que el escándalo, en preservación de las instituciones, afecte lo mínimo posible a la máxima autoridad. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, todo ocurre al revés: es precisamente el presidente Milei el que se ha convertido en el fusible para que Adorni siga políticamente sobreviviendo, pagando el líder libertario todo el costo de esta anomalía. Raro por donde se lo mire. Muy difícil de interpretar.

Otra vez Milei contra Milei

En síntesis, si Milei sigue actuando con la torpeza política que en esta oportunidad lo lleva incomprensiblemente a defender a Adorni contra viento y marea cuando, al menos en los cargos que ocupa, el afectado es un muerto político y cree a la vez el presidente que todo es culpa de una inmensa, infinita e interminable conspiración de "kukas", periodistas y empresarios designados enemigos (como Paolo Rocca), no sólo le va a ir mal políticamente por su ignorancia o negación absoluta de las verdaderas razones de la crisis que está viviendo, sino que puede hacerle inviable hasta el plan económico (en la eventualidad de que efectivamente tenga un plan de reconstrucción más allá del de desmantelar el atroz sistema anterior, cosa que cada día se pone más en duda).

Vale decir, estamos viviendo una copia casi textual de lo que le pasó antes de las elecciones de octubre: sus tiros en el pie lo llevaron a una situación negativa extrema innecesaria, tanto en lo económico como en lo político, del que milagrosamente lo sacó Trump. Y ahora parece querer volver a repetir similares errores cuando nuevamente el país entero estaba volviendo a ser enteramente suyo.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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