Caminar por las calles de Mendoza en este frío otoño no es solo una experiencia estética de hojas secas y doradas, el parque como una postal de Fernando Fader y el himno de Jorge Sosa y Damián Sánchez sonando de fondo. Es también un choque cara a cara con la intemperie más absoluta: la de los que sobreviven en la calle.
Hace unos días, una imagen me asaltó en la entrada de un edificio céntrico: un joven sentado, con una mirada de una tristeza tan honda que no logro traducir en palabras. No era el frío calando los huesos, ni el humo del cigarrillo atrapado en su barba. Era la orfandad explícita en esos ojos vacíos, en las manos unidas en un falso rezo frente a las miradas de soslayo que se diluyen en segundos como un reel más de instragram.
Verlo fue pensar en mis hijos. En el abismo que separa la calidez de un hogar de la fragilidad de un cuerpo expuesto al desamparo. Desde ese instante arrastro una culpa silenciosa: la certeza de no haberlo ayudado lo suficiente, el peso de seguir con mi vida como un padre que no supo reaccionar a tiempo ante el dolor ajeno.
El drama de no tener techo excede la falta de cuatro paredes o la economía del día a día; es la falla de un sistema social desequilibrado. Indiferente. Vale plantearse qué falló en el plan original, qué hilos invisibles y perversos tuercen el rumbo de una vida hasta despojarla de todo. Preguntas abstractas que no sirven para dar respuestas a quien espera en la vereda por un plato de comida caliente o una frazada oportuna.
Detrás de lo que puede ser una versión lírica de la compasión, la estadística nos devuelve el cachetazo de la realidad. Según un relevamiento nacional del Ministerio de Capital Humano, en Mendoza hay (¡ay!) 421 personas en situación de calle. Un número discutible, pero que va más allá de la mera estadística. Para el caso, son 421 miradas idénticas a la del joven cuyo rostro no me permito olvidar; 421 biografías rotas que duermen en puentes, umbrales y cajeros automáticos mientras el termómetro ya empieza a tantear el cero.
La indiferencia es lo más parecido al invierno, al menos en sus efectos. Mientras seguimos de largo ante esas alarmas humanas, somos cómplices —tanto funcionarios como ciudadanos de a pie— de una realidad que crece de forma asimétrica. Se dirá una vez más que el problema es "complejo"; pasarán los fríos, las lluvias y las nevadas, volverá el calor y todos, en mayor o menor medida, respiraremos aliviados. Al menos de frío no morirán. Pero ese joven que bien podría ser mi hijo seguirá esperando una respuesta que, nobleza obliga, yo aún no tengo.
* El autor es secretario general de redacción de diario Los Andes. [email protected]