Quizá el proceso político post-revolucionario más fascinante que esté ocurriendo en cualquier país que haya vivido el despertar árabe sea en Yemen, pobre, fracturado y falto de agua.
Quizá el proceso político post-revolucionario más fascinante que esté ocurriendo en cualquier país que haya vivido el despertar árabe sea en Yemen, pobre, fracturado y falto de agua.
A su propio estilo desmañado, Yemen está haciendo lo que los otros países árabes no lograron hacer al despertar: entablar un diálogo nacional serio y amplio, en el que las diferentes facciones políticas, los partidos, los jóvenes, las mujeres, los islamistas, las tribus, los norteños y los sureños están prácticamente entrando en otro semestre de pláticas antes de redactar la nueva constitución y celebrar elecciones presidenciales (después de años y años de autocracia, la gente de esos países no se conocía entre sí).
Es lo que Egipto ciertamente no logró hacer en forma seria antes de apresurarse a celebrar unas elecciones presidenciales que dejaron a mucha gente con la sensación de haber sido marginada mientras los islamistas manejaban la política.
Una de las cosas más importantes que podría hacer el presidente Barack Obama para hacer avanzar el despertar árabe es darle una mención al enfoque yemenita. Sí, las posibilidades de éxito son muy, pero muy escasas -los efectos de 50 años de sobreexplotar el agua y la tierra de Yemen abrumarían a los políticos más arrojados- pero lo que está haciendo Yemen es la única forma en que un Estado árabe tenga esperanzas de hacer una transición estable hacia la democracia.
Lanzado el 18 de marzo, el diálogo nacional, en el que participan 565 delegados, tiene la tarea de elaborar recomendaciones para abordar nueve temas, que van desde las relaciones entre los rivales del norte y el sur, la consolidación de las instituciones del Estado, el papel del ejército y los derechos y las libertades, todo lo cual culminará en la redacción de una nueva constitución y la celebración de elecciones en febrero de 2014.
“Al principio fue muy difícil”, reconoce Yahia Al Shaibi, ex ministro de Educación que participa en el diálogo, “pero después de un tiempo, las cosas empezaron a calmarse; los delegados se sentaban juntos, iban a comer juntos y empezamos a ver nuestras opiniones diferentes. Ahora podemos escuchar lo que dicen los demás. Estamos empezando a escucharnos unos a los otros y a tratar de llegar a un consenso.”
El diálogo oficial ha estimulado un diálogo extraoficial aun más grande. Las páginas yemenitas de Facebook y los comentarios en Twitter han explotado con debates sobre política, derechos de las mujeres y el papel del ejército. Después de tantos años de haber sido silenciados, ahora todos quieren hablar. Las mujeres representan la tercera parte de los delegados al diálogo y los hombres han tenido que adaptarse.
Un asesor de democracia estadounidense me contó esta historia: “Nos dimos cuenta de que las mujeres por lo general llegaban al diálogo preparadas y a tiempo. Los asientos están abiertos, así que a veces ellas se sientan en la primera fila. El otro día, un líder tribal llegó tarde y se fue a un asiento de la primera fila, que ya estaba ocupado por una mujer. 'Ése es mi lugar’, dijo. Pero ella le respondió que no”.
El diálogo ha sido posible gracias a la forma tan gradual (y desordenada) en que se dio el despertar en Yemen. Empezó en 2011 con protestas encabezadas por jóvenes, que fueron aumentando hasta convertirse casi en una guerra civil y provocar la caída del gobierno. Finalmente, el presidente Ali Abdullah Saleh le entregó el poder a un gobierno de transición.
El partido de Saleh y sus seguidores, así como el bloque de oposición más grande, Islah, la Fraternidad Musulmana en Yemen, siguen conservando influencia. En Yemen no hubo depuración de los partidos caídos, sino más bien una situación sin vencedores ni vencidos.
Ningún partido resultó “derrotado” absolutamente, precisó el viceministro de Relaciones Exteriores Mohy Al Dhabbi. Todo mundo tuvo una parte en la transición democrática y “hubo margen para que todos hicieran concesiones”.
También hubo tiempo para que las mujeres y los jóvenes que iniciaron la revolución “se involucraran políticamente antes de las elecciones”, explica Aidrous Bazara, empresario que participa en el diálogo. Ahora ningún partido podría “robarse” la revolución. Eso se reforzó con la decisión tomada recientemente por el nuevo presidente de Yemen, Abdu Rabbu Mansour Hadi, para profesionalizar el ejército, empezando por depurar las filas de la agencia de servicios secretos y de la Guardia Republicana de los parientes de Saleh.
Yemen es el paraíso para los amantes de las armas. Parece que todos los hombres yemenitas tienen un arma y muchas andan por ahí con una daga al cinto. Empero, este país bien podría tener el diálogo más extenso del despertar árabe, con relativamente pocas bajas hasta ahora. Es un recordatorio para los rebeldes de Siria, que quizá necesiten mejores armas para derrocar a su dictador. Pero si no hay una cultura de inclusión, todo eso no habrá servido de nada.
Jamila Rajaa, una mujer que participa en el debate, me dijo que le preocupa que los partidos tradicionales, en especial la Fraternidad Musulmana, estén felices de que el diálogo distraiga al país mientras ellos recorren febrilmente las calles para cultivar votos a fin de ganar las elecciones y dominar el próximo gobierno. Las yemenitas modernas que ven cómo está gobernando Egipto la Fraternidad Musulmana en lo que se refiere a las mujeres, quieren que los islamistas yemenitas cambien de mentalidad antes de asumir el poder.
Todo es parte del diálogo, y es por eso que es muy difícil y necesario que tenga éxito. De otro modo, como advirtió un reciente reporte del Instituto de Paz de Estados Unidos, “Yemen podría caer de nuevo en el conflicto abierto”. La buena noticia es que por ahora hay muchos yemenitas que le quieren dar la oportunidad a la política. Hay que apoyarlos.