8 de mayo de 2026 - 00:10

Jorge Luis Borges, el escritor de los sueños

En el año es que se cumple el 40º aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges (1986-2026), la prestigiosa académica nos brinda esta nota como homenaje y recuerdo al genial escritor.

Dentro del largo y complicado sueño que es la vida, Jorge Luis Borges sueña otro sueño, su obra; juega otro sueño y engendra otros soñadores, sus personajes.

El escritor construye «para sí su mejor ficción y, con todo rigor, habita en ese ensueño único, incompartible», porque le teme a la realidad y a asumir cualquier compromiso con los hombres. Tal vez, por eso, afirme que «la ceguera es un don», que no significa la desdicha total, que debe entenderse como «un instrumento más entre los muchos, tan extraños, que el destino o el azar nos deparan», como «un modo de vida: [...] uno de los estilos de vida de los hombres».

La idea de «soñar el mundo», que esgrime Borges a lo largo de toda su obra, nos habla de su carácter ficticio, de su fugacidad, de su índole literaria —«...mejor que sea falso, es decir, literario», y se relaciona con la denotación de «alucinatorio», pues el acto de soñar-crear nace de algo que ofusca, seduce, sorprende, asombra, deslumbra, emociona, de esa realidad solo visible para el soñador creador, aunque Borges confiesa no saber qué es la realidad, y qué, la irrealidad: «...lo real es una de las configuraciones del sueño».

La literatura es un sueño, pero dirigido, deliberado. ¿Cree Borges, con el persa Omar Khayyam, que «la historia del mundo es una representación que Dios, [...], planea, representa y contempla, para distraer su eternidad»? «¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora, que es, como todos los ahoras, el ápice? Ha soñado la espada, cuyo mejor lugar es el verso. Ha soñado y labrado la sentencia, que puede simular la sabiduría».

Dice Fernando Savater que «es imposible encontrar algo en Borges que no respire literatura; sus alusiones a problemas metafísicos, históricos o políticos son siempre y ante todo referencias que él convierte en literarias». De acuerdo con las palabras de Savater, podemos afirmar que filosofía y teología son, para nuestro escritor, dos formas de ficción de las que parte su quehacer narrativo. Por eso, reconoce como los mayores maestros del género fantástico a Parménides, Platón, John Escoto Erigena, Alberto Magno, Spinoza, Leibnitz, Kant y Bradley. Y en el «Epílogo» de El Hacedor, escribe: «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra».

En la terminología borgesiana, «soñar» es vivir, crear, escribir, y lo creado tiene la realidad de la imaginación del creador —«el arte debe ser como ese espejo / que nos revela nuestra propia cara»—, pero no, la de Dios. Sueña-crea el escritor cuando engendra, elige, nombra; cuando hace que algo crezca con un cierto orden desde un supuesto caos, ‘abertura, abismo, lugar vacío’: «... el soñador, para decirlo con una metáfora afín, nota que está soñándose y que las formas de su sueño son él».

Borges juega a lo que sueña, que es, desde su punto de vista, la auténtica realidad, pues «el mar de la mera realidad es menos vasto». Juega a ser otro, a ser otros, las máscaras que ha sido: «No creo tener personajes en mi obra, creo que todos esos personajes soy yo siempre, no el yo de la realidad, sino el que yo hubiera querido ser…».

En la contradicción —«Bueno, me contradigo. Soy humano», también se halla implícito el juego, un juego intencionado, urdido con laboriosidad laberíntica, que desconcierta al lector, lo conduce por el camino erróneo y no le deja encontrar la salida. Lo contradictorio conlleva el peso de la indecisión, de su indecisión, de esa duda característica del escéptico, ‘del que mira o examina cuidadosamente’, ‘del que medita o reflexiona’, porque tiene la certeza de que no existe ningún saber firme ni una opinión absolutamente segura.

En la Divina Comedia, Dante sueña a Virgilio, a Diomedes, a Ulises, a Paolo y a Francesca, y, al hacerlo, entra —como Borges— en un juego: «Otro libro hará que los hombres, sueños también, los sueñen». En el Quijote, Cervantes sueña a Alonso Quijano, y este, a don Quijote.

El sueño es una representación. El hombre existe, sueña y representa en ese sueño que es el universo. Esta es la trilogía borgesiana: Borges hombre, Borges escritor, Borges personaje. El Borges escritor es el soñador, el «yo» literario, que se aplica «a las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías», el que tiene la «perversa costumbre de falsear y magnificar», y de convertir las preferencias de Borges hombre «en atributos de un actor», y el Borges personaje, el ser soñado, el que se oculta detrás de la máscara de los personajes del Borges escritor y es, al mismo tiempo, cada uno de esos personajes: «Los poetas tenemos que soñar en la dura tarea de vivir».

El Borges hombre, el «yo» que vive, que intenta «el juego / arriesgado y hermoso de la vida» —juego que, muchas veces, no entiende—, es distinto de los otros: «... yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica».

Los ejemplos expuestos corroboran que el autor de El Aleph ha convertido en literatura su propia vida, ha querido buscar constantemente el otro cuerno del unicornio y atravesar la luz de una perdida tarde para compartir «el misterioso amor de las cosas / que nos ignoran y se ignoran».

Toma, pues, de Schopenhauer —El mundo como voluntad y representación— la idea de que la esencia de la vida es de naturaleza onírica, «un sueño de las almas».

Escribe Osvaldo Ferrari: «El idealismo era el pensamiento que le permitía soñar lúcidamente, sin apartarse de la lógica ni tampoco del mito; sin necesidad de abstenerse de la razón ni de la intuición. [...] El desarrollo incesante de su idea —lugar de encuentro de la poesía y de la metafísica— acerca de lo soñado, dará forma a una (quizá involuntaria) teoría, a la vez literaria y ontológica: Borges propondrá, en sus poemas, en sus relatos y en sus diálogos, a los sueños como posible origen y generación de los hombres y los acontecimientos»: «Ese soñador —tratándose de mí—, en este momento está soñándolos a ustedes…».

Para Borges, que vive desconcertado, la creación artística es un sueño voluntario, gozoso. La narración «Las ruinas circulares» puede considerarse una alegoría del acto de creación. De ahí que, en ese escrito, donde todo es irreal, «el hombre taciturno», que viene del Sur, tiene el propósito sobrenatural —asume el papel de Dios— de soñar un ser, solo uno, «con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad». Y lo sueña parte por parte, «entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas»: «... un hombre no es más que un caos de apariencias, una serie de fragmentos dispersos, de círculos que no conducen a ningún centro».

Tal vez, Borges quiera explicar la «existencia» de un Soñador (Dios, Fuego) que sueña a otro soñador (el escritor, los hombres) que, a su vez, sueña a otro ser (el personaje). Un sueño dentro de otro sueño, hasta llegar al infinito, es decir, «sueños dentro de sueños que se ramifican y multiplican»: «El sueño se disgrega en otro sueño y ese en otro y en otros, que entretejen ociosos un ocioso laberinto».

El autor de Historia Universal de la Infamia —muchas pueden ser las interpretaciones— metaforiza el arduo trabajo del escritor soñador cuando anhela dar a luz a sus personajes-yo, cuando padece «la intolerable lucidez del insomnio».

Si soñar es vivir y escribir —«mi vida es como un sueño, un sueño presuroso, un sueño compartido», ¿qué es, para Borges, soñar en el acto de dormir?; ¿qué es esa serie de imágenes que creemos ver, a veces, cuando dormimos?; ¿qué son «los laberintos del sueño», «los túneles del sueño»? ¿Sueña Borges que sueña? La respuesta se halla en el poema «Arte poética», de la obra El Hacedor: «… y que la muerte / que teme nuestra carne es esa muerte / de cada noche, que se llama sueño».

De acuerdo con estas palabras, el acto de soñar es un simulacro de la muerte. Para nuestro escritor, los sueños, que vive con toda intensidad, son «la actividad estética más antigua. [...]; muy curiosa porque es de orden dramático»: «Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido. / Acaso sueño haber soñado».

En conclusión, en Borges, los temas filosóficos son formas de ficción; aprovecha la filosofía para elaborar su literatura, para demostrar el acecho constante de la belleza, que está en todas partes y en cada instante de su vida.

En la palabra «belleza» —«cada palabra es una obra poética»—, hay una idea implícita desde el punto de vista etimológico: lo que tiene valor ético tiene valor estético. La realidad, tal vez, sea, para Borges, tan bellamente imprecisa como la que refleja un espejo en la penumbra, pues la irrealidad es «condición del arte». Tampoco sabe el autor de Ficciones «si el universo es un espécimen de literatura fantástica o de realismo», pero sostiene que «la tenue sustancia de que está hecho» es el olvido. De ahí, que un escritor deba ser «leal a su imaginación».

En este juego entre la realidad-sueño y la ficción-sueño, el protagonista es Borges, el «yo» literario, el escritor erudito, el que comprueba con melancolía «que todas las cosas del mundo» lo conducen «a una cita o a un libro», que le comunican una sentencia en la que convergen los sueños de cada hombre y sus sueños, que tratan de trascender la cotidiana historia sin moralizaciones ni vanas rebeldías contra su circunstancia.

Sus sentencias conmueven, pero no intentan persuadir. Interviene en ellas el «otro yo», el hombre que está hecho «de tiempo, de fugacidad», y que solo aspira a compartir las palabras en comunión de espíritu, y el esteta, cultivador silencioso de la mesura, que lo acerca a la perfección; buscador sediento de lo sagrado del verbo en estado de solitaria y profética felicidad, intérprete obstinado de esa desierta belleza que reclama el otro cuerno del unicornio, el ancla y el mar, la penumbra de la paloma, el otro lado del jardín, el mito y el esplendor, en una lenta y breve tarde como tantas.

* La autora es lingüista y escritora. Expresidenta de la Academia Argentina de Letras.

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