20 de septiembre de 2015 - 00:00

Y con Cristina volvió el preperonismo

"Cuando uno ve, por ejemplo, que lo que constituye la base de la soberanía popular y la democracia, que es el voto, y de repente dos jueces deciden anular la voluntad popular diciendo que hay algunos que no pueden votar porque son pobres, creo que estamos volviendo a épocas predemocráticas... esto no es volver a los '90, es volver a 1890, a la etapa del fraude patriótico, donde si no ganaba uno se tiraba todo abajo".  Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la Nación.

"Todo esto no se parece al primer peronismo... en sus prácticas, hay muchas similitudes con sus predecesores, los conservadores de los años treinta. Pero si se mira la totalidad del sistema político, y sobre todo la articulación del poder central con los poderes provinciales, que son la base del 'partido del gobierno', se encuentra un enorme parecido con algo más antiguo: el Partido Autonomista Nacional de fines del siglo XIX, cuya construcción se atribuye a Julio A. Roca y a la 'oligarquía'.... tras del discurso del modelo, de la inclusión y del pobrismo va saliendo a la luz la triste realidad de una sociedad radicalmente desigual, gobernada por una nueva oligarquía que, mientras se enriquece, sabe cómo ganar las elecciones desde el gobierno".  Luis Alberto Romero, historiador.

Aunque sus conclusiones sigan siendo radicalmente opuestas, quizá esta sea la primera vez en que el relato kirchnerista y sus contradictores coinciden en un diagnóstico. Los dos comentarios arriba citados son claves: Cristina Fernández y un reconocido historiador crítico del gobierno sostienen que estamos regresando, desde la cultura política, a los regímenes previos a la llegada del peronismo al poder.

Cristina cree que son sus opositores y/o enemigos los que quieren volver a ese pasado, Romero piensa que es el régimen kirchnerista el que ha construido intencional y pacientemente ese monumental retroceso histórico. Pero más allá de una y otra posición, discutir sobre peronismo-preperonismo parece ser una opción más sensata que la de hacerlo entre peronismo-antiperonismo.

En efecto, en este país donde siempre polemizamos mirando atrás porque estamos absolutamente cegados para mirar hacia adelante (en el tiempo de la anarquía, desde 2001 en adelante, hemos perdido toda fe en el progreso; nuestra mayor aspiración es -en todo caso- no seguir retrocediendo) llegamos al paroxismo cuando reconstruimos el debate peronismo, antiperonismo, como si aún estuviéramos en 1955.

Los peronistas, hegemonizados rotundamente por el kirchnerismo, decidieron readoptar las peores prácticas del primer peronismo y así se sintieron orgullosos de usos y abusos que ya parecían superados para siempre, como el culto a la personalidad, el adoctrinamiento escolar y el odio a la libertad de prensa. Frente a esa teatralización resurgió un antiperonismo de manual cuyos defensores se creyeron lo que Cristina se creyó y confundieron esta farsa retro del kirchnerismo con una réplica exacta del viejo peronismo de Perón.

Entonces, viejos odios volvieron a un escenario donde la élite política e intelectual actuaba una obra que la sociedad común miraba como un mero espectador, porque no tenía nada que ver con su realidad histórica del momento presente. 
Quien bien expresa la pobreza de este análisis es un comentario aparecido en el tuit "The Raffo House", crítico del kirchnerismo, que dice:

“La decadencia de esta encarnación peronista parece estar engendrando un revival de corporación antiperonista. No me parece buena idea”. Que en otro tuit el mismo autor concluye con una frase aún más certera: “Estar en contra del peronismo me parece perfecto, que eso defina un lugar de pertenencia no”.

A lo cual reafirma el ex embajador Diego Guelar, quien dice que hoy “salen de las catacumbas calificativos como ‘gorilas’, ‘antipatria’, ‘camporistas’, ‘conspiración internacional’, ‘oligarcas’, etc.”. Que según Guelar tienen un efecto catastrófico: “Más que un movimiento pendular se produce el efecto ‘perinola’, que gira y gira sin moverse del mismo lugar”. Que eso es precisamente lo que está aconteciendo hace más de una década en esta nación: no pasa nada en lo sustancial, pero parece estar pasando de todo en lo adjetivo. Con el único resultado de que todo simula cambiar pero en realidad nada cambia. Más conservadores no podemos ser, pero conservadores de lo negativo.

Pues bien, el fraude en Tucumán, como la punta de un iceberg que parecía oculto aunque en el fondo no lo estaba tanto, ha hecho aparecer nuevas ideas más fructíferas porque nos sacaron de esa antípoda de peronismo-antiperonismo tan poco útil para concluir nada nuevo de ella. Volver al preperonismo es interesante porque en un efecto paradojal puede indicar, a la vez, que se está comenzando con el posperonismo. Ante la decadencia casi terminal de un sistema de poder construido durante setenta años, el desafío inevitable para el futuro próximo es edificar un nuevo sistema donde el peronismo puede estar incluido, pero ya no hegemonice más.

Algo que quizá comience a ocurrir pronto, o que demorará un poco más, pero que inevitablemente acontecerá porque son demasiados los signos de pérdida de vigor de la vieja tradición popular del peronismo, hoy conducida por una nueva oligarquía con todas las letras, que cada vez necesita recurrir más al fraude y estratagemas similares para sobrevivir en el poder.

Tal vez por un tiempo el mismo peronismo que vino a luchar contra el fraude sea ahora su principal impulsor, pero tarde o temprano un nuevo sistema deberá sustituir esta degradación. Atrás no se vuelve nunca por más que la estupidez humana lo intente una y otra vez. En todo caso se demora lo que inevitablemente está por venir.

Por estos días el analista Sergio Berensztein califica a sistemas como el kirchnerista llamándolos regímenes híbridos, a los que define como “formaciones singulares que combinan mecanismos democráticos de acceso al poder (elecciones relativamente libres y justas) con prácticas cuasi-autoritarias”.

Sin embargo, el historiador Natalio Botana avanza un paso más porque cree que el autoritarismo creciente en las prácticas institucionales de estos regímenes ya comienza a afectar hasta sus mecanismos democráticos: “Se trata de una cadena de hechos que, si primero afectaron al nervio republicano del ejercicio institucional de la democracia, ahora se vuelven también en contra del principio electoral de la representación ciudadana”.

En otras palabras, ya no se trata solamente de que se está dejando de lado la república, sino también a la democracia en su aspecto más básico: el ejercicio libre del sufragio.

Que mucho de esto pasa en Venezuela, donde ante el riesgo cierto de perder las elecciones el chavismo ha incrementado su autoritarismo y hay graves peligros de trampa en las elecciones que vienen. Es que si pierden su representatividad electoral, estos regímenes autoritarios perderán cualquier conexión con la democracia, como que hubieran sucumbido ante enfermedades que en vez de venir de afuera del sistema se crearon dentro de la misma democracia y la empezaron a destruir desde su propio interior.

En fin, que tal cual dice Cristina, se está intentando volver a periodos preperonistas y predemocráticos, como lo demuestra Tucumán. Excepto que ella es una, si no la primera, de las impulsoras de este retroceso al avalar sin fisuras, como en los viejos tiempos, el intento de fraude (¿patriótico?).

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