29 de noviembre de 2017 - 00:00

Waiapi, una tribu acosada que lucha por sobrevivir en el corazón de Amazonia

Uno de los últimos grupos étnicos en contactar con la civilización vive amenazado por leñadores, buscadores de oro entre otros.

Hay un momento, cualquiera que sea el recóndito lugar por el que se viaje, en el que urgirá hacer la pregunta: ¿dónde está el baño? Pero al comienzo de una extraña visita al territorio de la tribu waiapi, en lo profundo de la Amazonia, la pregunta tenía otro matiz: ¿cómo es el baño?

La tribu waiapi entró en contacto con el mundo moderno recién en 1970 y desde entonces se ha esforzado para preservar su modo de vida. Vestidos con taparrabos rojos y sus pieles pintadas con el rojo de la planta achote y el negro de la genipa, los waiapis todavía viven de la caza, pesca y agricultura de tala-quema a pequeña escala en los frondosos bosques de Brasil.

Llegamos a la zona en una camioneta 4x4 blanca, después de haber manejado la mayor parte del día por caminos difíciles. Descargamos nuestra vasta colección de cámaras, computadoras, repelentes de insectos, impermeables y otros equipos bajo la mirada de decenas niños de la aldea (que iban casi desnudos).

Luego llegó la pregunta del baño urgente, y un líder waiapi -adornado con collares y pintura corporal- nos guió por un camino de barro hasta un río poco profundo, donde nos dejó.

Examinamos estos “baños” waiapi con una considerable perplejidad. En una parte del río, los niños -vestidos con versiones pequeñas de la tela roja-, chapuceaban. A poca distancia, en medio del río, había una plataforma de madera del tamaño de una mesa.

¿Estábamos dispuestos a acuclillarnos en la plataforma? ¿Ir al bosque en los márgenes del río? ¿Hacerlo enfrente de la gente?

Desconcertados y demasiado avergonzados para llegar hasta el final de esta historia, nos retiramos, conscientes de que tal vez iba a tomar más tiempo llegar al baño.

Un camino difícil

Geográficamente, los waiapi no están tan aislados. El pequeño pueblo Pedra Branca está a sólo dos horas por un camino sin pavimentar. Macapá, capital del estado de Amapá, adonde llegamos tras hacer dos vuelos en avión desde Río de Janeiro, está a sólo 3 o 4 horas en auto. Pero la tribu se ha esforzado mucho por evitar que las personas atraviesen esas cortas distancias… y por una buena razón.

Su primer contacto con los blancos en la década del 70 introdujo en la comunidad enfermedades como el sarampión, que casi aniquiló a los waiapi, carentes de inmunidad y sin vacunas. Hoy son 1.200 personas, pero enfrentan una nueva amenaza: el presidente Michel Temer, partidario de la expansión económica, está dispuesto a abrir la reserva natural que los rodea a mineras extranjeras en busca de oro y otros minerales.

A medida que las presiones de los taladores, mineros y empresarios agrícolas aumentan sobre la Amazonia, tribus como la waiapi son comúnmente retratadas como los guardianes del “pulmón del planeta”. Sin embargo, el mundo exterior rara vez los escucha.

Nuestro contacto en la aldea el año pasado se unió al Consejo de la Ciudad de Pedra Branca, convirtiéndose en el primero de los waiapi en ganar un puesto de elección popular. Estaba ansioso por ayudar.

Estos últimos meses han estado circulando historias terribles sobre buscadores de oro ilegales que asesinan a indígenas y sobre hombres armados vinculados a los terratenientes que matan a granjeros pobres no indígenas que se cruzan en su camino.

Nunca íbamos a conseguir más que hacernos una idea superficial del sistema espiritual de los waiapi, en el que multitud de espíritus volátiles vive en los árboles y en los animales.

Ni íbamos a tener tiempo para seguirlos cuando fueran a cazar, pero disfrutamos de su pescado y de un mono bastante sabroso, aunque de aspecto chamuscado, que trajeron del bosque. Y nuestras aptitudes lingüísticas no fueron mucho más allá de un “gracias”.

Una oportunidad única

Sin embargo, al mismo tiempo, sabíamos que éramos increíblemente afortunados. Sólo pasando el rato con ellos, observando su vida cotidiana, durmiendo en hamacas bajo enormes estrellas en un cielo sin contaminar, y bebiendo su tradicional y formidable poción de cerveza de mandioca llamada “caxiri”, conseguimos capturar un destello de un mundo completamente alternativo.

Algo que tuvimos que aceptar rápidamente es que no todo es lo que parece a primera vista. Así que la primera imagen de guerreros de pecho desnudo y flechas y arcos de 1,80 metro no era falsa. Los waiapi son cazadores muy hábiles y maestros en encontrar en el bosque lo que se necesite para sobrevivir, desde un techo para dormir hasta medicinas o armas.

Pero nos dimos cuenta de sorpresivos elementos modernos enraizados en este antiguo estilo de vida. Por ejemplo, uno o dos indígenas tenían celulares, que usaban para tomar fotos dado que no hay señal en la zona.

Nuestro amigo Jarawawa se dio cuenta de que notábamos la cantidad de trabajo a cargo de las mujeres en el caserío principal, donde dormimos. Era imposible que no lo notáramos: las mujeres cuidan el fuego, recolectan la yuca, luego la preparan por horas para convertirla en licor y a menudo las niñas cuidan a los numerosos bebés.

Una de estas duras mujeres, fue muy franca: “No”, respondió cuando le preguntamos si era feliz.

Afecto mutuo

Los waiapi nos dejaron libres para deambular como quisiéramos. No parecía que tuvieran un día muy estructurado, fuera de levantarse con el sol y acostarse en sus hamacas con la oscuridad.

Casi no paramos de hacer entrevistas o capturar imágenes, pero cuando los tres nos sentábamos ante el fuego para comer o beber café instantáneo con leche en polvo (que trajimos del pueblo), tendíamos a compartir más nuestros sentimientos sobre este inusual viaje.

El día que nos despedimos, rodeados de esos maravillosos árboles y el barullo de los pájaros e insectos, había un afecto genuino entre nosotros y nuestros anfitriones.

Somos de dos mundos diferentes, pero logramos entender algo importante: compartimos el mismo planeta y nos necesitamos los unos a los otros.

Apenas 1.615 en 11 aldeas en 2 países

Los waiapi o wayampi son un pueblo originario ubicado en la zona fronteriza sureste entre la Guayana Francesa y Brasil, en la confluencia de los ríos Camopi y Oyapock , y las cuencas de los ríos Amapari y Carapanatuba en la parte central de los estados de Amapá y Pará en Brasil .

Según datos y censos de finales de la década del 90, el número de waiapis se aproxima a 1.615 individuos dispersos en 11 aldeas. Aproximadamente 710 viven en la Guayana Francesa en tres aldeas, y 905 viven en ocho aldeas en Brasil.

La tribu fue contactada por autoridades brasileñas en la década de 1970. Hasta ese momento, vivía como sus ancestros antes de que los europeos llegaran a América hace cinco siglos, en armonía con la mayor floresta del planeta. Pero hoy, según algunos sitios conservacionistas como survival.es, son la tribu más amenazada del planeta.

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