Concurrí, como muchos, al desayuno de la Coviar y al Agasajo de Vendimia de Bodegas de Argentina, en la bodega Los Toneles.
Concurrí, como muchos, al desayuno de la Coviar y al Agasajo de Vendimia de Bodegas de Argentina, en la bodega Los Toneles.
Como bien sabemos, ambos eventos se han comportado como importantes tribunas de expresión de los problemas que, coyuntural o estructuralmente, afectan a nuestra vitivinicultura, haciéndose a veces extensivos a la situación de la economía en general, incluso de la política misma. De igual modo, suele ser el momento en que los funcionarios nacionales y provinciales, responden a dichos reclamos e intentan exponer los planes vinculados al desarrollo provincial y/o nacional.
Me parece necesario recordar que estamos hablando de la vitivinicultura, la industria que mayores esfuerzos ha realizado desde hace más de dos décadas para reconvertirse, poniéndose a tono con las exigencias de los consumidores y mercados internacionales, y que ha recibido cuantiosas inversiones nacionales y extranjeras e incorporado avances tecnológicos como pocas otras actividades y que, por último, ha contado con un plan estratégico que, de manera inédita para nuestro país, ha logrado una continuidad que es un ejemplo.
Como la mayoría de las economías regionales, es una verdad a gritos que las políticas económicas del gobierno nacional, le han restado a nuestra industria vitivinícola competitividad con importantes efectos en el desarrollo de la misma, obligándola en algunos casos a perder valor agregado, siendo el aumento de las exportaciones de vino a granel y la caída de las exportaciones de vino embotellado un indicador, las pérdidas de mercados o riesgos significativos de que ello ocurra, las bodegas boutiques cerradas o en venta por falta de rentabilidad y la pérdida de cientos de empleos relacionados no solo a esta actividad sino también a las industrias conexas.
Esperaba que los sectores empresarios expusieran claramente; ese era el momento y el lugar para denunciar los perjuicios que la política económica nacional le produce a nuestra provincia. Desde luego, no esperaba del gobierno nacional, y tenía pocas esperanzas del gobierno provincial, un reconocimiento expreso del deterioro de nuestra principal industria, ya que todos estamos advertidos de que las grandes preocupaciones de los argentinos -inseguridad e inflación- no figuran en ninguna agenda ni discurso oficial, pero sí esperaba un respetuoso aunque firme y enérgico reclamo del sector empresario.
Hubo solo expresiones elípticas, insinuaciones, casi diría silencio. Un silencio que aturde, que asusta, que no es nuevo y que está vinculado desde hace algún tiempo con amenazas, extorsiones y cooptación de dirigentes de los sectores gremiales empresarios por parte del gobierno, que impide que lo que suelen comentar en las conversaciones personales o en reuniones reservadas lo manifiesten públicamente.
Es cierto que en algunos casos las quejas son de dudosa legitimidad o que, aun siendo razonables, dichos reclamos ponen en riesgo el interés general.
Pero, ¿qué sector puede estar más legitimado para expresarse que la vitivinicultura después de años de inversiones productivas, innovación tecnológica, de ganar mercados y aumentar exportaciones y fundamentalmente de generar tantos empleos? Sin embargo, a mi juicio, más impactante que los tímidos reclamos del sector empresario fueron las respuestas del gobierno nacional que nuestro Gobernador, como siempre, acompañó entusiasmado.
Escuchando al ministro de Agricultura, Norberto Yauhar, el diputado Enrique Vaquié me dijo por lo bajo: "Volvieron los Planes de Competitividad, volvió Cavallo".
Y ahí recordé. Cuando la Convertibilidad daba signos evidentes de agotamiento, cuando la pérdida de competitividad había aniquilado buena parte de la industria argentina y el ex ministro creyó posible recuperarla a través de medidas parciales que implicaban, entre otras cosas, abaratamiento de la importación de máquinas y equipos, cambio para favorecer la inversión, rebaja de los aportes patronales, entre otras medidas, los anuncios vendimiales basados en el compromiso de pago de los reintegros de las exportaciones en tiempo y forma, créditos para inversión y ayuda para bajar los costos de los fletes al puerto, más la prórroga impositiva por un año a los espumantes, no es ni más ni menos que el nuevo Plan de Competitividad del kirchnerismo.
No debe haber ningún argentino que no recuerde el fracaso estrepitoso y cómo terminó aquel ciclo de nuestra economía. Cavallo negó que los problemas estuvieran vinculados centralmente a la política cambiaria y al aumento de los costos internos, y las consecuencias fueron aquella Argentina del 2002 que todos sufrimos y aún recordamos.
Es cierto que afortunadamente otros indicadores nos alejan de aquella crisis y que además todavía estamos a tiempo de evitar que repitamos la historia.
Pero resulta difícil entender por qué el gobierno se empeña en recorrer un camino parecido y por qué los más afectados callan.