Recientes noticias periodísticas aparecidas en Los Andes señalan que el Concejo Deliberante de Guaymallén habría procedido a quitar el título de "Ciudadano ilustre" al Dr. Abel Albino. En igual sentido, la H. Legislatura también seguiría sus pasos en retirar un reconocimiento otorgado por ella a dicho profesional. El fundamento serían sus recientes manifestaciones vertidas en el H. Senado de la Nación con relación al proyecto de ley sobre el aborto, donde el Dr. Albino habría tenido una no muy feliz expresión contra el proyecto en consideración de ese cuerpo.
Como cuestión previa, debo confesar que me encuentro en las antípodas del pensamiento del Dr. Albino en cuanto a dicho tema sobre el aborto.
Pero, lo que me impulsa a salir en su defensa es que el retiro de los títulos que tanto el municipio de Guaymallén como la H. Legislatura procederían a quitarle, sería una sanción por tan desopilantes opiniones del facultativo, mucho tiempo después de los galardones, merecidamente otorgados por su lucha contra los males que padecen los niños, en especial, de familias humildes que tendrían disminuidas sus capacidades mentales por la falta de proteínas desde el nacimiento hasta los dos años de vida.
Es decir que, en primer lugar, tal "sanción" de dichos cuerpos colegiados tendría un efecto retroactivo sobre una lucha que, muchas veces en soledad, ha efectuado el Dr. Albino por un tema tan importante como la salud de los niños en su primera edad.
En segundo término, está de moda la "grieta" que no interesa si ha sido el anterior gobierno nacional que la impulsó y el presente gobierno que la profundizó. Creo que eso sería como debatir el "sexo de los ángeles", esto es, una discusión abstracta sobre quién fue el impulsor de la grieta, que hoy nos divide a los argentinos entre réprobos y elegidos.
Mi solidaridad con Abel Albino es mi defensa, irrestricta, de la tolerancia, del respeto a las opiniones, más allá de si son correctas para una parte de la población y deleznables para otras.
De continuar con esta triste situación, estamos profundizando el odio, el rencor entre los argentinos, cuando es ahora que tenemos que buscar, por todos los medios, la anhelada unión nacional que comenzó con el discurso pronunciado por el siempre recordado Ricardo Balbín ante el féretro de Juan Domingo Perón. Más cercano en el tiempo fueron los discursos de Raúl Alfonsín en la campaña presidencial de 1983, que exhortaba, a través del Preámbulo de la Constitución Nacional, a la unión nacional para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quisieran habitar nuestro querido suelo.
Siendo joven creía que allí terminaban para siempre las antinomias entre los argentinos. Confieso que me equivoqué.
En tercer lugar, con los retiros de los títulos al Dr. Albino por sus declaraciones, afortunadas para algunos y para otros no tanto, estamos consagrando, peligrosamente para la convivencia entre los argentinos, el delito de opinión.
No viene al caso hablar de las intolerancias que el mundo sufrió a lo largo de todos estos siglos, tanto del extremo de la reacción como de los extremos revolucionarios.
Se habla de quitar el nombre de ex presidentes de la Nación a establecimientos públicos o de acceso público y la lista seguiría hasta que, como dice el dicho popular, "no quedaría títere con cabeza". Creemos que debe imperar la racionalidad, para terminar con mentalidades oscuras y arcaicas. La cerrazón y el pensamiento limitado deben dar paso a una mayor tolerancia y concordia entre opiniones diferentes, una convivencia pacífica en la que todas las personas puedan pensar y decir lo que les parezca, siempre bajo el paraguas del respeto.
En cuarto lugar, en mi opinión, tenemos que volver a que los reconocimientos no deben hacerse en vida. Había normativas en nuestro país que indicaban que había que dejar pasar al menos diez años de la muerte del presunto benefactor para que, desaparecidas las pasiones, el reconocimiento público a las obras de bien tendrían la aceptación y aquiescencia popular. Cuando se otorgan en vida los títulos y honores, a lo mejor un hecho desafortunado de la persona que emitió una opinión o protagonizó una escena que puede caer en el ridículo, hace caer todos los anteriores y bien logrados merecimientos.
Finalmente, como admirador de Voltaire, me permito citar una frase que resume el respeto a la opinión ajena, la cual dice: "No estoy de acuerdo con lo que tú dices, pero lucharé para que puedas decirlo".