Una de las leyes de hierro de la política de Oriente Medio durante el último medio siglo ha sido que los extremistas van hasta el final y los moderados solo tienden a irse. Ellos se unieron y atacaron el cuartel general de la milicia islamista Ansar al-Sharia, de cuyos miembros se sospecha que perpetraron el ataque en contra del consulado estadounidense en Bengasi que resultó en la muerte de cuatro estadounidenses, incluido el embajador Chris Stevens.
No está en claro si esta tendencia puede propagarse o ser sostenida. Sin embargo, al haber ridiculizado las voces de intolerancia que con mucha frecuencia intimidan a todos en esa región, considero que es alentador ver a los libios portando pancartas con leyendas del tipo de “Queremos justicia para Chris” y “No más Al Qaeda”, así como exigiendo que se desbanden las milicias armadas.
Esto coincide con algunos artículos brutalmente honestos en la prensa árabe-musulmana -en respuesta a disturbios desatados por el idiota video en YouTube que insulta al Profeta Mahoma- que no son el usual “¿Qué está mal con Estados Unidos?” sino, más bien, “¿Qué está mal con nosotros, y cómo lo arreglamos?”
Este lunes, el Instituto de Investigación de Medios de Oriente Medio, conocido como Memri, que sigue a la prensa árabe-musulmán, tradujo una lacerante crítica escrita por Imad al-Din Hussein, columnista de Al Shorouk, el mejor periódico de circulación diaria en El Cairo.
“Maldecimos a Occidente día y noche, y criticamos su desintegración (moral) y desvergüenza, al tiempo que dependemos de él para todo... Importamos, mayormente de Occidente, automóviles, trenes, aviones... refrigeradores y lavadoras de ropa. Somos una nación que no contribuye con nada a la civilización humana en la era actual. Nos hemos convertido en la pesada carga sobre (otras) naciones...
Si verdaderamente hubiéramos puesto en marcha la esencia de las directrices del Islam y todas las (demás) religiones, habríamos estado a la vanguardia de las naciones. El mundo nos respetará cuando volvamos a ser personas que participamos en la civilización humana, en vez de (ser) parásitos que están diseminados a lo largo del mapa del mundo industrializado, alimentándose de su producción y más tarde atacándolo desde la mañana hasta la noche.
Occidente no es un oasis de idealismo. También contiene explotación en muchas áreas. Pero, cuando menos, no está hundido en falsas ilusiones, trivialidades y apariencias externas, como nosotros lo estamos. Por lo tanto, apoyar al Islam y al Profeta de los musulmanes debería hacerse a través del trabajo, producción, valores y cultura, no atacando por sorpresa embajadas y asesinando diplomáticos”.
Mohammed Taqi, liberal columnista paquistaní, en un artículo publicado en el Daily Times de Lahore el 20 de setiembre, argumentó que “no existe absolutamente excusa alguna para la violencia e incluso el asesinato más vil, como se cometió en Bengasi. Si se combate el odio con odio, seguramente se engendrará más odio. La forma de salir está en sofocar las odiosas voces con voces de cordura, no reduciendo la libre expresión y llamados al asesinato”.
Jaled al-Hroub, catedrático en la Universidad de Cambridge, en un artículo del diario jordano Al Dustour del 17 de setiembre, traducido por Memri, argumentaba que el "aspecto más aterrador de lo que vemos actualmente en las calles de ciudades árabes e islámicas es el desastre del extremismo que está inundando nuestras sociedades y culturas, así como nuestra conducta. Esto (representa) una total atrofia del pensamiento entre amplios sectores (de la sociedad), como resultado de la cultura de excesivo celo religioso que fue impuesto a la gente durante más de 50 años, y que produjo lo que presenciamos ahora”.
Bassem Youssef, comediante egipcio, escribió en Al Shorouk, traducido por el Memri, el 23 de setiembre: “Nosotros exigimos que el mundo respete nuestros sentimientos, pero nosotros no respetamos los sentimientos de otros. Gritamos asesinato azul cuando ellos prohíben el niqab en algún país europeo o impiden que (musulmanes) construyan minaretes en otro país (europeo); aun cuando estos países siguen permitiendo la libertad religiosa, como quedó de manifiesto en la construcción de mezquitas y en la (actividad de) prédica que se desarrolla en sus patios. Sin embargo, en nuestros países, nosotros no permitimos que otros prediquen en público sus creencias. Quizá deberíamos estudiarnos antes que (criticar) a otros”.
Cada vez que me preguntaban durante la guerra de Irak, “¿Cómo sabremos cuando hayamos ganado?”, yo daba la misma respuesta: Cuando Salman Rushdie pueda dar una conferencia en Bagdad; cuando haya verdadera libertad de expresión en el corazón del mundo árabe-musulmán.
Sin duda necesitamos un respetuoso diálogo entre el Islam y Occidente, pero, incluso más, necesitamos un respetuoso diálogo entre musulmanes y musulmanes. Lo que reviste importancia no es lo que partidos políticos y agrupaciones árabe-musulmanes nos dicen que ellos representan. Lo que tiene importancia es lo que se dicen a ellos mismos, en sus propios idiomas, con respecto a que representan y qué excesos ellos no tolerarán.
Este debate interno había sido frustrado desde hacía mucho por autócratas árabes cuyos regímenes capturaron tradicionalmente a partidos islamistas de tendencia extremista, pero nunca permitieron realmente que sus ideas fueran contrarrestadas con libre expresión; con interpretaciones del Islam independientes, modernistas o progresistas o por partidos políticos e instituciones seculares realmente legítimos.
¿Estamos viendo el comienzo de eso ahora con el surgimiento de espacios libres y partidos legítimos en el mundo árabe? Una vez más, aún es muy pronto para saberlo, pero vale la pena acoger esta repercusión moderada a la repercusión extremista, así como observarla.