27 de marzo de 2013 - 23:21

Las visitas a familiares y amigos, hace 50 años, eran un culto a la amistad

Recuerdos de un mendocino sobre la vida cotidiana en la Mendoza de los viejos tiempos.

Las visitas entre familiares y vecinos hace más de cincuenta años era un rito que se respetaba cariñosa y puntualmente.

No pasaba más de una semana sin cumplirlo rigurosamente; sólo en caso de distancia se hacía en forma más periódica -en cambio con los cercanos era casi diariamente- y por lo menos era un saludo en la mañana para interesarse cómo habían amanecido y darles los buenos días.

En otros casos se transmitían los buenos augurios entre mate y mate. Hoy algunas de esas ceremonias se hacen por teléfono, mientras que en aquellos tiempos del teléfono ni hablar, ya que entre los años 1940 y 1950 el que contaba con línea telefónica se sentía un afortunado porque eran muy pocos, por cuanto la compañía sueca de teléfonos -que tenía una concesión centenaria otorgada por el Gobierno de la Provincia- concedía apenas algunas solicitudes acordadas diez años antes.

Continuando con el tema de las visitas, quiero destacar que eran la forma de fomentar la amistad, lo que permitía las ayudas mutuas y compartir los acontecimientos familiares con tal cariño entre vecinos que a veces era más sincero y respetuoso que la relación familiar con los parientes.

El respeto del afecto familiar que se profesaba durante el siglo pasado fue resultado de la responsabilidad de los padres en enseñarle a sus hijos que a los abuelos, tíos y primos había que quererlos, respetarlos y brindarles la mejor consideración, además de la alegría de compartir los deberes del colegio y juegos con los primos más cercanos y chicos vecinos, que eran considerados familiares.

Era común que los hijos -por admiración o imitación- continuaran las actividades de su padre y entonces siendo jóvenes adultos eran incorporados como aprendices al taller de carpintería, mecánica o metalúrgico, comercio o profesión liberal que desde niño venían observando y que también en algunos casos les abría una vocación para elegir su futuro.

El tema era considerado en familia porque existía la preocupación que los hijos al terminar la primaria o seguían estudiando o se orientaban hacia un trabajo porque los padres tenían la preocupación de que los muchachos fueran personas de bien y no un "vago más", sin destino.

La visita periódica de los tíos y primos era un día de fiesta que la familia compartía alegremente con amor y cariño por las buenas novedades y regalos que traían generosamente.

Era una arraigada tradición que cada visita se devolviera puntualmente y al poco tiempo. Cuando se cumplía, producía gran felicidad de los miembros de los grupos que integraban familias y amigos, por cuanto los visitantes siempre contaban los progresos obtenidos en el trabajo, en el resultado de los estudios de los niños y ese intercambio de buenas noticias producía un ambiente alegre y optimista.

Después de la cena, y con la participación de los vecinos más queridos, se armaba una reunión en la que no faltaba el amigo o el pariente que traía una guitarra y con su canto entusiasta invitaba a todos a cantar o tararear como acompañamiento, lo que hacía muy alegre la reunión. También algún niño recitaba un verso o alguno de los mayores contaba chistes.

Con sencillez y amor se repetían estas fiestitas en casi todos los encuentros familiares, porque entonces no había apurones y los tiempos se disfrutaban sanamente.

Los integrantes de cada familia y los buenos vecinos se mantenían comunicados, especialmente los que vivían en otras provincias o zonas lejanas. Naturalmente que el medio mas usual era la correspondencia; en ese entonces las cartas se despachaban por la única vía, que era el Correo Argentino, cosa que se repetía casi semanalmente y permitía que tuvieran noticias de cada familia en forma permanente.

Cuando algún familiar demoraba en responder provocaba preocupación y era común escuchar decir a las señoras: "Le debo una carta a mi hermana o a mi comadre", lo que demostraba el cariño y el recuerdo permanente de los miembros de cada familia.

Tanto es así que las cartas se leían preferentemente después de cenar, cuando estaba la familia junta, cosa que hacían los padres en voz alta con los consiguientes comentarios de las noticias que más interesaban, lo que a veces producía alegría y también algunos silencios o lágrimas, prueba del respeto y amor familiar que provocaban diversos comentarios y recuerdos queridos.

Transcurridos los años, los cambios de hábitos y la llegada de los edificios de propiedad horizontal, fue desapareciendo la cordial relación de los vecinos más queridos. En cambio, en muchos casos se impuso la indiferencia entre los vecinos de departamentos, sin saludarse ni establecer relaciones amigables, salvo algunas excepciones motivadas por amigos comunes o algunas urgencias de vecinos.

De cualquier forma hay que quedarse con el recuerdo de hace medio siglo, que hoy es difícil de reiterar porque el cambio de vida con mayores complicaciones y actividades en los integrantes de una familia -por razones profesionales o por el estudio de los hijos- deja menos tiempo para las visitas y los viajes tradicionales.

Antiguamente, el mantener las comunicaciones epistolares con expresiones de cuándo va a venir a visitarnos, porque cada visita necesitaba de largos preparativos y no era cuestión de llegar con las "manos vacías"; al contrario, se preparaban regalos para los mayores, mientras los niños recibían algún juguete o los elementos escolares de los primos mayores que éstos habían dejado de usar, ya que cada familia guardaba cuidadosamente para regalarlos a los sobrinos, primos y ahijados.

Las fiestas tradicionales, como Nochebuena, Navidad o fin de año, eran organizadas con mucha anticipación entre los vecinos de la cuadra, reuniéndose semanalmente para preparar el menú y la distribución de mesas en la calle frente a las casas de los vecinos, los que aportaban comidas elegidas entre todos y la cantidad de bebidas de acuerdo a la cantidad de integrantes de cada familia. Los gastos de iluminación, música y adornos se prorrateaban. Y después de cenar se armaba el baile.

Es oportuno recordar, como ejemplo, que el respeto a los mayores era sagrado, por cuanto los niños aceptaban celosamente cualquier observación o consejo como corrección por haber expresado malas palabras, peleado con otro chico o cualquier falta por mal comportamiento o travesura riesgosa, y jamás respondían con malas contestaciones ni burlas.

Todo se hacía con amor y buena voluntad, lo que facilitaba el trato y las relaciones de familiares y vecinos por cuanto no había envidias ni orgullos y cuando algunos de los integrantes progresaban en sus actividades, eran distinguidos en el trabajo o recibían la llegada de un hijo, las buenas nuevas se festejaban alegremente como si fuera un éxito familiar, sin ningún tipo de egoísmo ni especulaciones personales, porque todo se traducía en verdadera felicidad.

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