12 de abril de 2014 - 21:55

El verdadero rol de la educación cayó en el olvido

Después de dos meses, el conflicto docente fue solucionado. Sin embargo, durante esos dos meses, el conflicto educativo no fue siquiera mencionado. El eje de la discusión, al igual que todos los años, fue el salario defendido y bastardeado simultáneamente por dos partes que, de a ratos, son antagónicas y, de a ratos, cómplices.

Antagónicas para hablar de remuneración de trabajo pero cómplices para mantener el verdadero debate a dar sobre el estado y realidad de la educación silenciado, olvidado y relegado a charlas de café y enojos momentáneos, complicidad que no hace más que agudizarlo, lo único que se viene haciendo hace años.

En estas pujas de las que somos actores, testigos, víctimas y victimarios, jamás se abre el debate a los verdaderos males que aquejan hoy al sistema educativo, que poco tienen que ver con salarios o paros. Pareciera que la educación y su rol emancipador y liberador han quedado en el olvido.

Esta discusión debe darse urgentemente, ya que la educación cumple un papel fundamental para la sociedad, porque todos sus integrantes, profesionales o no, obtienen los saberes básicos en la escuela. Su tarea central e inalienable es formar integralmente y para la vida. El no hacerlo define su fracaso por incumplimiento de deber y negligencia.

Ése es, sin más, el motivo principal del fracaso de nuestro sistema educativo: olvidó su misión, perdió de vista su meta e incumplió con su función. Por diversos motivos, algunos nobles en su origen, el sistema de hoy se ha convertido simplemente en uno por el que nuestra juventud transita por obligación y sin demasiado sentido, obteniendo escasos contenidos y pésima formación. No es sólo nuestra juventud la que sufre, sino todo aquel integrante de la sociedad que elige finalizar su formación académica mediante CENS o Plan Fines.

Dadas estas condiciones, no debería resultar llamativo que ocupemos el puesto 54 de 65 en calidad educativa a nivel internacional, ni es de extrañarse que la educación ya no resulte una herramienta de construcción y promoción social, sino una de reproducción del sistema social.

No podemos pretender ocupar otro puesto cuando ya no se enseña lo necesario, que poco tiene que ver a esta altura con los ya cualitativamente empobrecidos contenidos conceptuales sino más bien con lo que resulta ser el problema de base: el mensaje subyacente de las decisiones tomadas en materia de política educativa.

¿Qué quiero decir con esto? Los contenidos han pasado a un segundo plano porque ya no es posible dictarlos de una manera efectiva, ni darles la importancia que merecen porque ya no se enseña. Peor aún, se enseña lo que no se debe enseñar, y esto es una decisión en política educativa.

El mensaje que se da hoy por hoy es que ya no hace falta estudiar porque igual se aprueba la materia; que no hace falta cumplir con obligaciones porque las obligaciones ya no existen, siempre hay otra posibilidad y, si no, no hay mayores inconvenientes; que no hay que esforzarse porque el esfuerzo ya no es premiado; que no hay que respetar la autoridad, porque dicha autoridad es absolutamente cuestionable y virtualmente inexistente; que nada tiene consecuencias, que todo pasa inadvertido e impune; que la reflexión y el diálogo ya no son necesarios; que existen miles de derechos y libertades, pero no enseñamos que los mismos vienen de la mano de responsabilidades.

Es claro así que los contenidos no se aprenden y no se enseñan porque poco, o casi ningún sentido tiene hacerlo. Se hace absurda la cultura del esfuerzo, tanto en el ejercicio de la docencia como en el del aprendizaje, frente a un sistema que aprueba y promueve a todos por igual.

Ése es el mensaje que los estudiantes reciben, pero no se percibe la gravedad de transmitir esto porque no se piensa que el receptor de este mensaje va a ejercer su ciudadanía en la misma manera en la que ejerció como estudiante, sin esfuerzo, sin compromiso, irresponsablemente, sin otro interés más que el propio.

Estamos atrapados en un sistema facilista que, en pro de la muy necesaria contención, se ha olvidado de cumplir con su deber, que es el de la formación, desvirtuándose hasta convertirse sólo en un sistema de retención de la persona en sus años de escolarización. Lo importante es que esos varios y críticos años, transcurran dentro de la escuela, ¿cómo? Eso ya no importa.

Pero, lamentablemente, el cómo, importa mucho para hacer de esos años un período valioso. Lo que debe aprenderse en la escuela es lo básico para la vida, en todo sentido. Es la escuela la que debe preparar a aquellos que por ella pasan para ejercer su ciudadanía responsable, respetuosa, honorable y honradamente. Es la escuela la que debe formar recordando siempre que el niño, el adolescente o el joven en un aula hoy, es el adulto del mañana, miembro de la sociedad y participante activo en la construcción de una sociedad mejor, igual o peor.

Es por esto que el sistema educativo no puede seguir desobedeciendo su mandato ni puede seguir, bajo ningún concepto, siendo una herramienta de reproducción social en vez de una de construcción y promoción.

No puede ni debe la escuela ser cómplice de un modelo que sistemáticamente sostiene a la pobreza en la pobreza sin darle herramienta alguna para que de ella salga, cómplice de un modelo que sistemáticamente desvaloriza, devasta y corrompe a la clase media, cómplice de un modelo que avala la noción de que la plata y el amiguismo pueden con todo, aun con los valores y los principios.

Éste no es su deber y es inaceptable que sea el rol que, por voluntad u obligación, esté cumpliendo. Igualmente inaceptable es que tanto dirigentes gremiales y políticos, especialmente funcionarios del gobierno de turno, se nieguen a dar espacio a esta discusión. Haciendo esto, los gremialistas no defienden la educación y los políticos no honran su deber ni el pasado, y no defienden ni aseguran el presente y futuro de la sociedad a la que representan.

El rol principal e inalienable de la escuela es formar íntegramente, preparando a los estudiantes para la vida en sociedad, asumiendo que el rol que cumple es uno crítico en la construcción y en el funcionamiento de una sociedad.

Sólo cuando nuestra escuela tome conciencia de su importancia, decida cumplir con su deber y entienda que trata con personas vulnerables, con generaciones que pueden verse dañadas sin posible reparo, sólo entonces podremos pretender ocupar mejores puestos en rankings internacionales y podremos tener índices nacionales que sean buenos con honestidad y podremos tener una sociedad que sea dueña de su presente y de su futuro. Solamente entonces podremos avanzar como sociedad.

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