22 de octubre de 2012 - 22:40

La verdad

Tratar el tema de la verdad es como tomar un camino muy difícil lleno de atajos y encrucijadas por el que, quizá, puedan transitar con mayor soltura quienes cuenten con mayores conocimientos.

Se ha afirmado que es tarea del intelectual -auténtico, digno- buscar y expresar la realidad y enriquecerla mediante la verdad que pueda extraer de sus entrañas. Se puede ser intelectual de diversas maneras. Lo son desde el hombre de ciencia hasta el filósofo, pasando por el poeta, el historiador, el novelista, hasta llegar, en la medida en que se aproximen a cualquiera de estos casos puros, el ensayista, el profesor y el periodista que, como alguien ha dicho, es el historiador del presente.

Pero, pese a los inconvenientes y a no considerarme un intelectual, me ha parecido interesante reflexionar acerca del tema, sobre todo frente a la insistencia con que se habla de la verdad y al mismo tiempo se miente descaradamente.

Lo primero que hay que decir es que una cosa es el error y otra muy distinta es la mentira. El diccionario de la RAE afirma respecto del primero que es una percepción o expresión falsa, no conforme a la verdad; en tanto que de la segunda señala que es una cosa que se dice sabiendo que no es verdad. Es decir que en la mentira hay mala intención, existe el propósito de engañar, por eso ensucia la dignidad del mentiroso. En el error caemos todos los seres humanos inevitablemente.

Digamos que entendemos por verdad la adecuación del pensamiento con los hechos.

Con ocasión de reunirnos un reducido grupo de senadores nacionales de provincias con el presidente Perón, este nos contó que su abuela Antonia le dijo un día en la escuela de la calle San Martín donde pasó su niñez: "Observá los ojos de la mosca. Son enormes. Ocupan casi toda la cabeza. Tienen cuatro mil facetas. ¿Qué ve la mosca, Juan ? ¿Ve cuatro mil verdades o una verdad partida en cuatro mil pedazos?"

Este relato se parece a una leyenda china según la cual la verdad es un jarrón que se rompió en innumerables pedazos hace miles de años. Quien tiene un pedazo se siente dueño de la verdad. Esto último ocurre con mucha mas frecuencia de lo que se piensa. A diario los medios traen discursos, declaraciones, mensajes de los que surge con toda claridad que sus autores consideran que están en posesión de la verdad absoluta. Son dogmáticos que consideran que hay una sola verdad y que ellos la tienen. Quien osa disentir es condenado al infierno.

Ortega y Gasset considera que existe sólo una verdad objetiva que está al margen de la conciencia de cada uno, con lo cual condenaba al relativismo para el cual hay tantas verdades como observadores o sujetos.

No hay tantas realidades como individuos que observan. Hay una sola que las personas observamos con las limitaciones propias de nuestra condición humana, producidas por el tiempo y el espacio. Y Ortega agregaba: "La realidad, como un paisaje, tiene infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y auténticas. La sola perspectiva falsa es esa que pretende ser la única".

George Orwell, en su tenebrosa novela "1984", publicada en 1949, considera el ocultamiento de la verdad entre los peligros de una sociedad totalitaria en la que el Estado se apropia progresivamente de mayor poder.

El tema de la verdad está relacionado con la existencia de la democracia, la cual para funcionar adecuadamente requiere determinados presupuestos entre los cuales figura -a mi juicio en primer lugar- la presencia de la verdad. Si alguien piensa que tiene el monopolio de la verdad, es imposible que haya democracia. Tampoco puede haberla si prevalece la idea de que hay tantas verdades como personas.

En el primer caso no hay la menor posibilidad de que se expongan y discutan distintas ideas, opiniones, lo cual cierra el camino que permite ver los problemas desde distintos puntos de vista y tomar decisiones acertadas. El debate de ideas es el único modo de aproximarse al progreso. Popper señalaba: "Debe permitirse la competencia de todas las teorías -cuantas más mejor- en aras de la búsqueda de la verdad".

En cuanto al segundo caso, quien tenga más fuerza se impone porque todas las explicaciones y raciocinios tienen el mismo valor.

Sin duda, la única forma de concebir la verdad y armonizarla con la democracia es la de considerar que existe una sola verdad pero que ninguna persona ni conjunto la posee totalmente.

Tampoco se puede soslayar la importancia que para la historia tiene la verdad. En general y particularmente nuestros jóvenes ignoran, prácticamente, la historia nacional, lo cual es consecuencia de la falta de interés por la cultura. Tanto en el plano de los hechos como de las ideas, sin un mínimo conocimiento de verdad acerca del pasado inmediato ¿se podrá hacer una historia fecunda?

Es indispensable que quienes escriban historia se ciñan al análisis de los documentos y, como decía Ranke a "averiguar cómo efectivamente han pasado las cosas". Este debe ser el fundamento de toda interpretación histórica.

Tratar de acomodar la narración histórica a las conveniencias políticas del momento es una de las formas más dañinas de mentir.

Los prejuicios son, asimismo, fuente de posiciones contrarias a la verdad. Se trata de juicios expresados sin reflexión anticipada sobre aquello respecto de lo cual se emite una opinión. Nuestras simpatías y antipatías, con mucha frecuencia, determinan nuestro parecer, lo cual es consecuencia de un subjetivismo desbordado y posiciones ideológicas dogmáticas. Y es sabido que el dogmatismo es la destrucción de la inteligencia. A lo que se agrega la débil condición humana reacia a rectificarse aun cuando los hechos muestren el error, es decir, que la idea no coincida con las cosas. Y de ahí a deslizarse hacia el libelo, la calumnia, el infundio, no hay más que un paso.

Por otra parte, sin un mínimo de verdad la vida política se convierte en un total aquelarre institucional y en una turbia lucha por posiciones bien remuneradas y que posibiliten hacer fortuna rápidamente. En este campo -y en otros cercanos- es lamentable el espectáculo de desprecio de la verdad que ofrecen quienes hacen formal profesión de ella. Todos los gobernantes deberían aceptar que decir la verdad al pueblo es el primero de sus deberes. La encíclica Veritatis Splendor, del Papa Juan Pablo II, se refiere a la verdad moral que es la que más nos incumbe en nuestra condición de seres humanos. De que se la posea o no, dependerán las soluciones prácticas que demos a temas fundamentales de nuestro tiempo.

A veces el silencio es contrario a la verdad. Hay circunstancias en que callar es mentir, decía don Miguel de Unamuno. Y esto es más frecuente de lo que se piensa. Lo vemos a diario respecto a instituciones privadas cuyas dirigencias callan por interés o por miedo, o aceptan hablar con la condición de que no se les identifique con nombre y apellido. Desde luego hay excepciones, dirigentes con coraje, pero lamentablemente son muy pocas. El miedo parece haberse apoderado de mucha gente y no sólo por el delito creciente sino, también, porque se teme a la reacción frente a las críticas.

Tratar el tema de la verdad no sólo es difícil por sí mismo, sino porque a uno le asaltan dudas sobre si se tiene autoridad para hacerlo. Si todos observamos nuestras vidas advertiremos falencias, imperfecciones en la manera de cumplir con el deber de decir la verdad. Estas fallas son el resultado de una equivocada, pero en algunos casos honesta, apreciación de los hechos. Esto no debe sorprender a nadie habida cuenta de que los seres humanos no somos perfectos, razón por la cual en oportunidades cometemos errores inspirados por las mejores intenciones.

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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