Los argentinos asistimos a la antesala de un cambio de paradigma en la forma de hacer política. Así como la crisis de 2001 marcó un punto de inflexión en términos de liderazgo, se espera que 2015 haga lo suyo abriendo una nueva etapa en el estilo de conducción. Néstor Kirchner encarnó en 2003 el gobierno que la media de los argentinos reclamaba. Urgidos por contrarrestar el "efecto De la Rúa" nos lanzamos a la búsqueda de una representación fuerte, personalista y de carácter.
Después del "que se vayan todos", nos seducía el discurso que proponía el combate a la especulación y la condena pública a cualquier medida que sonara a "ajuste". Pero sobre todo necesitábamos anteponer la política como herramienta de transformación. Con una diestra lectura del termómetro social y una consabida asimilación de las teorías de Ernesto Laclau, Kirchner se lanzó a la conquista popular. Se quitó el traje de referente de la vieja política para ponerse el de líder emergente. Confrontó contra todo lo que se le puso por delante. Demonizó a antecesores, desafió a organismos internacionales, condenó a genocidas y concentró, como ningún otro presidente constitucional, el poder de la "caja".
En definitiva, inauguró una nueva impronta en términos de liderazgo, cuyos rasgos más significativos tuvieron continuidad durante la conducción de su esposa. Los tiempos cambiaron y con él las demandas ciudadanas. El estilo confrontativo y crispado, que tantas satisfacciones confirió al kirchnerismo, perdió pregnancia en la Argentina de hoy. Las causas, reconocidas por una amplia mayoría -reducción del poder adquisitivo producto de la inflación, la pérdida de competitividad que ya se ha cobrado un cúmulo de suspensiones y despidos en diversas industrias, sumado a la escalada del delito fogoneado por el narcotráfico, entre otros- minaron su poder de fuego. El dato más sobresaliente indica que una porción de la población ha vuelto a resentir su credibilidad en la política como transformadora de la realidad.
La decepción no alcanza los niveles de 2001, pero es lo suficientemente significativa como para levantar una señal de alerta. Lo que viene llega inmerso en un inexorable cambio de escenario. Luego de 10 años de liderazgo omnipresente, asoman conducciones más livianas y amigables. No sólo por lo que proponen los dirigentes con chapa de presidenciables sino porque se trata de lo que la sociedad está dispuesta a avalar por estos días. Ahora bien, ¿tendrán los nuevos aires algún impacto positivo en la calidad institucional? Difícil estimarlo. No hay hasta el momento evidencias empíricas que lo acrediten.
Sólo esbozos, como los del flamante espacio UNEN con su propuesta de crear una "Conadep" para investigar la corrupción, en caso de llegar al poder. Hoy la política se mueve más bien en terreno fugaz. Los pre-candidatos están más preocupados por tener imitadores en el Gran Bailando de Tinelli o en el programa de Lanata que en la difusión de sus programas de gobierno. No está mal. El primer desafío de un político, de cara a lograr niveles aceptables de posicionamiento, es aumentar su horizonte de conocimiento. Es una tarea por demás compleja si tenemos en cuenta los recursos físicos y económicos que demanda.
Por lo tanto, la popularidad de los mencionados programas de TV representa un valioso aporte para la construcción de imagen de un candidato aunque, claro está, absolutamente insuficiente para la gestación de un verdadero líder. La dirigencia deberá sobreponerse por tanto a la cultura "selfie" si pretende articular un liderazgo edificante y de largo plazo. En tanto, la sociedad tendrá el reto de no dejarse obnubilar por conducciones efímeras, efectistas para ganar una elección pero incompetentes para regir, con verdadero talento, los destinos de nuestro país.