El 18 de noviembre de 2013 la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo cuatro cambios en su formación titular: Jorge Capitanich asumió como jefe de Gabinete; Axel Kicillof asumió como ministro de Economía; Carlos Casamiquela hizo lo propio en Agricultura, Ganadería y Pesca y Juan Carlos Fábrega llegó a la presidencia del Banco Central.
Dos cambios eran entonces vistos como tales: Capitanich, a quien se le veía gran potencial político (la jefatura de Gabinete como trampolín a una candidatura presidencial) y Fábrega, que venía a poner orden tras el desconcierto de Mercedes Marcó del Pont.
Los otros dos eran ajustes cosméticos. Kicillof asumía de forma un cargo que ya ejercía de hecho (Lorenzino, su antecesor, ni siquiera es economista) y la partida de Norberto Yauhar de Agricultura, luego de que trascendieran negocios y casos de corrupción que lo involucraban, permitía corregir la anomalía de que la Argentina tuviera al frente de la cartera agrícola-ganadera a un experto en Pesca.
Casi un año después, la conclusión es que el único cambio de peso fue el ascenso de Kicillof a ministro más poderoso del Gabinete, más que su presunto jefe, el devaluado Capitanich que, de potencial candidato presidencial, pasó a serlo a la intendencia de Resistencia. Casamiquela es, de hecho, un subordinado de... Kicillof. Y Fábrega se fue debido a sus choques con... Kicillof.
El del ministro de Economía es un caso raro: sus resultados de gestión oscilan entre malos y peores, pero su poder no cesa de expandirse. Cuando asumió, si bien la economía transitaba un primer trimestre de caída del PBI, no estaba aún en recesión. Los registros oficiales de entonces marcaban una tasa de crecimiento de más de 3% del PBI, la inflación viajaba a un ritmo anual de entre 27 y 28%; el dólar oficial costaba menos de seis pesos y el paralelo menos de diez y las reservas internacionales rozaban los 31.000 millones de dólares.
Un año después, la economía está clara y profundamente en recesión, con una caída del PBI que este año se aproximará al 3%, y abarca a todos los sectores de la economía y toda la geografía del país. Por caso, la recesión industrial acumula 16 meses, siendo ya la tercera más larga desde 1980 y, en algunos sectores (como el automotor y el frigorífico), se generalizaron las suspensiones y despidos.
La construcción y el sector inmobiliario siguen inmersos en una profunda crisis, al igual que las economías regionales. El “Indicador Sintético de Actividad de las Provincias”, que en base a siete indicadores oficiales elabora el consultor Federico Muñoz, registra caídas de actividad en 21 de 24 distritos, con casos dramáticos como los de San Juan (donde la contracción superó el 11%), La Rioja, Mendoza y Tucumán.
La única provincia que escapó claramente esa tendencia es Neuquén, gracias a la fiebre de “Vaca Muerta”, para cuya explotación el mismo gobierno que estatizó YPF en nombre de la “soberanía energética” firmó acuerdos secretos con la norteamericana Chevron y sancionó una “Ley de Hidrocarburos” a pedir de las petroleras extranjeras y para que “capitalistas amigos”, como Lázaro Báez y Cristóbal López, puedan monetizar las concesiones que el mismo gobierno les dio en años previos pese a su nula experiencia petrolera.
Aun antes de ser ministro, Kicillof fue ariete de esa movida, tanto en la estatización de YPF (cuando dijo en el Senado que, más que cobrar por la expropiación, Repsol debería resarcir a la Argentina por “pasivos ambientales”), en la creación de un Comité interministerial, que él preside, para manejar el sector energético, y en el posterior arreglo con Repsol, cuando comprometió al país en un flujo de pagos de 11.000 millones de dólares, casi todos a cuenta del próximo gobierno.
El arreglo con Repsol fue parte de un intento de acercamiento a los mercados internacionales por el que Economía pagó también dos sentencias del Ciadi (un tribunal arbitral del Banco Mundial) por 500 millones de dólares e hizo otro arreglo costosísimo con el Club de París, al que Kicillof decidió pagar casi el doble de lo que reclamaba, con tal de eludir el “monitoreo” del FMI. También a cuenta del que sigue.
El sendero de “normalización” financiera fue abruptamente interrumpido cuando la Argentina entró en default y posterior desacato en jurisdicción del juez neoyorquino Thomas Griesa, en el caso de los “fondos buitre”. Por alquimia política, la Presidenta transformó ese sonoro fracaso judicial y económico en un circunstancial salvavidas político: la vendedora consigna “Patria o buitres”.
El hurgar de los buitres en la “ruta del dinero K” y la falta de dólares, sin embargo, empujan la expectativa de un acuerdo con los carroñeros, tal vez en el primer trimestre de 2015 (como admitió el propio presidente del BCRA, Alejandro Vanoli). Mientras, Kicillof logró atenuar la escasez de verdes con un primer tramo de 800 millones de dólares de un “canje de monedas” con China, un adelanto de 1.500 millones de las cerealeras y la colocación de bonos atados al dólar, por un monto que antes de fin de año ya superará los 2.000 millones.
Así logró en los últimos días bajar la cotización del dólar blue, al tiempo que prosigue el avance gradual del “oficial”. Así, al cabo de un año las reservas menguaron en unos 5.000 millones (sin contar con que parte de las que quedan es dinero de los depositantes y otra nueva deuda con el exterior) y el “triunfo” de Kicillof es haber reducido de momento una brecha que, originalmente, era de 60, a 50%, luego de llevarla a 80 por ciento.
La escasez de dólares se agudizó con la reducción de las exportaciones y el saldo comercial. Este año, el valor exportado será cerca de 10% inferior al de 2013, y en 2015 es probable que la caída se profundice debido a la baja de los precios de los commodities agrícolas. Pero hay mucho mérito propio: el volumen (esto es, la cantidad física) de las exportaciones argentinas será este año 7% inferior al de 2007, el último año pre-CFK.
Pese a ese desempeño, Kicillof no dejó nunca de expandir su poder ni cejó en su actitud de soberbio y compadrito. Una posible explicación es que su “poder” es, en verdad, una manifestación de favor presidencial.
De ahí el título de esta nota. El pekinés, explican sitios de saber canino, “es un típico perro faldero, tanto por su tamaño como por la constante demanda de afecto a su dueño. Es muy afectuoso pero también muy dominante y celoso de su amo” a la vez que “bastante temperamental con sus congéneres”, “de moderado nivel de actividad” y “de poca paciencia con los chicos, pues no le gustan los juegos prolongados”.
Doce meses de experiencia atestiguan el parecido: un año Pekicillof.