10 de noviembre de 2012 - 22:43

El triunfo de Obama y los republicanos

En la opinión del columnista, en estas elecciones estadounidenses no ganó tanto Obama como perdió el Partido Republicano por volcarse hacia el extremismo ideológico de derechas en vez de apostar al centro. Se olvidaron, además, de la creciente multicultur

Esta fue una elección que los republicanos realmente deberían haber ganado ya que dada la débil economía, los electores estadounidenses estuvieron abiertos a despedir al presidente Barack Obama.

En Europa, en circunstancias similares, un gobierno tras otro perdieron la reelección. Además, al comienzo de este año, parecía que los republicanos también podían hacerse del control del Senado estadounidense. Sin embargo, no fue tanto que los demócratas ganaran como que los republicanos perdieron; en un nivel muy elemental, debido a la demografía. Una coalición de hombres blancos entrados en años es una receta para el fracaso en una nación que, con frecuencia cada vez mayor, parece un arcoíris.

El ‘schadenfreude’ pudiera excusar las sonrisas demócratas durante unos cuantos días, pero estas tendencias presagian un desastre potencial no solo para el Partido Republicano, sino para la salud de nuestro sistema político. Estados Unidos necesita un plausible partido opositor de centro-derecha para poner los pies de Obama al fuego, no sólo a una serie de cascarrabias del Tea Party.

Así que tanto liberales como conservadores deberían estar apoyando al Partido Republicano para que se sienta suficientemente sacudido que gire al centro. Una señal esperanzadora es que los partidos políticos suelen interesarse más en ganar que en el purismo. De aquí que el Partido Demócrata acogiera al pragmático Bill Clinton de centro-izquierda en 1992, después de tres derrotas consecutivas en elecciones presidenciales.

Eso fue doloroso para muchos liberales, quienes sintieron escalofríos cuando Clinton interrumpió la campaña en las elecciones primarias de 1992 para bruñir sus calificaciones en ley y orden mediante la supervisión de la ejecución de un asesino con retraso mental. Sin embargo, en balance, fue menos doloroso que perder de nuevo.

Se esperaría que el Partido Republicano hiciera un giro similar hacia el centro. Sin embargo, muchos líderes republicanos siguen habitando una burbuja. Fue pasmoso cómo muchos, desde Karl Rove hasta Newt Gingrich, parecían esperar una victoria de Mitt Romney. Además, algunos de los postmórtem de la derecha están sugiriendo que Romney perdió porque era demasiado liberal. lo cual constituye una definición de ilusorio.

Imaginen qué hubiera pasado si el nominado republicano hubiera sido Gingrich o Rick Santorum. Seguramente habríamos visto una abrumadora victoria de los demócratas.

Por otra parte, si los republicanos hubieran nominado a Jon Huntsman Jr., ellos podrían haber sido los que estarían celebrando justo ahora. Sin embargo, no tenía probabilidades en las primarias republicanas porque los electores de las primarias son el peor enemigo del partido.

Parte del problema, pienso, es la profusión de programas de derecha en radio y televisión. Los demócratas se quejan furiosamente de que Rush Limbaugh, Glenn Beck y Sean Hannity difaman a la izquierda, pero me pregunto si el mayor perdedor no es el mismo Partido Republicano. Esos espectáculos atizan un frenesí en su público, derribando a moderados republicanos e instigando paranoia con respecto a temas como la inmigración.

Todo este sonido y furia envuelve al Partido Republicano en un capullo ideológico y le impide llegar a centristas de estados bisagra, o siquiera entenderlos. El vórtice gira cada vez más rápidamente y corre el riesgo de convertirse en un hoyo negro ideológico.

En 2002, fue publicado un libro titulado “La mayoría demócrata en surgimiento”. En él, se argumentaba que los demócratas ganarían debido a su fuerza para expandir la demografía como en el caso de los hispanos, asiático-estadounidenses y mujeres trabajadoras. Parecía convincente hasta que los republicanos apalearon a los demócratas en las siguientes dos elecciones. Pero, quizá, ese libro estaba adelantado a su tiempo. Esta fue la primera elección en la que electores hispanos conformaron un porcentaje de dos dígitos del electorado, según encuestas de CNN -10%, el doble de 1996- y más de 7 de cada 10 hispanos apoyaron a Obama.

Eso no fue inevitable. En 2004, las encuestas sugerían que el presidente George W. Bush había recibido 44% del voto hispano. Sin embargo, los republicanos se volvieron obstruccionistas con respecto a la inmigración y después se desviaron a la demagogia ofensiva en su oposición a la nominación de Sonia Sotomayor para la Suprema Corte. El voto hispano se cayó al incrementar los números de los demócratas.

Después están las mujeres. Los paternalistas comentarios sobre una violación por parte de unos cuantos candidatos varones de los republicanos tuvieron una resonancia tan extensa debido a que reflejaron la percepción del GOP como un cónclave de hombres fuera de contacto. Como lo expresó Todd Akin, el representante de Misuri, cuando surge un candidato con opiniones ofensivas sobre la violación, “el cuerpo femenino tiene formas para tratar de cerrar todo esa cosa allá abajo”. Esto es, votan demócrata.

Estados Unidos está cambiando. Después de esta elección, 20 mujeres serán senadoras, lo cual es un récord, casi todas demócratas. La oposición al matrimonio homosexual solía ser una manera en que los republicanos pregonaban su moralidad; ahora, es visto como algo que pone de relieve su intolerancia.

Un asombroso 45% de los electores de Obama son integrantes de grupos minoritarios, según información de Nate Silver, del Times. Muchos otros son mujeres o gente joven.

Ese es el futuro de Estados Unidos, y si el Partido Republicano sigue siendo una cohorte purista formada en torno a gruñones viejos blancos, está cometiendo suicidio. Eso es malo no solo para los conservadores sino para todo nuestro país.

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