Compartir el almuerzo apenas si es histórico, excepto, quizá, cuando las dos personas comiendo son un Papa y su predecesor vivo. El sábado pasado, el papa emérito, Benedicto XVI -quien rompió la tradición eclesiástica al renunciar al cargo en lugar de morir en él- comió con el Papa Francisco en Castel Gandolfo, la villa en la cima de una colina donde está viviendo, mientras una aglomeración alborotada de reporteros esperaba afuera, buscando fragmentos de noticias sobre cómo se desarrollaba la reunión.
No se supo ni una palabra sobre de qué hablaron los dirigentes pasado y presente de la Iglesia Católica Romana; hasta lo que comieron estuvo envuelto en el secreto. No obstante, lo poco que se reveló ayudó a armar una imagen de una transición sin problemas: cuando Benedicto le ofreció a su sucesor el “lugar de honor” durante las oraciones que compartieron, Francisco objetó y sugirió que se arrodillaran lado a lado, como “hermanos”. Su primer abrazo, según un portavoz del Vaticano, fue “maravilloso”.
Sin embargo, es probable que la realidad de un Papa y un papa emérito sea más complicada, un hecho reiterado hace poco con la publicación de fotos al estilo paparazzi de Benedicto, de 85 años, vestido todo de blanco, paseando con su secretario privado por los jardines privados de su hogar temporal en Castel Gandolfo, publicadas en la revista de chismes más atrevida de Italia.
La ocasión anterior en la que dos papas tuvieron la oportunidad de conocerse fue en 1294, cuando Bonifacio VIII sucedió a Celestino V, quien renunció después de cinco meses de un papado desastroso, que cimentó el Gran Cisma. Y esa relación fue muchísimo más lisa: al final, Bonifacio metió a Celestino en la cárcel.
Durante esta transición, el nuevo Papa, los cardenales y el Vaticano se han esforzado por expresar afecto y gratitud al papa emérito. Sin embargo, cada vez que lo hacen, profundizan aún más la complejidad de la relación de lo que la aclara.
Francisco telefoneó de inmediato a Benedicto después de su elección el 13 de marzo, antes de salir al balcón que da a la Plaza de San Pedro, donde el nuevo Papa pidió públicamente a la multitud que se le uniera en una oración por “nuestro obispo emérito”. El martes, después de la ceremonia de investidura en la festividad religiosa a San José, Francisco llamó a Benedicto, el ex cardenal Joseph Ratzinger, para desearle un feliz santo.
Ha sido una cantidad inesperada de atención prodigada a un hombre que había prometido vivir hasta sus últimos días “oculto del mundo”. A medida que transcurre el papado de Francisco, se aclaran más las razones de la eventual reclusión de Benedicto dentro del Vaticano.
Es, dijeron expertos en el Vaticano, una solución que no sólo brinda un entorno seguro a Benedicto, sino que también evita en forma efectiva el establecimiento de un centro de poder que rivalice con el Vaticano. Y desalienta a cualesquiera feligreses que pudieran unirse en torno al papa emérito, en una Iglesia consciente de los cismas dolorosos que la han sacudido en momentos importantes de su historia.
Ahora que se resucitó la renuncia al papado como una opción después de 600 años, no hay duda de que al Vaticano le inquieta establecer precedentes, dijo Alberto Melloni, el director de la Fundación Juan XXIII para Estudios Religiosos en Bolonia: “No podías tener al papa en un convento alemán, donde pudiera convertirse en polo de atracción de esos fieles renuentes a aceptar su renuncia”, notó Melloni. En unas cuantas semanas, Benedicto se mudará a un convento corriente, no lejos del suntuoso palacio apostólico donde vivió como el líder de la Iglesia.
Expertos canónigos ya plantearon preguntas sobre la corrección de que Benedicto adopte el título de “papa emérito”. Al escribir en la revista jesuita La Civiltá Cattolica, el reverendo Gianfranco Ghirlanda, un ex rector de la Universidad Pontificia Gregoriana, argumenta que un título más correcto habría sido “obispo emérito de Roma, como cualquier otro obispo diocesano que renuncia”.
El Vaticano ha minimizado el novedoso acomodo. Tener al papa emérito “presente, cerca, discreto” proporcionará un “gran enriquecimiento” al nuevo Papa, dijo el portavoz del Vaticano, el reverendo Federico Lombardi, a los reporteros hace poco.
Sin embargo, tener al ex papa rondando en el trasfondo ha resultado desconcertante para algunos, no menos para el personal pontificio. El potencial de lealtades divididas ya les dio leña a los medios informativos italianos.
El primer secretario personal de Benedicto, el arzobispo Georg Ganswein, ha estado viviendo en Castel Gandolfo con su antiguo jefe. Sin embargo, también es prefecto del hogar pontificio, y ha sido una presencia constante y discreta en las primeras salidas públicas de Francisco, incluido el almuerzo del sábado. Los medios informativos italianos lo describen ahora como el “barquero” entre ambos pontífices.
Cuando escribió en La Stampa, el corresponsal vaticano Giacomo Galeazzi describió a un Ganswein al borde de las lágrimas y desconsolado cuando quitaron los sellos de clausura del departamento pontificio colocados en la puerta cuando renunció Benedicto para abrirlas a su sucesor. “Una vez adentro, los recuerdos debieron haberlo abrumado”, escribió Galeazzi.
El perfil de Benedicto, más elevado de lo esperado, ha sorprendido a algunos. “Es desconcertante que el papa aparezca en público como lo hacía antes; es incomprensible”, comentó Massimo Franco, un comentarista del periódico Corriere della Sera, después de la publicación de las fotografías en la revista Chi.
“Entiendo que será difícil regularlo, pero el Vaticano tendrá que establecer algunas reglas”, dijo Franco. El Vaticano rechazó cualquier posibilidad de alguna intromisión por parte de Benedicto. Sin embargo, persiste la inquietud entre algunos cardenales, funcionarios vaticanos y expertos en la Iglesia.
“Existe una dualidad, y aun si el antiguo papa dice que se retirará del mundo, será una presencia incómoda”, señaló Roberto Rusconi, un historiador de la Iglesia en la Tercera Universidad de Roma.
Sin embargo, desestimó la posibilidad de un nuevo cisma como el que ocurrió con la muerte del papa Gregorio XI en 1378. Después, un papa vivió en Aviñón, Francia, y otro en Roma. Gobernantes seculares fomentaban tales divisiones, contó, y cada uno de los papas en conflicto reclamaba ser el legítimo.
Aun así, notó, es mejor mantener al papa dentro del Vaticano –en su propio estilo, una especie de prisión, como cualquier monasterio de clausura–, porque “no todos podrían resistirse a pedirle su opinión al antiguo papa”. Rusconi agregó: “Eso, simplemente, no puede suceder”.
La decisión de Benedicto de permanecer recluido en el Vaticano también la dictó un deseo de preservar su privacidad en esta época de los modernos medios con un apetito insaciable, dijo. “Sólo piense por lo que pasa Kate Middleton cada día”, dijo Rusconi sobre la esposa del príncipe William, quien está embarazada. “A donde fuera el papa, lo asediarían los periodistas; no tendría ninguna defensa”, como mostraron las fotografías del papa emérito en Castel Gandolfo, señaló.
El sábado, pareció que el recuento que hizo Lombardi de la reunión de los papas trataba de resolver inquietudes persistentes. Aunque Lombardi dijo que no podía revelar demasiada información sobre lo que llamó “un encuentro privado”, sí hizo una suposición de lo que habría ocurrido. Es probable que Francisco, dijo, haya agradecido al anterior papa por su pontificado y Benedicto habría renovado su obediencia incondicional al nuevo Papa.