25 de noviembre de 2014 - 00:00

Todos queremos elegir, decidir… ¿y ponernos de acuerdo?

Laura, maestra de 4to grado, escucha las quejas de una madre. “Me parece que no hiciste bien explicitando las notas en voz alta, es duro para los que no les fue bien”.

Antes, otra mamá le había dicho que le parecía muy bien lo que había hecho porque les daba como información para ayudarse, pero un papá opinaba que había estado bien, aunque tendría que haber dedicado más tiempo para explicar el criterio de las notas y cómo trabajar para mejorarlas.

A Laura le cuesta soportar estas situaciones en las que cada uno da su posición: algunos la apoyan, otros la cuestionan, otros toman posiciones intermedias. Piensa en sus épocas de alumna: ¿Alguna vez escuchó a su mamá discutir lo que había hecho la maestra? ¿Por qué se volvió tan habitual?

A veces, su maestra tomaba medidas duras, polémicas, pero nadie iba a plantearle el tema. Estaban a favor o en contra de lo resuelto en la escuela, pero la idea era que los padres apoyaban a la maestra, le transmitían un mensaje de confianza: “Si lo hiciste, tendrás tus razones”.

Las normas y decisiones aplicadas en la escuela quedaban a salvo, más allá de críticas o quejas, todos estaban de acuerdo en creer que la buena marcha de la educación requería que la institución escolar fuera incuestionable.

Pero hoy todo esto es un recuerdo y el problema es que muchas veces Laura no se anima a tomar decisiones, y eso perjudica a los chicos. Se siente impotente ante tantos debates, planteos y discusiones; en muchos casos ni siquiera puede explicar sus acciones, algunas son cosas que simplemente le surgieron, son tantas. Y cuando no decide siente que los perjudica.

Pero a ella también le pasa que muchas veces critica las decisiones de los papás, opina, plantea, como si se tratara de sus hijos. Un día caluroso cuestiona, al pasar, el criterio de una mamá que le puso un pulóver a su hija. Y comenta con otras maestras que esa niña está triste porque sus padres están tan ocupados que no demuestran afecto hacia ella.

Lo que parece haberse diluido es el grupo de padres o el de maestros, entre otros. Cada padre o cada madre siguen un camino original, tiene su propia opinión, son una individualidad. No repara en que debía opinar “como madre”, es ella. ¿Es bueno eso? ¿Cómo organizar una escuela sobre esa base?

Cuando los padres actuaban en grupo, los mandatos hacían que jugaran ese rol, incluso contrariando, en muchos casos, sus opiniones personales. Y aceptaban esas situaciones porque entendían que la maestra lo requería, porque creían que era bueno para sus hijos que ellos actuaran así. Y al asumir esta postura, constituían uno de los pilares de la organización escolar.

Sin duda, nos enriquecemos con las opiniones individuales, esa libertad que nos permite elegir y opinar individualmente, sin pedir permiso a nadie. Pero esta misma ampliación del margen de libertad debilita la cohesión de los grupos, cada uno se siente una totalidad de sentido, el “yo” es mucho más que el “nosotros”.

Y convivir con un amplio “muestrario” de individualidades genera mayor incertidumbre. La convivencia a partir de grupos hace más previsible la vida social.

El desafío, entonces, es generar confianza, en una época en la que padres y maestros quieren elegir y decidir, cada uno a su modo. Y ya no es suficiente “llevar los chicos a la escuela” o “ir a dar clase”; previamente, tenemos que “hacer” esa escuela.

Y aun sin lograr la unanimidad en el grupo de los padres o el de los maestros, podremos actuar y relacionarnos si confiamos, si apostamos al otro, a que hace las cosas con buena fe.

La escuela necesita nuevos acuerdos, esos pactos requieren que regulemos las individualidades, que podamos construir grupos, distintos a los de antes, pero con rasgos comunes.

Para educar tenemos que ver positivamente a aquellos con los que nos relacionamos, recuperar la confianza en los otros, aprender a creer en lo que hacen, en lo que pueden. Ese reconocimiento permite estar más juntos, nos va a ayudar y, fundamentalmente, va a ayudar a los chicos.

Por Gustavo F. Iaies - Educador. Fundación CEPP. - Especial para Los Andes

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