5 de enero de 2019 - 00:00

Tiempos de cambio - Por Luciana Sabina

San Martín, como gobernador de Cuyo, buscó inculcar hábitos sanos en la población, estableciendo normas contra la vagancia y el delito.

Al tomar las riendas de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia (1780-1845) estableció ciertas reformas que cambiaron por completo la capital, encaminándola hacia el orden.

Un inglés residente en la zona, George Love, señaló al respecto: "El excelente gobierno de (Martín) Rodríguez se debió mucho a la hábil administración de Rivadavia (…) el mejor elogio que pueda hacerse del gobierno de Rivadavia es comparar al Buenos Aires de 1821 con el de 1824, años que abarcan su acción política. Su administración marca una época en los anales políticos del Estado, Rivadavia será considerado como un hábil -más aún, como un excelente ministro". Esto no sucedió, pero las mejoras fueron reales y contundentes.

Se prohibieron -por ejemplo- las corridas de toros, el pato y el carnaval. Esto último levantó tormentas de furia en la población. A los pocos días, toda la ciudad se encontró empapelada con caricaturas ridiculizando a Bernardino, acompañadas de palabras irreverentes y de mal gusto. El político no hizo más que mirarlas con cierta soberbia y decir "Son niños grandes. Lloran porque les lavo la cara". ¿Lo serían?

Durante las últimas jornadas, en Mendoza, hemos atravesado por un ambiente análogo.

El cambio establecido en el transporte público -y consecuentemente en la vida de muchas personas- generó una ola de resistencia, incluso antes de ser implementado.

Aunque el Gobierno busca solucionar la situación, aceptando que la implementación pudo ser mejor y prometiendo rever algunos recorridos, la voluntad previa fue un tanto arrogante. Mientras tanto, la oposición fogonea -rozando el patetismo- para sacar su efímera tajada del caos.

Lejos en cuanto a tiempo, pero no en espacio nos encontramos con las reformas que San Martín llevó a cabo en nuestra provincia. Como gobernador de Cuyo, llevaba a cabo tareas administrativas y además preparaba a sus hombres para el combate.

El Libertador era un hombre bastante reservado que se dirigía a todos en un lenguaje sencillo, de tono andaluz.

Al mando de las tres provincias buscó inculcar hábitos sanos en la población estableciendo normas contra la vagancia, el delito y el juego. Así, el peón no podía estar en las pulperías durante los días de semana y a las 22 todas debían cerrar sus puertas.

Incorporó alcaldes de barrio -llamados decuriones- para mantener el orden. La zona sufría una fuerte crisis económica, al igual que el resto del país. Para mejorar la situación logró que el gobierno de Buenos Aires suprimiera los impuestos a la exportación de productos cuyanos. Pero al mismo tiempo aumentó la recaudación fiscal en todo Cuyo e impuso contribuciones voluntarias así como forzosas a la población. Curiosamente permitió que las mismas se pagaran en cuotas. Para engrosar las arcas estatales y en consecuencia lo destinado al Cruce,   secuestró bienes de los prófugos y confiscó herencias españolas sin sucesión, llegó a apoderarse de los diezmos eclesiásticos.

Claro que todo este esfuerzo y sacrificio no se impuso al pueblo solamente. En carta a Tomás Guido, Don José, cuenta que hizo reducir a la mitad los sueldos estatales, comenzando por el propio. Sería burdo y demagógico pedir a los políticos actuales que a la hora de generar cambios, dejen de lado sus comodidades y hagan uso de los nuevos sistemas que imponen. Pero las consultas al ciudadano deben realizarse antes de efectuar cambios y no después, porque la democracia no existe solo cada dos años a fines de octubre.

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