19 de abril de 2026 - 00:10

El regreso del componedor

A Juan Carlos Jaliff se le atribuye su carácter de componedor, su absoluta lealtad y organicidad. Es un hombre de partido, a la vieja usanza, en la que saltimbanquis, arribistas y traidores casi no tenían cabida.

Dicen que no estaba retirado, “sólo en reposo”, responden cuando se pregunta sobre Juan Carlos Jaliff, el veterano dirigente radical de 75 años, ex legislador, ex ministro de Gobierno y vicegobernador de Julio Cobos, recientemente designado nuevo subsecretario de Justicia.

Lo cierto es que la figura del experimentado abogado palmirense, apasionado lector y fanático de Boca Juniors apareció como una sorpresiva jugada capaz de distender la renuncia más que conflictiva de Marcelo D’Agostino, denunciado por violencia de género por una ex pareja, en una situación que más allá de las circunstancias personales, involucra serio riesgo político para Alfredo Cornejo.

D’Agostino ha sido un hombre de extrema confianza para el gobernador y uno de sus principales operadores en el ámbito judicial, así como en la gestión de leyes que desde 2015 hasta acá han tenido que ver desde la reforma profunda de los códigos Procesal Penal, Procesal Laboral y también las mejoras en el Procesal Civil y de Familia, así como del de Faltas y Contravenciones en pos de la narrativa del “orden” y la eficiencia.

Como se aprecia, la salida de D’Agostino es una baja sensible por su rol en las transformaciones estructurales de las que Cornejo se ufana cada vez que puede. Y que, para mayor complejidad política, la denuncia habla de “tráfico de influencias” en la Justicia y coincidió en la misma semana en la que el presidente de la Suprema Corte, Dalmiro Garay embistió -en la apertura del año judicial- contra los críticos capaces de cuestionar la independencia del poder que comanda de los designios de la política. Entre ellos, también los medios y los periodistas.

A veces, las coincidencias desafortunadas se transforman en la evidencia de una forzada predicción.

Política en acción

Consciente del complejo escenario, Cornejo no dudó en aceptar la renuncia del funcionario señalado, pero también promover inmediatamente el regreso a los primeros planos de Jaliff, no sólo por su amplio conocimiento de los vericuetos legales, sino por el necesario manejo “quirúrgico” en la relación con el Poder Judicial y la Legislatura donde era -hasta hace unos días- una especie de supra asesor y hombre de consulta permanente para oficialistas y opositores.

Cualquier controversia, duda de interpretación o redacción en leyes y proyectos pasaba por revisión de Jaliff, quien recientemente -incluso- había dado públicamente su parecer sobre la polémica vinculada a la Autonomía Municipal que enfrenta al Gobierno con los hermanos Félix de San Rafael.

Es por ello que el gobernador no sólo necesitaba dar un golpe de efecto sino también introducir una figura con el necesario perfil, la suficiente espalda y la imprescindible muñeca política para sortear el momento y encauzar lo que pareció descarrilarse con la polémica propiciada por Garay (de la que tuvo que salir a dar explicaciones) y la aparición de una denuncia del tenor de la de D’Agostino que es en principio (o directamente) el fin de cualquier funcionario público.

En sus primeras intervenciones periodísticas luego de conocerse su designación, Jaliff configuró su agenda, que -como publicó Los Andes- está centrada en “el diálogo institucional y la articulación con los principales actores del sistema judicial”, en lo que muchos advirtieron una velada crítica de lo que su antecesor no privilegiaba. O en todo caso, descuidaba en pos de su alineamiento directo con el gobernador.

Ello no implica que el nuevo subsecretario eluda los objetivos políticos, pues si otro mérito más se le atribuye a Jaliff es su carácter de componedor, su absoluta lealtad y organicidad. Es un hombre de partido, a la vieja usanza, en la que saltimbanquis, arribistas y traidores casi no tenían cabida. O al menos, era imposible que trazaran una trayectoria significativa en la política.

Una señal

Puesto inmediatamente en funciones, y en lo que debía ser su primer encuentro oficial con la Corte, la designación pareció haber surtido efecto en términos concretos al conocerse -en simultáneo- que después de más de un año (noviembre de 2024), el Consejo de la Magistratura, organismo encargado de la selección de jueces y fiscales (del que participaba D’Agostino junto a abogados, jueces y legisladores) logró los necesarios acuerdos para superar la acefalía que sobrellevaba tras el vencimiento del mandato de la jueza Teresa Day.

Una parálisis que algunos achacan no sólo a las desavenencias internas, sino también a cierta extendida resistencia de algunos de sus miembros a ceder a los deseos de la Casa de Gobierno.

De hecho, el nuevo titular es el supremo -de origen peronista- Julio Gómez (aunque con respaldo tanto de la mayoría de origen radical -Garay, Day y Norma Llaster- como de Omar Palermo; pero con la oposición de José Valerio -quien directamente denuncia “interferencias” del Gobierno- y la abstención de Mario Adaro), en lo que se interpretó como una señal de restablecimiento de un vínculo entre la Justicia y el poder político que venía dando suficientes señales de cortocircuito y que Jaliff busca reencauzar.

Con la “transparencia” y la mayor o menor “discrecionalidad” en debate sobre el proceso de elección de los aspirantes a magistrados, al menos normalizada con la elección de Gómez, se interpretó como un cambio de época del que por acción u omisión Jaliff se vio beneficiado.

Mantener la calma

En las usinas del cornejismo circula una máxima futbolera que aplicada a la política se le atribuye a la importancia y el respeto que el gobernador tiene para con su nuevo funcionario. Que, en los momentos más adversos del partido, no vale desesperarse: sí mantener la calma y pasarle la pelota a Jaliff: jugador imprescindible, un viejo guerrero en pausa que vuelve a escena en una hora crítica.

* El autor es periodista y profesor universitario.

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