Al hablar de trabajo, y como resabios de viejos esquemas mentales, algunos aún tienen en mente -como en las últimas décadas- los escritorios, puestos físicos de trabajo, marcadores de horarios, uniformes. La revolución de la inteligencia artificial está generando hoy más impacto que lo que fueron las tres revoluciones industriales previas: del vapor, de la electricidad y de las TICs. Si le sumamos el aumento de la esperanza de vida y el cambio climático se configura un nuevo mapa laboral. Y frente a ello: ¿qué respuestas tiene la Universidad?
El mundo laboral de hoy está inserto en otras dinámicas: comunicaciones fluidas, procesos acelerados por inteligencia artificial y nuevas tecnologías, movilidad física y trabajo en formatos remotos y por objetivos, cambios en los esquemas organizacionales laborales, todo en aras de la satisfacción de nuevas demandas de bienes y servicios en sus más amplios aspectos.
Esto es todo un desafío. Y para nosotros, educadores y gestores universitarios, es el mapa tras el cual debemos guiarnos si no queremos perdernos en los caminos sin rumbo de los tiempos, arrastrando con nosotros a las nuevas generaciones a una formación inservible.
Las nuevas mentalidades buscan flexibilidad horaria, desafíos personales, aventuras que les permitan logros para un desarrollo personal mucho más pleno que la jubilación a plazo fijo y la imposición del tiempo cronológico bajo relojes marcadores, y, de insistir en una universidad bajo formatos obsoletos, estaremos estafando el futuro.
Hoy ya se habla de la “economía GIG”, término que proviene del mundo de la música, y que, en ese campo, como si fuera un “concierto”, denota la idea de una “presentación puntual”. Describe, como lo hace notar Verónica Dobronich (“No quieren empleo. Quieren libertad -aunque incomode-") que hoy empieza a existir una tendencia entre los jóvenes a la no aceptación de la idea de un empleo fijo y continuo, sino más bien una modalidad basada en tareas puntuales, proyectos o encargos específicos.
Dice Dobronich “...En este esquema las personas no trabajan exclusivamente para una sola organización o único empleador, sino que ofrecen sus servicios a distintos clientes en diferentes momentos. Pueden ser freelancers, consultores, profesionales independientes o incluso quienes generan ingresos a través de plataformas digitales. La lógica cambia: ya no hay una relación de dependencia clásica, sino acuerdos flexibles donde se cobra por tarea, proyecto o tiempo trabajado”.
Sin embargo esa libertad tiene su costo, y -como bien advierte Dobronich-, en esta opción “GIG” puede haber una mayor incertidumbre, ingresos variables y hasta menor protección social; imponiendo una responsabilidad individual mucho mayor sobre la propia carrera. “Ya no hay estructuras que contengan, hay que construirlas”. “Es un verdadero cambio de paradigma: el trabajo deja de ser un lugar donde se pertenece, para convertirse en algo que se construye de manera dinámica, personal y, muchas veces, hasta inestable”.
¿Está preparada para ello la Universidad?
La Ley de Educación Superior (LES, 24521) impone claros preceptos que informan procesos educativos que no podemos dejar de lado. En dicho sentido, su Art. 4° menciona la necesidad de propender a una diversificación de los estudios superiores, de grado como de posgrado, que estén a la saga de las demandas ciudadanas, productivas y culturales del entorno social, lo cual implica una educación que forme en competencias adecuadas, y no se convierta en un discurso de contenidos meramente ficcionales.
Por otra parte, en consonancia con ello, el mismo precepto al fijar como pautas insalvables la equitativa distribución del conocimiento y la igualdad de oportunidades, importa para la universidad tener presente esta movilidad en nuevas formas de trabajo y dinámica del entorno luego del egreso, si no se quiere, erróneamente, dar por resultado un egresado obsoleto, y expulsado de las expectativas de empresas, particulares, y proyectos de vida del propio educando.
En simultáneo, las universidades nos enfrentamos también hoy al desafío de la obsolescencia del conocimiento. Hoy los contenidos aprendidos podrían volverse obsoletos en poco más de 5 años lo cual nos obliga a reforzar la generación de competencias y habilidades frente al simple contenido. Además, nos exige redefinir nuestro rol docente, pasando en muchos casos de conferencistas a mentores. Y fundamentalmente, nos obliga a pensar en una universidad que forme durante toda la vida, con cursos cortos, aplicados, híbridos e internacionales.
En las actuales circunstancias y con estos nuevos paradigmas, será esta combinación de mejor formación de grado y formación para toda la vida que la universidad podrá contribuir con mejores profesionales y mejores ciudadanos, más preparados para la vida laboral en el formato que cada persona desee y desarrolle.
Honremos ese “in spiritus remigio vita”, que, en el preclaro espíritu clásico, es hoy el presente.
* Esta nota ha sido escrita por el abogado Ismael Farrando en co-autoría con la doctora en economía y política agraria, Jimena Estrella.