7 de febrero de 2013 - 00:59

El termómetro en la heladera

Cuando comenzaron las negociaciones paritarias, el gobierno ofreció lo que se denominó un 20/20. Esto significaba que el gobierno ofrecía subir el mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias (que grava los salarios de los trabajadores) a cambio de que estos no pidieran más del 20% de aumento en las paritarias.

Pero los sindicalistas, hasta los más cercanos al gobierno, tienen mucha experiencia. Saben que el 20/20 sólo compensaba, en parte, lo del impuesto a las Ganancias, pero no recomponía los efectos de la inflación, que el año pasado estuvo cerca del 25% y que se proyectaba un poco más alta para este año.

Con estos argumentos, dijeron al gobierno que lo del mínimo no imponible era muy poco.

El Gobierno, que no admite la inflación, pero que la usa como medio de financiamiento, en una suerte de asociación ilícita en perjuicio de todo el país, lanzó un acuerdo con los supermercados para mantener los precios congelados a los valores del 1 de febrero por el lapso de 60 días. Suponen que convencerán a los sindicalistas de que están usando métodos idóneos para frenar las subas de precios.

Este acuerdo se negoció durante enero, mes en el que los precios tuvieron una suba muy importante.

Dadas las experiencias de los acuerdos oligopólicos que Guillermo Moreno plasmó antes con los supermercadistas, es dable suponer que esto no los agarró desprevenidos, ni a ellos ni a sus principales proveedores, por lo cual deben tener ya un colchón de seguridad que les permite transitar los dos meses sin problemas, sin oferta, sin competencia.

Dado que el lapso es corto y las previsiones tomadas, no es muy probable que se produzcan desabastecimientos ni conflictos de precios, salvo en productos afectados por otras regulaciones y que suelen registrar faltantes cuando las regulaciones se exceden, como ocurre con harina, azúcar o aceite. Pero si se entusiasman y quieren seguir con congelamientos, fracasarán. La misma Presidenta reconoció que los acuerdos de precio no servían.

Pero el Gobierno sigue sin tomar medidas concretas para bajar la inflación. Los precios son sólo la manifestación del proceso y los índices son el termómetro. El Gobierno quiere volver a meter el termómetro en la heladera para que mida menos, con lo cual no se soluciona la infección que aqueja al paciente.

Si a una caldera le echamos cada vez más combustible y para que no eche humo le tapamos la salida, lo más probable es que la caldera explote en algún momento. Éste es el riesgo de las acciones que encara el gobierno sin solucionar el problema principal.

El problema es que lo que antes era una virtud, rápidamente se transformó en un vicio que ha mutado para volverse un enemigo.

La recaudación impositiva de enero creció en forma interanual menos que la inflación, con lo cual cualquier indicador de crecimiento que nos quieran mostrar será mentiroso.

La mentira tiene patas cortas y las malas compañías no son recomendables. Asociarse con la inflación es la peor estrategia para un gobierno que quiere ser popular y con inclusión social. La inflación es demoledora con los pobres y los asalariados. Probablemente no se dieron cuenta, pero la brújula se les rompió.

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