19 de diciembre de 2018 - 00:00

Tenemos una forma muy antigua de gobernar - Por Eduardo Duhalde

El 2019 está a la vuelta de la esquina y con su llegada, la Argentina volverá a transitar un año de elecciones presidenciales. Pero parece que la dirigencia política no entiende que aún faltan varios meses para eso y se ubicó nuevamente alejada del país real.

Mientras a la gente por estos días lo único que le importa es si llega a fin de mes, o qué podrá poner sobre la mesas para las Fiestas Navideñas o si la inseguridad no le jugará una mala pasada, los políticos, con una voracidad que va in crescendo, ya han comenzado a instalar en los medios un clima electoral.

Frente a esta realidad los argentinos sienten que se están enfrentando  a una reiterada frustración.  Es que la inflación no cede, la pérdida de empleos no se detiene, la pobreza crece, el nivel de endeudamiento ya es más que preocupante. Y todo esto lo está padeciendo tanto la familia trabajadora, la que puede todavía llevar un salario a la casa, y más aún aquellos que engrosan a los millones de pobres y desocupados.

Lo más lamentable de todo esto, es que hace pocos días el país cumplió 35 años de democracia ininterrumpida y a diferencia de lo que todos hubiéramos querido, salvo uno pocos momento de bonanza, siempre nos la pasamos saltando de crisis en crisis. Por eso es fácil escuchar tanto en la calle con la gente de a pie como en los medios de comunicación: "esta película ya la vimos"

Cuando en 2010 un conjunto de importantísimas Fundaciones pudimos concretar el "Encuentro Nacional de Políticas Públicas: Diálogos Democráticos para el Desarrollo Sostenible", dije en una breve intervención: "La Argentina no puede estar fundándose nuevamente cada cuatro años, como ha ocurrido en el siglo pasado. Todos los gobiernos democráticos tienen cosas positivas, regulares y negativas en su quehacer. Lo que corresponde es continuar las cosas buenas de todos los gobiernos".  Pese a estos dichos, ese necesario y profundo cambio de mentalidad aún no ha llegado y sin él sólo nos restará esperar que, tarde o temprano, esa temible realidad que nos tocó vivir en el 2001 nos estalle nuevamente entre las manos.

De esta manera pasan los días, los meses y los años y continúa siendo agobiante la mirada negativa que mantienen los pueblos respecto a los políticos y a la política. A pesar de todo eso, y casi de manera indiferente, la dirigencia continúa moviéndose con las referencias de una metodología para hacer política muy arcaica, sin tomar plena conciencia que fueron largamente superadas por las décadas.

¿Saben una cosa?, entre todos los puntos negativos que mantiene este modo de interpretar la política está el de preservar vigente ese anquilosado paradigma que los hacía y los hace pensar que un líder ocasional o un partido podrán gobernar por si solos y desarrollar exitosamente un programa de gobierno.

Durante la crisis que vivió la Argentina en el 2001, yo no quería asumir, no quería saber nada. Pero el 31 de diciembre estaba en mi casa preparando la mesa para despedir el año y me llama el doctor Alfonsín y me dice: "Duhalde, va a ser responsable de una matanza en la Argentina. Piénselo, tómese una hora pero esto no aguanta más porque se está incendiando el país".  A la hora me vuelve a llamar y en ese momento le exigí como condición algo que para mí no era negociable: "No asumo hasta tener tres ministros suyos, porque esto es un cogobierno". A las 10.30 de la noche me llama y me da los nombres de dos ministros, para ocupar las carteras de Defensa y de Justicia. Y así de esa manera es que al otro día a las 10 de la mañana juré como presidente de la Nación.

Reitero, los argentinos necesitamos de manera urgente un cambio de paradigma. No se puede gobernar desde uno o dos partidos. Es una cosa muy vieja.  La gobernanza moderna es 10 por ciento de pasado, 40 por ciento de presente y 50 por ciento de futuro. Por favor, nunca más el que gana gobierna y el que pierde acompaña; de ahora en adelante se deberá decir que el que gana gobierna y el que pierde también.

LAS MAS LEIDAS