El fin de semana pasado, la Iglesia Católica celebró en Roma una doble canonización -dos papas, dos santos, dos mil autobuses llenos de peregrinos- que sirve de punto culminante del primer año del papa Francisco en el cargo y de ilustración de sus planes para la Iglesia.
Los dos papas son Juan XXIII y Juan Pablo II, respectivamente el pontífice que convocó al segundo Concilio Vaticano y el que le puso sello a su interpretación. En los lugares comunes de los conocedores de la Iglesia Católica, parcialmente acertados, ellos son el liberalizador y el conservador, el icono de los progresistas y el héroe de la derecha católica.
Y al canonizarlos al mismo tiempo, Francisco ofrece un simbolismo deliberado, expresando, no por primera vez, el deseo de impulsar a la izquierda y a la derecha de la Iglesia Católica hacia una especie de síntesis y de llevar al catolicismo más allá de su guerra civil posconciliar.
Por lo pronto, ese impulso ha tenido un éxito notable. En una medida que parecía prácticamente imposible antes de su elevación al trono de San Pedro, Francisco ha alterado la imagen de la Iglesia entre sus miembros más desapegados (así como en la prensa secular) sin hacer ninguno de los cambios doctrinales que los conservadores piensan que la Iglesia, por definición, no puede hacer.
La causa de los posibles problemas yace en un lugar en el que podría decirse que Francisco ha sido muy eficaz: la distinción que ha hecho entre lo doctrinal y lo pastoral, entre cómo expone la Iglesia sus reglas morales y cómo se acerca a los hombres que tratan de vivir conforme a ellas.
Esta distinción, que siempre ha sido parte de la experiencia viva del catolicismo, ha permitido al Papa ingeniárselas para salir bien librado de ámbitos espinosos como la homosexualidad y el divorcio, y llegarles a aquellas personas cuya situación vital las hace sentirse distanciadas de su fe.
Empero, ha surgido un caso más específico: supuestamente hubo una llamada telefónica, de la que se dio cuenta de manera confusa la semana pasada, entre el Papa y una mujer argentina que quería permiso para comulgar pese a estar casada con un hombre divorciado. La Iglesia Católica considera que esta situación es adulterio, a menos que se anulara debidamente el primer matrimonio.
Según el marido, que habló de la llamada en Facebook, el papa Francisco le dio permiso a su mujer de comulgar. Según el Vaticano, lo que dijo el papa Francisco es que eso es un asunto que solo concierne a esa mujer. Esas conversaciones, aseguró un vocero del Vaticano, “de ninguna manera forman parte de las actividades públicas del Papa” y “no deben inferirse de ellas consecuencias relacionadas con las enseñanzas de la Iglesia”.
Aunque esta formulación técnicamente sea correcta, es también un poco absurda. Incluso en sus conversaciones “privadas”, el Papa sigue siendo el papa y este pontífice en particular no es nada ingenuo respecto de los medios y la naturaleza humana.
Sea cual fuere lo que haya dicho realmente, parece muy improbable que no le hubiera pasado por la cabeza a Francisco la idea de que una llamada pastoral en un tema tan delicado iba a llamar la atención de los medios.
Y cualesquiera que hayan sido sus intenciones, la llamada telefónica y su cobertura señalan dos peligros evidentes para un papado que se basa tan marcadamente en la distinción entre lo doctrinal y lo pastoral, entre la enseñanza oficial y sus aplicaciones.
Uno es el que podríamos llamar el escenario soviético, en el que la doctrina católica no se altera oficialmente, pero crece la impresión de que ni el Papa cree en esas cosas y que cuando los jerarcas de la Iglesia afirman una posición controvertida, simplemente están recitando las nociones ideológicas -como los apparatchiks de la era de Brezhnev- y no enseñando una fe realmente viva.
El otro es el escenario de las expectativas frustradas, en el que la idea de que se va a cambiar una doctrina de la Iglesia Católica genera un desapego generalizado cuando no se cambia. Esto sucedió con los anticonceptivos en los años sesenta y fácilmente podría ocurrir con el divorcio y el segundo matrimonio con Francisco.
De hecho, podría ocurrir aun si hubiera cambios en algunas reglas de la Iglesia. Por ejemplo, el Vaticano podría facilitar el procedimiento para anular el matrimonio de tal modo que, dependiendo de las circunstancias, se abordara la situación de esa mujer argentina. Pero si la prensa esperara una reforma radical, podría considerar que ese cambio fue un parto de los montes.
También hay un tercer escenario peligroso, aunque mis suposiciones sobre la naturaleza de la Iglesia Católica me hacen descartarlo. Francisco de hecho podría estar considerando un cambio importante en el segundo matrimonio y la comunión, en el que se dispensaría de la necesidad de la anulación del primero y, quizá, se impusiera una penitencia temporal.
Ese cambio no solo provocaría el refunfuñar de los conservadores sino que podría causar un auténtico cisma. La Iglesia tiene célebres mártires de la indisolubilidad del matrimonio y la doctrina sobre el divorcio y el adulterio está basada no solo en la tradición y la ley natural, sino en las palabras explícitas de Jesús de Nazaret.
Esto significa que darles la comunión a personas que la Iglesia considera que viven en una relación adúltera permanente no parecería solo un modesto desarrollo de la doctrina. Parecería un cambio radical, una contradicción doctrinal.
Y es por eso que el papa Francisco probablemente no lo está considerando.
Pero a veces surgen grandes crisis teológicas a partir de pequeñas llamadas telefónicas.