La seducción de las teorías conspirativas no escapa a las innovaciones tecnológicas. Circulan por redes sociales con una velocidad que ya quisieran tener muchos productos recién lanzados al mercado.
En las redes tienen más peso los mitos virales que la evidencia científica. Sin embargo, dejarse seducir por creencias infundadas oculta los verdaderos peligros a los que nos exponemos como usuarios en el uso diario de nuestros gadgets.
La seducción de las teorías conspirativas no escapa a las innovaciones tecnológicas. Circulan por redes sociales con una velocidad que ya quisieran tener muchos productos recién lanzados al mercado.
Desde tecnología 5G que controla la mente y provoca enfermedades hasta celulares que escuchan todo lo que hablamos para mostrarnos publicidad y vendernos productos, estas alertas sobre supuestos peligros hace que el miedo se amplifique más rápido que la evidencia.
Hay varias teorías conspirativas alrededor de las innovaciones tecnológicas. La más reciente es que la inteligencia artificial se rebelará y dominará a la humanidad.
Este miedo incluso tiene imágenes vívidas en nuestra cabeza gracias a películas como Matrix o Terminator y el temor de una IA con voluntad propia que se opone a los humanos es la mayor preocupación actual.
La verdad es que, según los expertos, por ahora estamos lejos de esa posibilidad, pero nadie la descarta al 100%. Aunque la veloz evolución de la IA es vertiginosa, su autonomía no es total y no muestra voluntad propia.
El despliegue de redes 5G reavivó viejos temores sobre la radiación de las antenas. El argumento más repetido es que estas nuevas frecuencias podrían generar cáncer, aunque en la pandemia también circulaba la desinformación que lo relacionaban al Covid-19.
La realidad es que el 5G utiliza radiación no ionizante, el mismo tipo que emplean tecnologías como el WiFi o la radio. A diferencia de la radiación ionizante (como los rayos X), no tiene la energía suficiente para alterar el ADN.
Organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) sostienen que, dentro de los niveles recomendados, no hay evidencia concluyente que vincule el uso de redes móviles con el cáncer.
Esto no significa que la investigación esté cerrada, pero sí que, hasta ahora, el consenso científico es claro: no hay pruebas sólidas que respalden esa teoría.
Los auriculares Bluetooth también están en el centro de las paranoias. La idea de que funcionan como “microondas pegados a la cabeza” es atractiva, pero incorrecta.
Estos dispositivos emiten señales de radio de muy baja potencia, miles de veces inferiores a las de un horno microondas.
Según la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), no hay evidencia científica que indique que el uso de auriculares inalámbricos represente un riesgo para la salud en condiciones normales de uso.
"Bluetooth y microondas usan ondas parecidas, pero la diferencia está en la energía. La frecuencia solo te dice qué tan rápido vibra la onda, pero no cómo es de poderosa" afirma el doctor Patricio Ochoa, experto en longevidad y agrega: "Aunque la onda sea del mismo tipo, la energía que va a llegar a tu cabeza es tan baja que no puede calentar tejido, no puede dañar neuronas y tampoco va a alterar tus células".
Otra creencia extendida es que mirar pantallas durante mucho tiempo puede dejar a una persona ciega. La afirmación es falsa, pero tiene un matiz importante.
El uso prolongado de celulares, tablets o computadoras puede provocar fatiga visual digital: ojos secos, visión borrosa o dolores de cabeza. Sin embargo, no hay evidencia de que cause daño permanente en la visión.
La Academia Americana de Oftalmología recomienda aplicar la regla 20-20-20: cada 20 minutos, mirar algo a 20 pies (que en nuestro sistema métrico son unos 6 metros) durante 20 segundos.
Incluso los teléfonos lanzan advertencias cuando uno tiene la pantalla muy cerca del rostro.
Esta es quizás la teoría más extendida y un tema que ya hemos abordado en esta sección. Muchos usuarios juran que tras mencionar un producto en una conversación privada les aparece un anuncio relacionado minutos después en Instagram, TikTok o Facebook.
La teoría difundida es que las aplicaciones activan el micrófono en segundo plano para captar palabras clave, pero la realidad indica que no es necesario escuchar conversaciones porque los algoritmos que ofrecen publicidad echan mano de la geolocalización del usuario, su historial de navegación e incluso del de sus amigos y usa esa combinación para ofrecer varios productos, entre los que suele estar algunos que mencionamos.
Así, escuchar cada conversación es caro e ineficiente, especialmente cuando hay opciones más simples. Sin embargo, la verdadera preocupación no debería ser que nos escuchen sino la combinación de herramientas para espiarnos.
Estas teorías conspirativas combinan tres factores: desconocimiento, miedo a lo invisible y desconfianza hacia grandes empresas o gobiernos.
En redes sociales, además, los algoritmos tienden a amplificar contenidos emocionales o alarmistas porque son los que más se comparten y generan tráfico.
El resultado es un terreno fértil para la desinformación, donde una publicación sin evidencia tiene más alcance que un estudio científico.
Para Quassim Cassam, profesor de filosofía en la Universidad de Warwick, las especulaciones paranoicas no son solo "errores de razonamiento", sino herramientas políticas deliberadas: "Las teorías conspirativas son resistentes a la corrección en sus propios términos. Son totalmente infundadas o, en el mejor de los casos, altamente especulativas... Tenemos que idear respuestas políticas además de intelectuales si queremos tener alguna esperanza de derrotarlas".
Aunque muchas de las teorías conspirativas no tienen sustento, eso no significa que el uso de tecnología sea neutro. En muchos casos representa riesgos reales, pero no necesariamente a la escala de los mitos que circulan.
Así, por ejemplo, es real que se ha incrementado el sedentarismo asociado al uso excesivo de pantallas y genera problemas posturales, dependencia digital y fatiga visual.
Otra posibilidad es la pérdida de audición por el uso prolongado a volúmenes altos al ponernos los auriculares y también el uso excesivo puede causar acumulación de humedad y bacterias en el canal auditivo, provocando infecciones.
También está bien documentada la adicción que causan las redes sociales y el impacto en las relaciones sociales, familiares y de amistad.
Estas realidades son mucho más palpables que las conspiraciones que nos encontramos en las redes y mucho más relevantes que los mitos virales.
Las advertencias sobre las cosas que hacemos mal y los peligros ocultos de las cosas que usamos a diario son los contenidos más populares que circulan en redes.
Algunos son delirantes -como el del fan de Trump que asegura que usar auriculares convierte a las personas en gay-, mientras otros toman información real pero la exageran para llamar la atención de su audiencia. Así, las paranoias crecen y tememos sin fundamento a nuestros propios hábitos vitales y cotidianos como dormir, tomar agua o comer porque atentan contra la salud.
No es una tendencia del siglo XXI, sino que cada generación tuvo su propio “enemigo invisible”. Ya pasó con la televisión, luego con las computadoras, más tarde el WiFi y ahora el 5G o los auriculares inalámbricos. La tecnología cambia, pero el miedo se recicla.
El problema no es desconfiar sino hacerlo sin evidencia. Incluso cuestionar es un buen ejercicio, pero en un ecosistema digital saturado de información, la diferencia entre un usuario informado y uno vulnerable ya no pasa por cuánto consume, sino por cuánto verifica.
La paradoja es que nunca hubo tanto acceso a conocimiento científico, y al mismo tiempo, nunca fue tan fácil ignorarlo.
En un contexto donde la tecnología avanza más rápido que la alfabetización digital, conviene separar mitos de hechos con base científica.