1 de junio de 2014 - 00:00

Súper Progre contra los grafiteros

Sentado en un pizza-café (el parque nacional donde sobreviven las últimas dicroicas), con la capa manchada de tuco y el pecho transpirado a la altura del estampado vinílico que dice SP (el traje de Súper Progre, hecho en 2003, le empezaba a apretar), nuestro héroe de la centroizquierda biempensante se reponía calóricamente luego de una batalla argumental durísima.

Había vencido al defender el arreglo con el Club de París, pero no pudo derrotar a sus compañeros de trabajo que se burlaron de la estatización de la Universidad de las Madres. “Para Schoklender, el Estado es otro baúl”.

¡Cómo extrañaba Súper Progre los viejos tiempos, cuando justificar todo era más fácil!:

-¿Viste que hay cada vez más cartoneros, Súper Progre?

-Eso es muy bueno. Significa que la gente está comprando más electrodomésticos y tira más cajas.

O bien:

-Che, Súper Progre, anoche un “trapito” me sacó 30 pesos en Palermo.

-¡Ah, fuiste a comer afuera! ¡A vos no te va tan mal, gordito! Y además sacaste el auto. ¿Sabías que en 2013 se vendieron 3 millones de coches? ¿Cómo no va a haber “trapitos”?

-¡Pero me cobraron tarifa fija!

-Es el primer paso para formalizar la actividad. Recordá que con Néstor volvieron las paritarias.

O bien:

-¿Viste el noticiario, Súper Progre? Otro apuñalado.

-Acindar reactivó la producción de acero.

Así funcionó nuestro superhéroe biempensante durante casi una década. Ganando y perdiendo batallas, pero convencido y en paz con sus pensamientos. Sin colisiones internas. Hasta que algo malo ocurrió.

Cuando todavía no había llegado al postre del pizza-café, una foto apareció en su celular. Era su esposa, que le mostraba el frente de su edificio: los grafiteros se lo habían pintado todo. Dibujos amorfos y de varios colores y trazos sin sentido aparente habían colonizado la puerta de su casa. Ahora, ese frente era “propiedad” de una de las tantas bandas que integran la “cultura grafitera”. Entonces, desde el fondo de su garganta -la cueva del alma- emergió una voz desconocida: “Mirá el enchastre que hicieron estos pendejos de m... Hay que meterlos presos una noche, para que no jodan más”.

¿Cuál es la kriptonita de todo Súper Progre? Que le toque a él. Esta semana lo vivió el ministro Randazzo, que dijo sobre los grafiteros de los nuevos vagones del Sarmiento: “Si fuera mi hijo, le dejo el traste sabés cómo, ¿no? Por pelotudo. Te dan ganas de matarlos”. Su reacción fue comprensible. Le estaban “interviniendo artísticamente” el tren que podría llevarlo a la Rosada. Cristina cuidó la batalla cultural y bajó el voltaje: “No es denunciar, es defender. No es justo que te quemen con un pucho un nuevo tapizado o que te rayen o te escriban”.

¿Dónde termina el arte y empieza el vandalismo? Aunque el movimiento grafitero tuvo su auge en Estados Unidos en los 70, por una moda vintage renació tanto allá como acá (la Argentina y su obsesión por los 70). Pero, ¿quiénes son estos chicos? ¿Qué quieren con sus aerosoles? ¿La “cultura grafitera” representa algún síntoma social aún no escuchado?

Un grafitero de 20 años lo explicó en una entrevista radial: “Para un grafitero, pintar un tren nuevo es lo máximo”. O sea: cuanto más importante y custodiado sea el objeto a pintar, y menos tiempo se tenga para hacerlo, más puntos suma dentro de la cultura grafitera. El que pinta un tren nuevo escala en el estatus. La relación del grafitero con el espacio público es territorial. Tal persiana de la avenida Cabildo es de tal banda. Tal frente de edificio, de tal otra. A su manera, el grafitero te “expropia”.

Con un flan sin comer delante de sus narices, Súper Progre se dio cuenta de que el mundo (discursivo) estaba cambiando. Y que lo iba dejando atrás. Se escuchó decir -y se desconoció-: "Me vandalizaron el edificio". Ese verbo y esa capa no hacían juego.

Los grafitis. Otro campito de batalla más para debatir sobre qué es ser progre en 2014.

LAS MAS LEIDAS