10 de mayo de 2013 - 21:28

No hay suficiente inflación

En Estados Unidos, a pesar de los temores, la inflación es muy baja, según el autor. Esto, entre otras cosas, es “malo” porque desalienta el gasto y los préstamos.

Desde el golpe de la crisis financiera, y desde que la Reserva Federal de EE UU empezó a “imprimir dinero” en un intento por contener el daño, han surgido funestas advertencias sobre la inflación. Y no solo del tipo de gente como Ron Paul y Glenn Beck.

De aquí que, en 2009, el influyente economista conservador Allan Meltzer advirtiera que pronto nos convertiríamos en la “nación inflación”. En 2010, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico exhortó a la Reserva Federal (la Fed) a que subiera las tasas de interés para acabar con riesgos de inflación (aún cuando sus propios modelos no mostraban tal riesgo).

En 2011, el representante Paul Ryan, en ese momento el presidente recientemente instalado del Comité del Presupuesto de la Cámara de Representantes, reprendió severamente a Ben Bernanke, el presidente de la Fed, advirtiendo de inflación en el horizonte y entonando con solemnidad que “degradar el dólar era algo terrible”. Y ahora, claro está, la Fed efectivamente está preocupada por la inflación. Miren, se está volviendo muy baja.

Sin embargo, antes de que los meta al problema de la baja inflación, hablemos de qué deberíamos haber aprendido hasta ahora.

No es difícil ver de dónde estaban viniendo los temores de la inflación. En sus esfuerzos por apuntalar la economía, la Fed ha comprado más de 2 billones de dólares de cosas: deudas privadas, deudas de la dependencia de vivienda, bonos del gobierno.

Ha pagado por estas compras abonando fondos a las reservas de bancos privados, lo cual no es exactamente imprimir dinero pero se acerca en la medida suficiente a trabajo gubernamental. ¡Aquí viene la híper inflación!

O, de hecho, no. Desde el comienzo, era, o por lo menos debería haber sido, obvio que la crisis financiera nos había sumido en una “trampa de liquidez”, situación en la cual mucha gente supone que más les valdría sentarse sobre el dinero en efectivo. Estados Unidos pasó la mayor parte de los años ’30 en una trampa de liquidez; Japón ha estado en una desde mediados de los ’90. Y nosotros ahora estamos en una.

Economistas que habían estudiado ese tipo de trampas -grupo que incluía a Ben Bernanke y, bien, a mí- sabían que algunas de las reglas usuales de la economía están en inactividad transitoria, mientras persista la trampa. Los déficits del presupuesto, por ejemplo, no suben las tasas de interés; imprimir dinero no es inflacionario; abatir el gasto del gobierno realmente tiene efectos destructivos sobre los ingresos y el empleo.

Los sospechosos usuales descartaron todo este análisis; era “una tontería de liquidez”, declaró Alan Reynolds del Instituto Cato. Sin embargo, eso fue hace cuatro años, y los de la trampa de liquidez, al parecer, han estado en lo correcto después de todo.

Además, vale la pena mencionar otro tema con respecto al cual, quienes no se preocupan por la inflación, han sido reivindicados: cómo medir tendencias de la inflación. La Fed se apoya en una medida que excluye precios de alimentos y de energía, los cuales fluctúan ampliamente mes con mes.

Muchos comentaristas ridiculizaron este enfoque sobre la inflación “subyacente”, particularmente a comienzos de 2011, cuando el aumento de precios de alimento y energía envió brevemente a la inflación “general” por arriba de 4 por ciento, incluso al tiempo que la subyacente permanecía baja. Pero, por supuesto, la inflación bajó de nuevo.

Así que todos esos temores inflacionarios estaban equivocados y quienes propagaron esos temores demostraron, en caso que se lo estuvieran preguntando, que su doctrina económica está completamente equivocada; no que alguno de ellos vaya a reconocer tal cosa algún día.

Y, en este punto, la inflación -a muy poco más de 1 por ciento con base en la medición favorecida por la Fed- está peligrosamente baja.

¿Por qué es un problema la baja inflación? Una respuesta es que desalienta los préstamos y el gasto y fomenta sentarse sobre el dinero. Debido a que nuestro mayor problema económico es una falta general de demanda, el descenso de la inflación empeora ese problema.

El bajo nivel de la inflación también dificulta que se salde la deuda, empeorando las complicaciones del sector privado con la deuda, las cuales son una de las principales razones por las cuales la demanda es demasiado baja.

¿Entonces, por qué está cayendo la inflación? La respuesta es la persistente debilidad de la economía misma, que impide que los trabajadores negocien salarios mayores y obliga a muchos negocios a reducir precios.

Y si lo piensa por un momento, se dará cuenta de que este es un círculo vicioso, en el cual una economía débil conduce a muy poca inflación, lo cual perpetúa la debilidad de la economía.

Y esto nos lleva a un punto más extenso: el total desatino de no actuar para darle un impulso a la economía, ahora.

Cada vez que alguien habla sobre la necesidad de más estímulos monetarios y fiscales para reducir el desempleo, la respuesta de personas que se imaginan sabias siempre es que deberíamos concentrarnos en el largo plazo, no en soluciones a corto plazo. Sin embargo, la verdad es que al no lograr manejar nuestro desorden a corto plazo, lo estamos convirtiendo en un malestar económico crónico y a largo plazo.

Hace poco escribí sobre cómo, al permitir que persista el desempleo a largo plazo, estamos creando una clase permanente de estadounidenses desempleados.

El problema de una inflación demasiado baja es muy diferente en detalle pero similar en sus implicaciones: aquí, de igual forma, al permitir que problemas económicos a corto plazo se enquisten nos estamos poniendo solos en patrón a largo plazo, quizá permanente, de fracaso económico.

El punto es que estamos fallando miserablemente para responder a nuestro desafío económico y, probablemente, estaremos pagando por ese fracaso durante muchos años.

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