14 de octubre de 2012 - 13:18

Sueños, mentiras y frustraciones

“El problema más grave es que no hemos hecho lo que soñábamos y nos prometieron por nuestras propias culpas, y no por las limitaciones del desierto.”

Desde que soy chico, y de eso han pasado cinco décadas, escuché hablar de obras que serían fundamentales para la provincia. Con entusiasmo de chico, mi padre me contaba la importancia que tendría el dique Potrerillos, la represa Los Blancos, el aprovechamiento de las aguas del río Grande, el paso El Pehuenche y muchas otras grandes obras que casi desde mediados del siglo pasado se venían proyectando.

Estas obras tenían una virtud, y era que la conciencia colectiva acerca de la importancia de las mismas generaba un espíritu común, que acercaba a gente de todos los niveles sociales y económicos. Todos sabíamos que con estas obras mejoraría la vida para todos. Eran parte de un ideario común basado en sueños compartidos, más allá de los objetivos individuales de cada uno.

Como muchos otros mendocinos, mi padre murió sin ver realizadas casi ninguna de estas obras y al paso del tiempo empiezo a temer que pueda experimentar la misma frustración, al menos por la velocidad y el desinterés que las clases políticas de varias generaciones mostraron por sus realizaciones. Quizás una de las obras más emblemáticas por todo lo que prometió y por la demora en su realización ha sido la doble vía a Tunuyán.

La comenzó el ex gobernador Gabrielli en 1992 y desde entonces han pasado, con el actual, seis gobernadores, y la traza aún no llega a Zapata, en el límite entre Luján, Tunuyán y Tupungato. De aquí a que la terminen, a que se determine la traza que tendrá la autovía que deberá correr por el costado de la ciudad, no tengo esperanzas de verla terminada.

Los pasos cordilleranos

Desde chico aprendí la importancia de la conexión con Chile y la salida a los puertos del Pacífico. En aquel entonces China era de Mao y nadie pensaba en su desarrollo actual. Sin embargo, los soñadores que lo planificaron veían que el Pacífico era una buena salida para acceder a la costa oeste de Estados Unidos o incluso a Japón.

Esos pasos cordilleranos no despertaban mucho entusiasmo en el poder económico del puerto de Buenos Aires y como, además, el mundo de hace 50 años crecía del lado del Atlántico, se pensaba en obras sin sentido.

El paso de Libertadores, como medio histórico de conexión para el paso de personas, era mantenido e incluso se hizo un nuevo túnel apto para autos, colectivos y camiones, pero se desactivó el tren porque no había mucha carga, la cual podía ser llevada por camiones.

El paso El Pehuenche es una demostración de este desinterés. Siendo un paso natural, que no requiere túneles, era usado por caminos de tierra y viejos puentes de madera poco transitados. Además, no llevaban a ningún lugar turístico.

Esta semana, el gobernador Pérez estuvo en Chile viendo los lentos avances de las obras de este paso que, al parecer, no entusiasman ni a argentinos ni a chilenos, porque las demoras en las obras son muy grandes y, más allá de las promesas, no se advierte interés político en su concreción. Nadie tiene apuro ni lo considera prioritario.

Otro tanto pasa con el mega proyecto del Tren Trasandino. Este proyecto, que nació en Mendoza de manos de Tecnicagua y Andesmar, terminó en manos del grupo Eurnekian, que lo redefinió para generar un proyecto más ambicioso. Después de 10 años nada se sabe de esto que, de concretarse, demoraría unos 10 años para estar operativo, contados desde el comienzo de los trabajos. Creo que tampoco lo veré.

Pero lo grave es que parece que en Mendoza no se advierte que estos pasos hoy ya son fundamentales para aprovechar el creciente desarrollo de las economías asiáticas, pero no solo como área de paso. Mendoza podría ser un centro de producción, desde donde se achiquen costos y se gane competitividad.

No hay que confundirse. Nuestro rival no es Gioja ni los sanjuaninos. Nuestros rivales son los intereses económicos que se mueven en torno al puerto de Buenos Aires, que necesitan seguir concentrando despachos a cualquier costo, y estos sectores tienen una llegada muy fuerte a los gobiernos nacionales, mientras nuestra pasividad y falta de convicciones nos hacen estar muy estáticos, con el único consuelo de poder quejarnos algún día de que no fuimos comprendidos.

Rutas y diques

Debo confesar que esta sensación de impotencia y bronca tuvo un leve respiro en los últimos días con dos anuncios. Primero, la preadjudicación de la construcción de la represa de Los Blancos, en el Alto Río Tunuyán me generó una sonrisa de satisfacción. ¡Al fin un anuncio! Claro, recién está comenzando el proceso, ya que después viene la adjudicación, después la firma de los contratos y recién ahí comienza la construcción, que demandará no menos de entre tres y cuatro años.

El otro anuncio menos rimbombante pero, para mí muy auspicioso, fue el inicio de las obras de pavimentación de la ruta que une Tupungato con Potrerillos, conocida como la zona de La Carrera, un recorrido turístico de una belleza sin igual, que solo estaba reservado a los que tenían camionetas de doble tracción.

Ahí nomás me entusiasmé y me dije ¿por qué no hacen también el tramo que une Tupungato con la Laguna de El Diamante? Sería un corredor turístico notable, que agregaría nuevas rutas y productos turísticos a Mendoza. Pero claro, ya parezco insaciable y un disconforme permanente, pero soy libre de soñar y de pedir. El problema es cuando me prometen y no cumplen.

Sueños y frustraciones

Todos los mendocinos nos hemos educado en una cultura en la cual nos hablaban de nuestras riquezas naturales y nunca nos hablaron de las limitaciones del desierto. Eso hizo que por varias generaciones vivamos soñando con lo que podíamos hacer y no llorando por lo que no podíamos hacer.

El problema más grave es que no hemos hecho lo que soñábamos y nos prometieron por nuestras propias culpas y no por las limitaciones del desierto. Eran esos sueños compartidos los que le daban cohesión a la sociedad. Pero las promesas se transformaron en mentiras, ineficiencia, ineptitud y frustración.

Lentamente, muchos dejaron los sueños colectivos para centrarse en sus propios objetivos y muchos se dieron cuenta de que mejor que pedirle al Estado que hiciera grandes obras era pedirle que les diera trabajo o los adoptara. Ya fueran empleados o empresarios, la mayoría quisieron tener la tutela del Estado, que hoy gasta más del 50% del Presupuesto en sueldos. Con las transferencias a los municipios, pagos de deuda y el funcionamiento de los servicios básicos no alcanza la plata para obras de envergadura.

Y si alguien viene de afuera a intentar hacer algo importante lo frenamos. Le ponemos el compre mendocino (para tenerlo cautivo sin competir), le ponemos objeciones ambientales (porque somos los únicos que podemos contaminar) y tratamos de averiguar de dónde salen sus capitales porque en Mendoza ganar plata no es buena virtud si sos foráneo.

Un viejo maestro decía: “Estamos como estamos porque somos como somos”. A esos políticos que nos mintieron y nos frustraron los elegimos nosotros, porque nos vendieron la esperanza de vivir de la teta estatal. No es cuestión de quejarse, pero si alguien todavía tiene sueños, es hora de unirse para exigir. No podemos sacrificar nuestros sueños. Nuestros abuelos, en un contexto mucho más desfavorable, no lo hicieron.

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