Vivir sin agua: historias de supervivencia entre habitantes del secano lavallino, donde no llueve hace más de 10 años

En algunos parajes del secano de Lavalle están próximos a cumplir 20 años sin lluvias constantes y que le permita revivir a los paisajes. Animales muertos de sed y de hambre, consumo de agua con arsénico y pozos de agua extremadamente saladas son las postales que marcan estos sitios y a quienes sobreviven en ellos.

Vivir sin agua: historias de supervivencia entre habitantes del secano lavallino, donde no llueve hace más de 10 años 
Puesto Las Salinas, Mauricio Ochoa, Deolinda, y sus hijos Dario y Rufino.
Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
Vivir sin agua: historias de supervivencia entre habitantes del secano lavallino, donde no llueve hace más de 10 años Puesto Las Salinas, Mauricio Ochoa, Deolinda, y sus hijos Dario y Rufino. Foto: Ignacio Blanco / Los Andes

El secano lavallino, a poco más de 200 kilómetros de la Ciudad de Mendoza, tiene todas las condiciones que caracterizan a uno de estos ecosistemas. Si hay que regirse por lo estrictamente teórico, un secano es la porción de tierra de labor que no tiene riego y donde solo participa el agua llovediza. Claro que si a esta compleja condición de adversidad de los secanos en general se le suma una situación como la que atraviesan algunos parajes en Lavalle -donde hace entre 10 y 18 años, o más, dependiendo de la zona, no hay lluvias intensas-, el panorama llega a tornarse desolador.


Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
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Las Lagunitas, El Retamo y El Forzudo son 3 de los parajes que componen el -por momentos- impenetrable secano en Lavalle, aquel que se disemina entre las interminables dunas y que, por ejemplo, tiene apenas a una o dos familias viviendo en la inmensidad y vacío de kilómetros y kilómetros de tierra, arena, chañares y algarrobos secos a la redonda.

Prácticamente la totalidad de sus habitantes son miembros de las comunidades Huarpes de la zona, y todos son puesteros que, con sus familias, viven de la ganadería. O sobreviven, podría decirse, ya que la falta de lluvia ha convertido a estos sitios en desoladores paisajes que parecen estar muertos en vida.

No solo los paisajes “parecen estar muertos”, sino que muchos de los animales del lugar (caballos, vacas, chivos) directamente han fallecido en los últimos años por la falta de agua y pastura. Y sus huesos y restos, que evidencian que ya estaban escuálidos mientras vivían, yacen en especies de cementerios a cielo abierto, y que también son parte del lúgubre decorado de los paisajes. De la misma manera en que los restos de estos ejemplares fueron -y son, y serán- el menú de los carroñeros de la zona.

“Yo tenía 30 vacas y en los últimos 3 años se me murieron casi todas por la falta de agua. Me han quedado solo 8″, resume Mauricio Ochoa (50). Hace 3 años justamente a este puestero, quien vive con su esposa Deolinda y sus dos hijos -Darío (7) y Rufino (1 año y 6 meses) se le terminó de secar la represa de tierra donde pudo almacenar algo de agua, aunque cada vez menos, al lado de su puesto (La Salina).


Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
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“Es muy triste lo que está pasando, para todos, para los animales y para las personas. Se hace muy cuesta arriba vivir sin agua, y más con este calor. Imaginate para nosotros, que tenemos dos nenas”, reflexiona a su turno, en voz alta, Miguel Ortiz (41), quien lleva toda su vida en el puesto La Pampa Blanca, en la zona de Las Lagunitas.

Miguel vive junto a su esposa, Gimena Lucero (23) y las dos hijas de ambos, Leila (6) y Paula (3 años y medio). Allí han estado toda su vida, y viven de la producción de vacas, de cabras, de caballos y de yeguas. En el último año. Ortiz y su familia perdieron -al menos- 40 yeguas que murieron deshidratadas.

El agua que consumen los pobladores en estos parajes proviene de un acueducto. No es agua 100% apta, ya que cuenta con grandes concentraciones de arsénico (algo no recomendado). “Pero es lo que tenemos, es lo que hay”, dice, con una sonrisa de resignación, Héctor Sosa (61), quien vive con su familia en El Retamo.

Claro que no a todos les llega esa agua símil potable proveniente del acueducto. Y quienes habitan en los puestos más alejados deben organizarse entre sí para andar casi 30 kilómetros y atravesar las huellas del camino para cargar agua en los pueblos más agraciados y a los que incluye el tendido.


Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
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Para el consumo de los animales y también para higienizarse, en tanto, utilizan agua de pozo, que emerge de las capas freáticas. Para ello, deben realizar excavaciones de más de 10 metros de profundidad, y retirarla. Esa agua es alta en salinidad, y, por momentos, sabe más salada que la mismísima agua de mar.

“Ah, ¿el agua del mar es salada?”, pregunta Ochoa en el ingreso a su puesto, que casualmente lleva el nombre de La Salina. Y no lo hace con ironía ni picardía, lo hace con la inocencia de quien no conoce otro lugar más que el secano y sus parajes.

“En el Norte de Mendoza, lamentablemente la gente ya no pelea ni se preocupa por si se le muere una vaca más o una vaca menos. Su lucha es porque no se le mueran sus hijos, porque no mueran los niños de sed”, resume a su turno el referente de los productores ganaderos, Marcelo Valot, quien hace ya tiempo acompaña de cerca a los productores del secano.

MÁS DE 15 AÑOS SIN LLUVIA EN EL SECANO LAVALLINO

En la actualidad, en este contexto de los parajes del secano lavallino, parecen ironías que en el lugar sobresalgan distritos que lleven nombres como Las Lagunitas o Laguna del Rosario. Sin embargo, tiene su explicación y que nada tiene que ver con el humor negro.

En la época prehispánica, todo este territorio eran lagunas y humedales activos. Incluso, llegaban hasta El Bermejo (Guaymallén). Pero se fueron secando, y el cambio climático aportó lo suyo. Y lo que alguna vez fueron grandes espejos de agua y que hasta les permitían a sus habitantes primitivos y originarios subsistir de la pesca, hoy es todo sequía.

Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
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De día, en verano, pueden hacer hasta 47° en el lugar. “Hay días en que uno tiene que llegar muy temprano y volverse cuando cae la tarde, porque a plena luz del sol no se puede ni andar por las huellas”, cuenta Antonio Nievas, docente quien vive Las Lagunitas y referente de la comunidad Huarpe Santos Guayama, la que habita en esa zona del secano.

En invierno, en tanto, las mínimas llegan a -17°. “Son las características típicas del secano”, agrega Nievas, con la sabiduría de quienes nacieron y se criaron en estos parajes.

Las últimas lluvias intensas y continuas en los parajes del secano lavallino datan de entre 2005 y 2008, dependiendo de la zona. A partir de entonces, han tenido alguna que otra tormenta -por lo general, pocas-, pero nunca con la continuidad necesaria como para que vuelva a brotar algo de pasto o yuyo verde, que es lo que comen los animales del ganado.

Pasando la zona de El Puerto, que marca la bifurcación entre el camino del Encón y el ingreso al secano profundo, sobresale un amplio claro de tierra seca. “Acá debe haber llovido por última vez hace unos 20 días, y muchos animales vinieron a tomar algo de agua. El tema es que de seguro estaban débiles y con hambre, por lo que llegaron acá, se llenaron el estómago de agua y luego muchos de ellos cayeron. Al estar tan débiles, no se pudieron volver a levantar. Y acá los vemos”, describe Valot, referente en temas de ganadería. Y señala con sus manos los cráneos y restos de huesos y cuero de los ejemplares que murieron en el lugar, y que luego se convirtieron en alimentos de jotes, zorros y otros carroñeros.


Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
Foto: Ignacio Blanco / Los Andes

“Hasta hace unos años, en el secano había recursos para tener una vaca cada 10 hectáreas. Hoy se ha reducido a una vaca cada 70 hectáreas”, refuerza el ganadero.

Las Lagunitas es un paraje del distrito de San Miguel. En la zona de mayor concentración viven unas 30 personas -todas de la comunidad Huarpe Santos Guayama-, mientras que, sumando a quienes están en los puestos más alejados, llegan a ser 90.

“Desde 2002 o 2003 venimos con una sequía jodida. Y aunque ha habido lluvias, se necesita de algo que sea sostenido para que vuelva a salir pasto””, refuerza.

Camino al puesto La Pampa Blanca hay algunas otras casitas más pequeñas y abandonadas. “Acá vivían chicos jóvenes, pero decidieron irse a la ciudad. Y es que acá no hay mucho futuro”, sigue Nievas.

En su puesto, Miguel Ortiz tiene un sistema que le permite recuperar el agua de las escasas lluvias. La membrana del techo permite que se escurra hasta las canaletas, mientras que la pendiente de estos conductos la vierte en una pileta. Pero no llega a ser ni un alivio.


Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
Foto: Ignacio Blanco / Los Andes

“Por lo general nos organizamos con la gente de otros puestos y vamos a buscar agua a Las Lagunitas, llevamos botellas o bidones para traernos. Y, quienes tienen camionetas, traen los tanques grandes”, cuenta Ortiz.

A 27 kilómetros del puesto de Ortiz está el puesto Las Salinas, donde viven Mauricio Ochoa y su familia. “Llevo toda la vida viviendo aquí, y sabemos que no tenemos otra cosa que hacer. ¿A qué nos vamos a ir de acá? ¿A trabajar de cartoneros?”, pregunta en voz alta Mauricio.

“Hace como 4 o 5 meses que no nos traen agua acá, fui hace unas semanas a cargar a Las Lagunitas, y ya me quedan 20 litros nomás. Cada vez que voy para allá destrozo la camioneta”, cuenta el hombre, que repite el viaje para recargar agua cada 10 días.

Al lado de su puesto, Ochoa tiene agua de pozo, esa que es extremadamente salada. Y a dos kilómetros, al lado de uno de sus corrales, tiene otro pozo de donde saca agua para que puedan beber sus animales.

TODO POR LA LLUVIA

En una de las tantas y laberínticas huellas que conectan el puesto Las Salinas con Las Lagunitas, hay una duna alta y donde sobresale un algarrobo por sobre los demás. A lo lejos, se lo distingue porque está más alto que sus pares. Pero, en la medida en que uno se va acercando, ve que a su alrededor hay una especie de anfiteatro cercado con piedras.

Cada 22 de enero -este año se conmemora este lunes- se conmemora a San Vicente. Y los habitantes del secano se dan cita en el lugar para una de esas ceremonias que combinan lo pagano y lo religioso, lo ancestral con lo moderno.

“Cuando empieza a anochecer, los puesteros vienen acá y le bailan a San Vicente para que llueva. Bailan. en total 14 cuecas y 7 gatos”, describe Antonio Nievas.

Hector Sosa vive en El Retamo, en la zona más “agraciada” por decirlo de algún modo, ya que tiene el acueducto cerca.


Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
Foto: Ignacio Blanco / Los Andes

“Acá no tenemos una buena lluvia desde hace, por lo menos, 10 años”, cuenta el hombre de 61 años y quien ha vivido toda la vida en el lugar. De las 300 cabras que integraban su lote el año pasado, perdió 70 de un solo tirón.

“Es desoladora la situación acá. La gente vive de los animales, y cada vez puede producir menos. ¡Y pensar que hasta la década del 80 esto era un mar de la cantidad de agua! Y ahora tenemos que elegir si nos lavamos las manos o nos lavamos las patas”, concluye.

AVIONES ANTIGRANIZO, ENEMIGOS POPULARES

No existe creencia popular o animal salvaje que les genere tanto pánico a los habitantes del secano como los aviones de la lucha antigranizo. Y es que, independientemente de las explicaciones oficiales que les han dado una y otra vez y referida a que no tienen incidencia en la “no lluvia”, no hay un solo lugareño del secano que no considere que este mecanismo es el principal responsable de la falta de precipitaciones.

Cada vez que hay una nube formada de tormenta, porque quienes hemos vivido acá toda la vida sabemos cuando una nube es de lluvia, aparecen los aviones. Y la nube se desaparece”, destaca, con enojo, Miguel Ortiz.

“Ya no sabemos de qué forma reclamar y pedir que no manden los aviones para acá. Siempre nos dicen que la lucha antigranizo no hace nada, ya que solamente usan yoduro de plata para desarmar la piedra y que caiga solo el agua. Pero cada vez que aparecen los aviones, se desarma la tormenta y no cae nada de agua”, acota a su turno Antonio Nievas.

El productor ganadero Marcelo Valot, por su parte, va más allá con sus acusaciones contra este método para mitigar el daño que produce el granizo en los cultivos. “Todavía nadie me ha logrado responder qué hacen los aviones a más de 170 kilómetros de las zonas productivas. Acá se necesita la lluvia. Y yo no tengo dudas de que el hecho de que se hayan empezado a secar los árboles también tiene que ver con los componentes que se usan. Hay una amenaza ambiental”, reafirma.

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