En marzo de 1976, la Vendimia brilló con la puesta de Abelardo Vázquez y la elección de Analía Ortiz Baeza, días antes del golpe que cambió al país.
En marzo de 1976, la Vendimia brilló con la puesta de Abelardo Vázquez y la elección de Analía Ortiz Baeza y, días antes del golpe que cambió el país.
En marzo de 1976, la Vendimia brilló con la puesta de Abelardo Vázquez y la elección de Analía Ortiz Baeza, días antes del golpe que cambió al país.
La Vendimia de 1976 quedó ubicada en una semana bisagra. El Acto Central se presentó el 13 de marzo como “Vendimia del agua fecunda”, con libreto de Eugenio Carbonari y dirección de Abelardo Vázquez, el gran artesano de la fiesta-espectáculo. Once días después, el 24 de marzo, el golpe de Estado inauguró la dictadura militar. En ese borde temporal, Mendoza hizo lo que suele hacer: sostuvo su liturgia y la vivió como multitud, aun cuando el país ya crujía.
“Agua fecunda” tuvo sello de Don Abelardo: cuadros que avanzaban desde lo simbólico y mítico hacia la identidad mendocina, con un lenguaje escénico que buscaba épica sin pantallas. Los Andes lo ubicó dentro de una cadena de obras donde Vázquez consolidó una estética propia.
El título no era casual. En Mendoza, el agua no es paisaje: es condición de vida. Y en 1976 el espectáculo la puso en el centro, como recordatorio de que el vino depende de acequias, canales y turnos de riego tanto como de sol y trabajo. Ese guiño “hidráulico” le daba épica a la noche: la fiesta celebraba la cosecha y también el milagro cotidiano de hacer oasis.
En esa edición fue electa Analía Ortiz Baeza, representante de Godoy Cruz. Los Andes la mencionó como una de las reinas nacionales que hicieron historia para el departamento, en una seguidilla de coronas que se recuerda como “época dorada” godoicruceña. En clave social, su reinado tuvo un rasgo potente: se convirtió en figura de consenso en una Vendimia atravesada por tensiones nacionales.
Analía quedó asociada a una imagen de elegancia serena y cercanía, de esas que vuelven años después en sobremesas y archivos.
Otro dato de color que dejó 1976 está en el vestuario simbólico. Un repaso de Los Andes sobre la historia de los atributos señaló que ese año se cambió la capa y la corona: una renovación que modificó la “imagen completa” de la soberana. La capa nueva era celeste y llevaba broche dorado; también se actualizó el cetro. Para el lector de hoy, es una curiosidad perfecta: 1976 no solo coronó a una reina, también “actualizó” la iconografía del reinado.
La nota detalló incluso materiales: una corona de metal bañada en oro con piedras semipreciosas. Ese nivel de detalle explica por qué los atributos importan tanto: en Vendimia, la reina no solo representa, también encarna un “objeto” patrimonial que se hereda. Este dato permite describir texturas, brillos y el peso real del símbolo, sin caer en solemnidad literal.
Contar 1976 exige precisión: el acto central ocurrió antes del golpe, pero dentro de un clima político y social turbulento. La curiosidad vendimial está en la continuidad: cuando el país entró en una etapa oscura, la Vendimia no desapareció del calendario; siguió funcionando como escena masiva, con protocolo, espectáculo y elección. No como burbuja ajena, sino como espejo: en el Frank Romero Day, la gente buscó pertenencia, tradición y una noche compartida.