domingo 20 de junio de2021

Un rayo del que aferrarse
Ilustración: Gabriel Fernández.
Sociedad

Un rayo del que aferrarse

Este relato integró el libro ganador del Premio Vendimia de Cuento 2010.

  • domingo, 19 de julio de 2020
Un rayo del que aferrarse
Ilustración: Gabriel Fernández.

Cuando Juana reparó que golpeaban la puerta, mando a la hija a abrir.

-Mami, un señor que está llorando te busca.

Dejó de cocinar, se enjuagó y fue a ver.

-¿Usted es la mamá de Cristian? –interrogó un sujeto con la voz agrietada.

La doña asintió, secándose las manos con el repasador. Saludó al extraño. No sabía qué pensar. Parecía asustado, triste. Rebuscó en el mapa de la cara de ese anciano alguna señal, algún recodo que le permitiera saber quién era. Podía jurar que nunca lo había visto.

-Mario López –se presentó, refregándose las lágrimas, que no cesaban de salir de esos granos de uva verde que eran sus ojos -. Soy el padre del Miguel, el muchacho que manejaba el camión que mató a Cristian.

Un escalofrío, lo mismo que un golpe de corriente, recorrió el pecho de Juana. Una sensación asfixiante que la hacía trepidar.

-¡Mi muchacho necesita pedirle perdón!

La mujer se aferró al hombro de la niña. Sentía como si una garra fría le desgarrara el corazón.

-Señora, deje que le pida perdón –suplicó el hombre-. ¡Él también murió en el accidente!

Juana se acordó cuando vinieron a avisarle que habían atropellado una moto igual a la de su hijo. Allí cerquita, a la salida de la autopista. La desesperación. La angustia de la incertidumbre. El dolor de la certeza. Los restos de Cristian esparcidos debajo del acoplado. Y aquel muchacho, el conductor, el asesino, sin siquiera bajarse, todavía aferrado al volante.

El recuerdo la sumió en la desolación, en el horror de la escena. Sintió que no podía moverse, que todavía se hallaba aprisionada, atenazada bajo las ruedas. Junto al cadáver.

Juana levantó la cabeza al cielo. Pudo sentir el perfume de Cristian ese día, saludándola para ir a la casa de unos amigos en la maldita moto. Escuchar su voz llena de alegría, decir que volvería para el almuerzo.

De inmediato, mandó a la pequeña a traer un vaso de agua para López.

No perdió tiempo. Caminó hacía la vereda, tiritando, y miró ese vehículo enorme como quien observa el lugar de una calamidad. La congoja le espinó los ojos. Había alguien sentado en el estribo. Revolviéndose la cabeza. Juana lo reconoció al instante. Se quedó inmóvil, con los puños apretados.

Pero el joven vino hacia ella, despacio, como si le costara caminar, como si fueran sus primeros pasos luego del accidente, como si hubiera bajado después del choque y pudiera contemplar el cuerpo destrozado de Cristian. El tamaño de la fatalidad que lo envolvía.

Percibió que a ese muchacho le pesaba la culpa, que el gusano de su conciencia era una serpiente enroscada, constriñéndole las vértebras del cuello. Un oso triste, una montaña de pena.

Revivió la tragedia, el sobrecogimiento. Podía ver a Cristian, ahí, debajo de las ruedas dobles. Desgajado. Aplastado. Despedazado. Al tanto que se escuchaba a sí misma gritar atormentada que movieran el camión, que se lo sacaran de arriba, para que lo dejaran respirar, para que su hijo no muriera.

-¡Perdón, señora! –murmuró el camionero, hincándose a sus pies, y dejó escapar un alarido estremecedor, lastimoso, que imploraba misericordia-. No lo vi. Le juro que no lo vi. Me encandiló el sol.

Juana supuso que ese rayo fatal que cegó al conductor era el mismo que le quitó la vida a su hijo. Un rayo divino, predestinado, un rayo de luz, un rayo del que aferrarse.

Cayó de rodillas ante aquel hombre. Lo estrechó entre sus brazos. Se percató que no podía mirarla. No sabía cómo. Entonces, le levantó el rostro, lo miró a los ojos y le regaló una sonrisa clara, dulce, límpida, para sacudirle la desventura, para liberarlo del peso de la desgracia, para que supiera que lo había absuelto, exculpado, redimido.

Se sintió aliviada. Experimentó una paz profunda, pura, como si aquel chofer, en ese último instante, después de tanto tiempo, al fin hubiera movido las ruedas del camión de encima de su desasosiego.

Este cuento fue publicado originalmente en el libro Cocodrilos en la conciencia (Ediciones Cuturales de Mendoza, 2010).

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