7 de junio de 2025 - 00:00

Periodismo e interpretación de los nuevos tiempos

Una reflexión sobre el oficio, los medios, las nuevas tecnologías y su impacto social, a cargo de la periodista, escritora y maestra de talleres literarios.

El Día del Periodista conmemora no solo el nacimiento de un medio o la fundación de una prensa libre en nuestro país, sino la vocación de informar con responsabilidad, compromiso y mirada crítica. Es una fecha para recordar el valor de la palabra, el rol social de este quehacer y homenajear a quienes, muchas veces en condiciones adversas, ejercieron y ejercen, la profesión con valentía. También es una jornada de reflexión sobre los derechos laborales de nuestro gremio, la calidad del debate público y el lugar que ocupa la comunicación en nuestra democracia.

Durante el siglo XX, el periodismo experimentó profundas transformaciones. Fue la era de los grandes diarios impresos, las redacciones numerosas y los cronistas de calle. Surgieron figuras emblemáticas del periodismo de investigación, así como medios masivos que marcaron agenda y modelaron la opinión pública. El oficio estaba profundamente ligado al papel, la radio y la televisión, con tiempos de producción más extensos y metodologías analógicas. Muchas veces convivió con censuras, dictaduras y presiones empresariales, lo que puso a prueba la ética y el coraje de generaciones de periodistas.

En estos tiempos, el periodismo de la era digital conserva aquel espíritu crítico y el compromiso con la verdad, pero ha mutado en las herramientas, tiempos y estrategias. Hoy se vale del acceso a grandes bases de datos, técnicas de verificación digital, análisis forenses de imágenes, minería de datos, disciplina clave en esta nueva era. Sin embargo, también enfrenta desafíos como la desinformación viral, el espionaje cibernético, el acoso en redes y la precarización laboral.

El periodismo profundo y documentado requiere tiempo, recursos y autonomía editorial, factores cada vez más amenazados por la lógica del clic y la instantaneidad. El periodismo profundo y documentado requiere tiempo, recursos y autonomía editorial, factores cada vez más amenazados por la lógica del clic y la instantaneidad.

Actualmente, el lector ha dejado de ser un receptor pasivo para convertirse en un inter-actor activo. La maravilla de la irrupción de las plataformas digitales y las redes sociales modificó profundamente el vínculo entre los medios y su audiencia. Hoy, los lectores comentan, comparten, cuestionan, corrigen y hasta generan contenido. Participan del proceso informativo en tiempo real, exigen mayor transparencia, reclaman cercanía y muchas veces condicionan las agendas editoriales.

Este nuevo perfil de usuario, más informado, más crítico y con herramientas tecnológicas a su alcance, rompe la unidireccionalidad clásica del periodismo del siglo XX. En ese sentido, el lector actual es un cocreador de sentido, parte de un ecosistema dinámico donde la información circula, se adapta y se resignifica constantemente.

Los viejos periodistas —los de la máquina de escribir, la noche larga, los cafés cargados y las redacciones llenas de humo y anécdotas— somos parte fundamental del alma del periodismo. Fuimos los que enfrentamos censuras con una libreta en el bolsillo, los que aprendimos a oler la noticia en la calle y a escribirla con el pulso firme de la experiencia. Sin algoritmos, sin trending topics tal vez, pero con olfato agudo, ética de trabajo y pasión por la verdad.

Tal vez no estemos todos en TikTok ni dominemos completamente las métricas de engagement, pero sí sabemos lo que vale una fuente confiable, una frase justa o un titular que hace historia. Y aunque el oficio haya cambiado —y hoy todo sea más rápido, más visual, más digital—, el fuego del buen periodismo sigue siendo el mismo: contar lo que otros no se animan, preguntar lo que incomoda, narrar el mundo para que no nos lo deformen. Tal vez no estemos todos en TikTok ni dominemos completamente las métricas de engagement, pero sí sabemos lo que vale una fuente confiable, una frase justa o un titular que hace historia. Y aunque el oficio haya cambiado —y hoy todo sea más rápido, más visual, más digital—, el fuego del buen periodismo sigue siendo el mismo: contar lo que otros no se animan, preguntar lo que incomoda, narrar el mundo para que no nos lo deformen.

Por eso hoy los periodistas de la vieja guardia no solo festejamos nuestro día, sino que somos los primeros en brindar. Porque nuestro legado sigue vivo en cada crónica que se anima, en cada novato que aprende de las viejas historias, en cada redactor que aún cree que escribir es una forma de resistir.

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