"Abuelo de sí mismo".
"En Nápoles hay un pescador que es abuelo de sí mismo", informa el diario. A continuación explica cómo llegó a semejante situación por medio de dos matrimonios y varios nacimientos. Leo la cuenta otra vez. Parece correcta.
Al principio creo que tuve suerte y encontré una rareza aislada. Poco después aparece una compañía de operetas que busca mujeres para viajar a la Argentina y Uruguay. El aviso pide "señoritas de buena presencia". En la línea siguiente aclara:
"Es inútil que se presenten señoritas defectuosas".
Todavía guarda una condición más:
"Se prefieren sin madre, blancas y rubias si es posible".
El Mercurio de Valparaíso comenta el aviso "en términos risueños". Los Andes lo reproduce bajo el título "Importación de señoritas". El redactor explica que la compañía necesita "levantar bandera pública de enganche para completar sus huestes femeninas".
Ahí cambia mi manera de leer. Ya no busco una fecha ni una noticia importante. Paso la página dispuesto a comprobar si es capaz de superar a la que acabo de dejar atrás.
La siguiente trae una aurora boreal en Salta.
Un diario de Buenos Aires recibe el telegrama de su corresponsal salteño. Desde las seis y cuarto de la tarde hasta cerca de las siete, el cielo aparece iluminado por una gran franja de colores. La noticia habla de una "inmensa cortina luminosa" y dice que quienes conocían de astronomía identificaron el fenómeno como una aurora.
El propio artículo admite que sería muy raro verla en esas latitudes. Discute la explicación y menciona otras causas, aunque ninguna alcanza para resolver el asunto.
La página siguiente tampoco decepciona. Un rubí de 175 quilates, imposible de tallar sin perder buena parte de su tamaño, termina convertido en un dragón con las alas extendidas. Poco después, un cronista sube al Vesubio en plena erupción y se encuentra rodeado de humo y fuego.
Cada vez que creo que el diario ya mostró lo mejor que tenía, vuelve a superarse.
De pronto me doy cuenta de que hace mucho tiempo que no leo así. Entonces me salta un recuerdo de la infancia, más precisamente un libro: Las aventuras del barón de Münchhausen.
Era un barón que viajaba montado sobre una bala de cañón y llegaba hasta la Luna. En una de sus aventuras seguía adelante con el caballo partido en dos. En otra salía de un pantano tirándose de su propio cabello.
Recuerdo las risas que me daba y lo difícil que era cerrar aquel libro. Ahora me cuesta salir de estas páginas.
Pero hay una gran diferencia: las aventuras del barón de Münchhausen eran un libro y esto es un diario. Estas historias aparecían junto con las noticias que la gente leía para enterarse de lo que había pasado durante el día.
El 23 de mayo aparece otro título magnífico:
"El duque de Pujatos. Atorrante, grande de España".
Un vagabundo ha muerto en el Paseo Colón y nadie conoce su nombre. El periodista escribe: "Tuvimos el pálpito de que el atorrante fallecido debía tener biografía interesante".
Con ese pálpito baja hasta el puerto. Allí le cuentan que el muerto perteneció a una familia noble española, ejerció como magistrado en Cuba y pasó catorce años preso por un crimen ajeno. En Buenos Aires vivía entre los vagabundos y gozaba de "prestigio de sabio".
De pronto aparece una mano.
Un peón remueve el depósito de estiércol del vivero municipal del norte y encuentra una mano humana en avanzado estado de putrefacción. La comisaría 22 inicia averiguaciones para saber de dónde salió.
El redactor podría terminar ahí. Agrega:
"Hasta ahora no había llegado el caso de perder tan fácilmente una mano como se pierde un objeto cualquiera".
Para viajar, abra el diario
Lo mismo pasa en otro artículo titulado "La odisea de un Adán". Tomás Fergoni está durmiendo cuando su exmujer entra cantando en la habitación vecina. Él golpea la pared y le grita que se calle. La discusión empeora. Fergoni entra en el cuarto de la mujer, la agarra del pelo con una mano y con la otra trata de arrancarle la lengua.
Después de la pelea, huye hacia el puerto. La policía informa "con toda formalidad" que anda vestido de un modo "muy parecido al de Adán".
El periodista lo imagina desnudo, recorriendo los malecones en una noche de invierno, y cierra la noticia así:
"Brrrr!...".
También llega una escena ocurrida en París. Un perro olfatea una levita expuesta en un escaparate y levanta la pata. El empleado sale y le da un puntapié. El animal rueda contra una niña que lleva un puchero de leche. Un anciano intenta sostenerla antes de que caiga y termina en el suelo con ella. En ese momento pasa una bicicleta y el ciclista cae encima de todos.
Para viajar, abra el diario
Los heridos se vuelven contra el empleado y la discusión termina en la comisaría. Allí los dejan libres porque falta el verdadero culpable: el perro, que ya había desaparecido.
El episodio no cambió gran cosa en París. De todos modos cruzó el Atlántico y consiguió un lugar en un diario mendocino. Evidentemente, había noticias que se publicaban por el simple gusto de contarlas.
Pero no todo era para reírse.
Desde San Francisco, en San Luis, llega la historia de una niña de quince años que cuidaba una majada de ovejas. Uno de los carneros la embiste, la derriba y continúa golpeándola cuando ya está en el suelo. La encuentran todavía con vida, pero muere poco después.
En otra fecha comunican desde Licola que un campesino cayó en un pantano poblado de sanguijuelas. Unos transeúntes consiguen sacarlo. Sale vivo, aunque las sanguijuelas "le habían chupado ya varios litros de sangre". Muere durante el traslado al hospital, desangrado.
Y el diario sigue, con el mismo tono.
Para entonces ya estoy metido en ese mes. También empiezo a pensar que todo esto permanece dentro de tomos que casi nadie puede consultar. Me dan ganas de que cualquier mendocino pueda abrirlos y sentir algo parecido.
El consuelo lo tengo delante, en el mismo arreglo. Estamos trabajando para que cada página vuelva a sostenerse y quien quiera pueda llegar hasta ella. Después hará su propio recorrido y encontrará cosas que a mí se me escaparon.
Con esa idea sigo un poco más. A esta altura ya voy vestido por completo de barón de Münchhausen. Se me hace tarde y tengo que volver a casa, pero cuesta dejar la lectura.
Antes de cerrar aparece "La casa endiablada". Más de doscientas personas rodean una vivienda de Buenos Aires donde se oyen ruidos y vuelan piedras desde el interior. Algunos aseguran haber visto sombras en los patios.
Para viajar, abra el diario
Un policía entra a investigar, cae por la puerta abierta de un sótano y sale herido. La comisaría deja la casa bajo vigilancia. El misterio queda, por el momento, con custodia policial.
Después encuentro un "Extraño fenómeno en el mar". Frente a San Pedro, en California, una mancha rojiza crece hasta extenderse por cientos de kilómetros. De noche, el agua se vuelve fosforescente y los peces parecen nadar entre luces verdes.
Llego al 31 de mayo esperando encontrar la mayor locura de todas. De alguna manera aparece, aunque por un lado que no había imaginado.
Está en el apartado de Ciencias.
La nota se titula "Lo que ha viajado Julio Verne".
El artículo cuenta que cualquiera, después de leer sus novelas, podía imaginar a Verne recorriendo el planeta. Había hecho apenas dos viajes breves por las costas de Francia. Casi todo lo demás lo había conocido desde su despacho, "a bordo de libros y mapas".
Leo eso en el subsuelo y me río. Yo acabo de hacer exactamente lo mismo y no tuve siquiera que levantarme de la mesa donde trabajo.
Guardo las páginas ya reparadas. Mientras junto mis cosas para irme, pienso que dentro de poco otro mendocino va a poder sentarse frente al tomo completo y abrirlo sin saber qué aventura le espera, como yo, de niño, abrí por primera vez Las aventuras del barón de Münchhausen.
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