"Papito" Barloa, creador del emblemático carrito: "Voy a trabajar hasta que Dios diga basta"
A los 76 años, sigue al frente del histórico comedero de avenida San Martín. Exboxeador, camionero y emprendedor, construyó durante más de tres décadas un lugar que es parte del paisaje nocturno de Mendoza.
Humberto "Papito" Barloa. | Foto: Daniel Caballero / Los Andes
Es un territorio entre fronteras. Tierra de nadie, le llaman en las guerras. Un espacio donde nadie manda, donde no hay beneficios ni obligaciones, ni reglas ni urgencias. Y si no hay nada de eso, entonces aparece otra cosa: la calma. El disfrute. Las conversaciones eternas, las risas sin límite ni motivo, los abrazos largos.
La esquina de avenida San Martín y Juan Pablo Morales es, de algún modo, un pequeño remanso en medio de la ciudad. Allí funciona Barloa, ese espacio único que cada quien define como quiere: parador, restaurante, chiringuito, reducto. Un lugar que parece escapar a las definiciones estrictas y que, justamente por eso, tiene algo de territorio propio.
Y allí está su dueño, Humberto Barloa, a quien todos llaman “Papito”, por su costumbre eterna de tratar a todos de “mamita” o “papito”.
“Y lo demás, todo bien, gracias a Dios”, dice.
Es su muletilla, su mantra. La frase que resume la filosofía de un hombre agradecido, que asegura haber trabajado “desde los 10 años”, pero que repite que “nunca me faltó nada”. Por eso agradece.
Se podría decir que Papito tiene un aura. Algo que hace pensar que, más allá de cualquier dificultad en el camino, Barloa siempre va a salir adelante y el árbitro terminará levantándole la mano en señal de victoria.
Tal vez no sea casualidad que Papito Barloa suene tan parecido a Rocky Balboa. Humberto fue boxeador y, de algún modo, quizás todavía lo sea. Solo que ya no tiene necesidad de tirar golpes. Porque se siente un bendecido, esencialmente.
La charla ocurre un martes por la noche, en este sitio que solo cierra tres días al año: el 24 y el 31 de diciembre, y el Viernes Santo, “porque no se come carne”.
Papito llega a las 21, como todas las noches. Cena frugalmente y luego se pone a trabajar como cualquiera de los que están allí: hijos e hijas, nueras, yernos y gente cercana que forma parte de esa familia extendida que funciona detrás del mostrador.
En las mesas de este lugar —que es “la desprolijidad con ese sabor especial que tiene la desprolijidad”, según alguna vez lo definió el Flaco Suárez, histórico actor mendocino y cliente de la casa desde hace décadas— se cruzan mundos distintos.
Por allí pasan obreros y empresarios, artistas y oficinistas, mujeres respetables y muchachas de las esquinas, jueces y estafadores. Todos buscan lo mismo: un lomo o un choripán, los únicos platos de una carta que, en realidad, no existe. Y sin embargo, eso alcanza para que este sea uno de los negocios gastronómicos más estables y emblemáticos de Mendoza.
Papito termina de cenar y hace una seña breve con la mano, invitando a sentarse. La charla empieza de la misma manera en que funcionan todas las cosas en este lugar: a su modo. Con cierta desprolijidad afectuosa.
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Humberto Papito Barloa (Daniel Caballero - Los Andes)
—Dígame, Papito, ¿qué edad tiene usted?
—Yo tengo 76. Nací el 13 de abril del 49. Fuimos seis hermanos: tres mujeres y tres varones. Tengo mi hermano mayor fallecido. Después tengo otro que vive conmigo en mi casa. Y también tengo una hermana fallecida. Las otras dos estaban en Buenos Aires; una de ellas también murió. En total somos tres los que quedamos: yo, una hermana que vive acá y mi hermano Miguel.
—¿Tiene 12 hijos?
—Sí, 12. Seis con una mujer y seis con otra.
—¿Dos mujeres?
—Sí. Mi señora propia falleció, murió de cáncer. Con ella tuve seis hijos. Y con la otra señora tengo seis más. Tuve con las dos mujeres la misma cantidad, ¿viste? Son cosas de la vida, viste cómo son.
—¿Dónde nació?
—Acá en Mendoza, en Godoy Cruz. Tengo propiedades ahí. No me quejo. Dentro de todo lo malo, estoy bien.
—¿Y su papá a qué se dedicaba?
—Nosotros fuimos fleteros toda la vida, para Molino Río de la Plata. Llevábamos alimento para gallinas y todo eso. Mi papá tenía camión. Trabajábamos para Molinos Río de la Plata y para otros también.
—¿Cuál es su recuerdo más bonito de la infancia?
—Mirá, mis recuerdos son todos lindos. Tuve una infancia buena. He laburado toda la vida. Yo trabajé con mi papá desde que tenía 10 años, en el camión. Y trabajamos siempre, siempre. Y lo demás, todo bien, gracias a Dios.
Papito Barloa fue boxeador. Su perfil lo delata de inmediato: el rostro duro, las manos grandes, la postura firme. Y él está orgulloso de ese pasado que, cuando lo cuenta, parece todavía cercano.
“Después boxeé mucho tiempo. Peleé mucho en Chile y gané bastante plata allá, dentro de todo”, dice.
—¿Entre qué años boxeó?
—Desde el 80. Yo peleé desde el 80 en Chile. Le gané a muchos de los mejores.
—¿En qué peso peleaba?
—Welter, 66 kilos.
—Linda categoría.
—Sí, linda categoría. Son los que pegan fuerte. Yo le gané a Jorge Pino por knock-out, a Miranda… no le gané a todos, pero tuve suerte.
—¿Cuántas peleas hizo?
—Hice varias. Muchas. En Chile peleaba cada quince días. En un año podía hacer como doce peleas.
—¿Y acá en Argentina peleó también?
—Sí. Yo debuté en San Juan, en mayo, con un tal Matamoros. Le gané por knock-out en el tercer round. Ahí debuté como profesional. Después peleé en federaciones, en Córdoba también. Y después me llamaron para ir a Chile.
—¿Usted era más técnico o pegador?
—No, técnico no era. Pegaba nomás, a las piñas. Pero bien. Gracias a Dios siempre fui fuerte desde chico. Mi padre fue pobre toda la vida, pero comíamos bien y yo tuve buena alimentación, y eso te hace fuerte. Y en el boxeo eso se nota.
—¿Cuándo dejó el boxeo?
—A los 37 años. Hasta los 37 peleé. Ya estaba grande y lo dejé. Yo gané buena plata en Chile. Después me vine para acá.
Además de boxeador, Papito también tiene el perfil de camionero. Y fue justamente ese oficio el que, con el tiempo, lo llevó a montar Barloa, el mítico comedero.
Es sabido que donde comen los camioneros se come bien. Y Papito usó su experiencia en la ruta y su propio paladar para saber qué ofrecer y cómo hacerlo.
Cuenta que, cuando volvió de Chile, “trabajaba con los camiones. Volteaba casas, hacía demoliciones. ¿Ves esas puertas? Son de demoliciones que hacía yo. Por suerte, trabajo siempre tuve. Gracias a Dios, bien. En mi vida no me puedo quejar. Siempre tuve que trabajar, pero me ha ido bien”.
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Humberto Papito Barloa atiende con la familia. (Daniel Caballero - Los Andes)
—¿Le hubiera gustado quedarse a vivir en Chile?
—No. Yo vivo en Argentina. Los chilenos son buena gente, pero yo vivo acá. Además la comida es otra cosa. En Chile yo no podía comer, me hacía la comida yo. No estaba acostumbrado. A mí me gusta la comida argentina. Me gusta el asado.
—¿Cuándo puso este negocio?
—En el 90. Yo hacía demoliciones. Cuando entró el gobierno de Alfonsín a mí me dejó sin trabajo, porque los materiales subieron mucho y la gente no podía construir. Yo había hecho unas demoliciones y tenía algo de plata. Entonces le dije a mi señora: “El día que la cosa empeore, no me voy a morir. Me voy a hacer un carrito y voy a vender choripanes en la cancha o en las carreras”. Así empezó la historia. Me hice una parrilla con cosas de demoliciones.
Pero antes ocurrió algo más que ayudó a Humberto Barloa a juntar el dinero necesario para arrancar.
“Un vecino me dijo: ‘¿Conocés el Santo de la Quebrada, en San Luis? Son tres días de fiesta’. Entonces cargué el camión, llevé la parrilla y manzanas para vender. Me fue muy bien. Vendí todo”.
Recuerda que de allí surgió la idea definitiva.
“Empecé vendiendo en la calle, cerca de la estación de servicio, a un par de cuadras de acá. Después alquilé este lugar. Lo alquilé durante 23 o 24 años”.
—¿Hasta el día que se quemó?
—Sí. Cuando se quemó vino el dueño, Don Pepe. Él ya me había dicho muchas veces que me vendía el lugar. Ese día se puso a llorar.
Yo le dije: “No te hagas problema, Pepe, lo voy a volver a hacer”. A los 45 días lo abrí de nuevo. Lo hice todo nuevo.
—¿Y los hijos heredaron su pasión por el trabajo?
—Sí. Este es mi hijo —dice señalando—, este es mi nieto, esta es otra hija… somos muchos.
—¿Qué se siente saber que hay tanta gente que depende de usted y de este trabajo?
—Yo puse este negocio por necesidad. Yo fui camionero toda la vida y sé dónde come el camionero: donde es barato y bueno. Siempre hice lomo, chorizo, asado, pero de lo mejor. Yo compro buen lomo, buenos chorizos, buena carne.
Después tuve que sacar el asado porque no me daba el tiempo para atender a toda la gente. Uno aprende en la vida. Si querés hacer las cosas bien, hay que ponerle empeño.
También hago mayonesa casera todos los días. Cuando empecé decían que no se podía. La llevaron a analizar y dio casi diez puntos, todo natural.
Este negocio lo amo. Acá crié a mis hijos. Las cosas que tengo salieron de acá.
—¿Esto abre todos los días?
—Sí, de lunes a lunes. Esto no se cierra nunca. Solo tres días al año: el 24 de diciembre, el 1º de enero y el día que no se puede comer carne, el Viernes Santo.
Yo soy el que compra todo: la carne, la verdura, todo.
—Usted que ha vivido tantas épocas del país, ¿cuál fue la mejor?
—Yo he trabajado en todas. No puedo decir una mejor. Siempre trabajé igual.
—¿Y la más difícil?
—Difícil fue la época de Alfonsín. Y la pandemia también fue complicada, porque antes trabajaba toda la noche. Igual acá nunca cerré. Atendía con la puerta cerrada.
—Acá vienen muchos artistas y músicos. ¿Por qué cree que pasa eso?
—No sé. Se fue dando. Acá vienen muchos cantantes y músicos, incluso famosos. Siempre trato de atenderlos bien.
Equipo que gana no se toca, dice un viejo refrán popular. Papito reconoce que lo aplica.
“Cuando se quemó el negocio todos me decían que lo hiciera distinto. Yo dije que no: nació así y tiene que seguir así”.
—¿Algún día se va a jubilar?
—No. Voy a trabajar hasta que Dios diga basta.
—¿Va al médico?
—No. Desde que boxeaba no me han puesto ni una inyección.
—¿Sabe qué presión tiene?
—No. Pero estoy bien, gracias a Dios.
—¿Nunca fumó?
—Fumé cuando andaba en los camiones, pero lo dejé.
Papito Barloa ha contado su historia mil veces. Se nota. La cuenta todas las noches y también la ha repetido en otros reportajes. La relata de manera algo desordenada, pero siempre coherente, y con una pasión intacta.
Es un hombre simple, agradecido.
En el comedero sus hijas, sus hijos, su amigo José —que es su chofer de camiones pero está allí porque se siente parte de la familia— son tan simples y afables como él.
Hablan fuerte, se ríen fuerte, dan la mano con firmeza y reciben a cualquiera como si fuera un conocido de toda la vida.
Papito reconoce que tiene varias inversiones en otros lugares: locales comerciales, una finca, camiones. Podría terminar sus días sentado tranquilamente en un sillón, satisfecho con lo conseguido. Pero no. Humberto Barloa está allí, entre las mesas, de lunes a lunes, todas las noches. Y cada mañana hace las compras para asegurar la provisión del lugar.
Da la sensación de que no sabe descansar, de que ni siquiera puede imaginarlo. Quizás, como él mismo dice, terminará su historia allí.
La personalidad del negocio y su éxito son tan fuertes que, en esa parte de la avenida San Martín y en los alrededores, han surgido imitaciones del Barloa y también otros comercios que funcionan gracias al movimiento que genera: kioscos, pequeños puestos y negocios similares.
El Barloa no tiene cartel visible. Y tampoco lo necesita.
Su cercanía se intuye por la cantidad de autos estacionados en la zona, de todos los modelos, presupuestos y colores.
En este lugar dicen que han pasado la mayoría de los artistas, deportistas y figuras nacionales e internacionales que han visitado Mendoza.
Papito no tiene ninguna foto de ellos. “Es que siempre alguno puede ponerse incómodo si ve la foto de otro y no la suya”, explica. Y acaso allí está una de las claves del lugar: todos son iguales en esas mesas.
Porque Humberto Barloa, Papito, su parrilla y su historia ya forman parte de un mito urbano que sigue vivo cada noche, entre el humo de la parrilla, el ruido de los platos y las conversaciones que nunca parecen terminar.
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Humberto Papito Barloa (Daniel Caballero - Los Andes)
Comer, trabajar y acordarse
Papito Barloa pasa la mayor parte de su vida en la vereda. Su negocio funciona prácticamente sobre la calle y, durante años, cerró de madrugada. Aun así, dice que nunca tuvo problemas de inseguridad. “Nunca he tenido problemas, gracias a Dios”, asegura.
Cree que parte de esa tranquilidad tiene que ver con algo que hizo durante mucho tiempo: dar de comer a chicos que andaban por la zona. “Antes yo les daba de comer a muchos niñitos. Por ahí ahora son hombres y se acuerdan de eso”.
Papito habla sin grandes teorías. Su mirada es simple y directa. Para él, la clave es trabajar y ayudar cuando se puede. “Tienen que estudiar, trabajar, hacer algo. Nosotros, que estamos un poco mejor, tenemos que ayudar a la gente. Para que el día de mañana ellos sean algo, o sus hijos, o sus familias”.
En la calle se ven muchas historias, dice. Algunas buenas y otras no tanto. Hay chicos que tuvieron una familia que los sostuvo y otros que no. “A veces uno critica, pero hay que ver de dónde vienen. Muchos no tienen la culpa de la enseñanza que recibieron”.
Por eso insiste en la misma idea: trabajar, tratar de vivir bien y no terminar tirado en la calle. “Yo acá lo veo todo el día”, concluye.
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El lomo de Humberto Papito Barloa (Daniel Caballero - Los Andes)
Ping pong
Un gusto: Me gustan los camiones. Siempre me gustaron. Y mi finca, mi casa.
Un viaje: He viajado mucho para el norte: Santiago del Estero y todo eso. El sur conozco menos. Y Chile lo recorrí bastante, al norte y al sur.
Una comida: El asado y los fideos. El domingo siempre fideos.
Un consejo a los jóvenes: Tienen que trabajar y estudiar. Nosotros los mayores tenemos que ayudarlos para que el día de mañana sean alguien. Hay chicos que no tienen la culpa de la familia que les tocó.