Lo que Quino nos dejó: la entrevista secreta

Lo que Quino nos dejó: la entrevista secreta
En esta foto del 15 de septiembre de 2014, el caricaturista argentino Joaquín Salvador Lavado, "Quino", posa junto a su personaje de Mafalda en la exposición "El mundo según Mafalda", en Buenos Aires.

En 2004 Los Andes entrevistó a Joaquín Lavado en Madrid, en un largo artículo que no se conoció en formato digital y que sólo se distribuyó en la edición local de Rumbos. Frases para entender por qué fue el artista mendocino más grande de la historia

Sus palabras se escuchaban como piedras pesadas. Desde su casa de Madrid, el tono quejoso de Quino se ajustaba al perfil de humorista nostálgico, algo irritable, que construyó durante estos más de 60 años de actividad que se apagaron ayer. Joaquín Lavado, el hombre de San José, Guaymallén; el tipo que aprendió a dibujar inspirándose tanto en las obras de arte de su tío artista plástico como en las siluetas desbordadas de Rico Tipo; el señor de la mirada Woody Allen; el papá del personaje más irreverente, lúcido y querible del mundo hispano, recordó en esta entrevista secreta (que nunca fue publicada en formato digital, y formó parte de la impresión local de la revista Rumbos) cómo era él a la edad de Mafalda. Los Andes reproduce hoy aquella charla, porque en sus palabras trasunta la geniliada del más universal de los mendocinos. De los argentinos.

Mendoza, 30 de Setiembre de 2020 Sociedad Quino Mafalda Fallecio Joaquin Salvador Lavado Quino, Dibujante y artista, padre de Mafalda, entre otras creaciones Imágenas de Mafalda y otros personajes creado por Quino en calle Arístides Villanueva de Ciudad

Sus días en la infancia

Madrid, 2004. “Mi días en Mendoza, cuando era niño, eran como los de todos los chicos. Recuerdo estar jugando en la calle, asomado a las acequias, haciendo barquitos. Claro, cuando las acequias no estaban cubiertas como ahora”, lanza de un tirón, para después quedarse en silencio. El bache, tal vez, le permite rememorar algunas de aquellas noches del ’30. Y en eso, vuelve a ver alguna de las caritas de crayones que trazó sobre la tabla de la mesa familiar (travesura nunca del todo reprimida). O revive esos días en la escuela Cano, a solas con su mundo de garabatos; universo más amable, más suyo, que el de las matemáticas o la ortografía.

-Caloi comentó que había descubierto bocetos de cuando era niño donde aparecían tímidos Clementes. ¿Existió una versión de Mafalda en sus días de juventud?

- No, del personaje no. Es más, no recuerdo haber bocetado nada parecido. Sí que dibujaba y mucho. Me crié con mi tío Joaquín Tejón que era un gran pintor; él además dibujaba para el Diario Los Andes. Yo hacía lo que podría haber dibujado cualquier chico: casitas, coches, las montañas supongo...

-¿Y cómo empieza con las historietas?

- Leyendo las revistas que compraban mis hermanos: el Billiken, el Toni, Patoruzú, Rico Tipo. Y mirando atentamente a los dibujantes argentinos, que los han habido y muy buenos: Lino Palacios, Vivito, Oski… Ellos influyeron mucho en mí. En esa época había muchas tiras sobre oficinas y vida familiar (muchas esposas y suegras), argumentos que hoy están un poco olvidados. Quizá de allí tomé esas mujeronas robustas de mis páginas de humor.

- ¿Publicó en Mendoza antes de partir a Buenos Aires?

- Mi primer dibujo apareció en Diario Los Andes, era una publicidad para la Casa de Las Heras. Aún hoy me acuerdo de la emoción que tenía. Estaba contento, tenía 17 o 18 años, y era una buena manera de ganarse algunos pesitos. Y luego realicé para el diario de Los Montes una serie de ilustraciones de humor sobre temas que tenían que ver con la cosecha o con la uva. Nunca fueron reeditados y, creo yo además, se perdieron los originales. Es más, no sé si tengo alguna reproducción en casa. Hasta que no apareció la fotocopiadora uno entregaba el material y lo perdía. Siempre traté de recuperarlo, pero hasta a veces los tiraban en la misma redacción.

- No mucho después decidió irse de la provincia.

- Sabía que para esta profesión había que instalarse en Buenos Aires. Hasta que no apareció la revista Hortensia en Córdoba, era muy difícil publicar fuera de la Capital Federal. Hoy con los medios que existen, enviar el material es más sencillo. Así es como el Negro Fontanarrosa no se mueve de Rosario; hoy todo es posible con internet y los scanner. Aunque yo sigo mandando todo por correo, no uso la computadora para nada. Además, tengo dificultades con la vista y la pantalla.

- ¿Cómo fueron los primeros días lejos de su familia?

- Terribles. Sí, extrañé muchísimo a Mendoza. Los tres, cuatro primeros años fueron muy difíciles. Imagínese, pasar de una ciudad tranquilita como Mendoza a lo que es Buenos Aires.

- ¿Hoy ya exorcizó la nostalgia?

- Extraño aún los cielos de noche con tantas estrellas. El verano paseando por los barrios, esos jardines con olor a jazmín... Sí, todo eso extraño mucho. Regar las plantas del patio, trepar la escalera para subir al parral a comer uvas… Teníamos una gran higuera en el patio de casa. Viví siempre en San José, primero en una casa de la calle 12 de octubre, y después en Saavedra 318. Esta casa se terminó de arruinar con el terremoto de Caucete. Una vez, recuerdo, volví a Mendoza y vi toda la casa destruida. Entré como pude -se había caído parte del techo- y logré recuperar un trozo del empapelado del dormitorio de mis padres, que hoy atesoro.

- ¿Tiene ganas de volver a Mendoza?

- Y, la familia sigue toda en Mendoza; tengo algún pariente en Buenos Aires y mis amistades están en la Capital. Ir a vivir a Mendoza me parece difícil, pero no está todo dicho... (Ríe) Uno nunca sabe.

Un ramo de flores en el monumento en el Parque General San Martín de Ciudad.

Feliz parto

La historia es conocida: con la ayuda económica de su hermano, Quino se afincó en Buenos Aires. Allí giró por las redacciones de los medios gráficos con sus páginas de humor bajo el brazo, sin saber cómo lograría aquel sueño tramado bajo una higuera. Más aun, sin saber siquiera cómo no perderse en aquel laberinto de avenidas.

Su carrera remontaría abruptamente a partir de un pedido de esos que, en principio, resultan nada tentadores: para apoyar el lanzamiento de la marca de electrodomésticos Mansfield, una agencia le encargó una tira con una familia de argentinos que cada tanto, y subrepticiamente, utilizara los aparatos eléctricos. Los diarios no cayeron en la trampa publicitaria, y la historieta fue a parar al archivo personal del dibujante. Poco tiempo después, en setiembre de 1964, Mafalda salió del armario, ya sin imposiciones ni presiones de ningún tipo. Apareció en Primera Plana, El Mundo, Siete Días… Un derrotero que continuaría hasta 1973, cuando un Quino agotado hizo que sus personajes se despidieran de los lectores. Nada terminó allí, las imperecederas historias de Mafalda y sus amiguitos, reeditadas en diarios, revistas y en decenas de libros, se leen, desde la Argentina a la China, tanto o más hoy que en su propia época.

Así fue como la pose burguesa de Susanita, el discurso contestatario de Mafalda y las inseguridades existenciales de Felipe, aguijonearon sin piedad el inconsciente colectivo de sociedades enteras. El joven Quino, a la sombra de una higuera de Mendoza, no había pedido tanto. Ni mucho menos.

- ¿Qué es lo más complicado en la tarea del humorista?

- Lo más tortuoso es el compromiso de la entrega con la redacción, sin ninguna duda. Es bastante feo el síndrome de la página en blanco sabiendo que uno tiene una hora para enviar el dibujo. Es algo que conoce todo periodista.

- ¿Realmente resultaba muy trabajoso? ¿Cuántas horas le llevaba hacer la tira?

- ¡Era terrible el tiempo que me consumía! En un día, tardaba al menos cuatro horas para pensar la historia y cuatro más para realizar el dibujo. Además, no podía estar todo el día con eso; tenía que entregar otros trabajos. Pero a pesar de lo que yo creía, la tarea no se me alivianó cuando abandoné Mafalda. Con mi página de humor sigo sufriendo como ayer los tiempos de entrega.

- ¿Qué cosas le hacen reír?

- Actualmente muy pocas cosas cotidianas me hacen reír. Muy poco… o algunas que de tan trágicas me dan risa. Como esta noticia que sale en el diario de hoy: “una persona apuñaló a su dentista porque le hizo doler” (ríe como nunca). ¡Tan terrible que da risa!

- Hay que decírselo, usted con sus viñetas suele ser bastante despiadado con temas como la muerte...

- Sí (no lo dice muy convencido). Pero más que nada la gente reacciona cuando toco temas sensibles como la religión o la droga... Recibí más de una carta de lector enojado, pero trato de ser cauto con eso.

- Con la gimnasia de pensar tantas historias durante veinte años ¿no se le han ocurrido nuevos argumentos para Mafalda?

- No, si uno no se pone con el block delante, no surge absolutamente nada. Es así como trabajo. Sí observo permanentemente todo lo que lo que me rodea, con mucho detalle. Pero el sentido de la observación es algo que todos los dibujantes debemos tener.

- Cuando repasa Mafalda, ¿qué puede criticarse a sí mismo?

- Me critico que ella es demasiado discursiva, de los personajes es el menos espontáneo. El más prefabricado. Y luego, que uno dibuja muchas cosas inútiles, elementos que no hacían falta... Pero bueno, lo hecho, hecho está.

¿Y dónde está Mendoza?

En las páginas preliminares de Toda Mafalda (Ediciones de la Flor), el dibujante Rep se anima a deslizarle algunas preguntas a Quino (quien no las contesta, al menos en ese volumen). Una de ellas dice: “¿Qué pasa que no aparece (en las tiras), ni remotamente, la Mendoza natal de Quino?”. Y sigue el creador de Socorro: “No pretendo un Amarcord, pero, mi viejo, ni una sola acequia, ni un paisaje, un aroma, una vid, algo…” El mendocino recuerda muy bien la duda del humorista porteño; no hace falta ni formulársela por entera para que ensaye esta respuesta: “Es muy sencillo, cuando yo hice Mafalda vivía en San Telmo, Buenos Aires, y más o menos copié la geografía del barrio en que yo vivía. Las empalizadas de los baldíos, con las plantitas que crecen en las cornisas, los adoquines... La acequia, por ejemplo, no es algo muy conocido fuera del ámbito de Cuyo. Cuando llegué a Buenos Aires, entre otras cosas, me tuve que adaptar a una manera de escribir que no era la mía y tuve que dibujar también cosas que no eran familiares para mí. Fue todo un trabajo. Pero me pasó hasta en la vida cotidiana. Para mí ya no era ‘aliñar la ensalada’, sino prepararla; no era ‘canilla’, sino surtidor”.

- ¿Nota en Mafalda algún perfil mendocino, o ella es absolutamente porteña?

- No, Mafalda tampoco es porteña. El barrio en el que yo me crié era muy especial; era como si me hubiera criado en el Mediterráneo. Mis padres y mis tíos eran todos andaluces, el carnicero era español, el verdulero era italiano, el pescador también, además pasaban siriolibaneses vendiendo cosas... Mi contacto con la Argentina empezó recién cuando yo ingresé en la escuela primaria. Y claro, nunca fui un argentino típico, de tomar mate, de hacer asados, de bailar tango. Los problemas que he tratado de pintar siempre fueron universales. Además, mi infancia fue muy influenciada por la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo que en la primera página del Diario Los Andes siempre estaba la guerra, con todos los mapas y los combates. Luego, estuve en una escuela primaria fantástica (Guillermo G. Cano, de Guaymallén), donde tenía que dibujar mapas de todo el planeta, y todos los ríos. Cosas que ya no se estudian. ¿Qué saben los chicos hoy donde queda Gibraltar? Yo lo tuve que estudiar.

- ¿Sufrió la escuela como Felipe?

- Sí. Más que nada cuando empezaban las clases. Después no tanto, me acostumbraba y al final, hasta me gustaba…

Un joven saca fotos a las esculturas de los personajes creados por Quino.

Final y principio

Cuarenta años después (esta entrevista se realizó en 2004) Quino confiesa que sobrevivió a Mafalda. Que ya no le molesta los reproches de a cientos por haber dejado, hace 30 años ya, a tanto seguidores huérfanos de su personaje favorito. ¿Favorito? Necesario, mejor. Que lo hecho, hecho está y que Mafalda no volverá ni en tira, ni en película, ni en obra de teatro. Ni en figuritas. Que tampoco tiene más para decir sobre los temas de hoy, que son los de ayer. ¿O acaso alguien superó a Los Beatles? ¿O terminó la disputa árabe israelí? ¿O los argentinos superamos la crisis de sabernos argentinos? Que, total, él confía en que con cada relectura nos volveremos a reír, y que él se seguirá preguntando de qué nos reímos.

“Y, claro el drama de ser presidente es que si uno se pone a resolver problemas de Estado no le queda tiempo para gobernar”, dijo Mafalda alguna vez y lo dice hoy.

Cuarenta años después Quino confiesa que sobrevivió a Mafalda. Pero se equivoca, Mafalda es la que ha sobrevivido. Sobrevivió a los cuarenta años, al mundo y hasta al propio Quino.

“En el mundo cambió sólo la tecnología pero después todo sigue bastante igual de mal –confirma el humorista-. En una charla que di en Salamanca se comentó eso. Desde que yo dejé a Mafalda sólo cambiaron los nombres de las guerras y los villanos, pero todo lo demás sigue y bastante peor. A eso se le ha agregado el terrorismo globalizado que hasta hace poco no existía”.

- Bueno, esa ha sido su excusa de cabecera para no volver con Mafalda cuando le reprochan tanto haberla abandonado.

- Claro, si ya está todo dicho. Además ya no me molestan tanto con reproches. Hace treinta años que dejé de hacerlo.

- ¿Cuando supo interiormente que aquel “nos tomamos unos días” de 1973, era un hasta siempre?

- Ya sabía de entrada que no volvería con la tira.

- O sea que nos engañó a todos.

- No, uno nunca está tan seguro de nada. Me costó bastante tiempo decidirme. Y siempre me atrajo más mi página de humor que sostener un personaje así.

- ¿Cree que Mafalda podría haber sobrevivido a la época del proceso?

- Supongo que no. Fue uno de los motivos para dejar. Ya se veía a la Triple A, se estaba poniendo fea la cosa. Había periodistas desaparecidos, tuve amigos desaparecidos...

- Cuéntenos el final de la historia. ¿Manolito compró el supermercado, Mafalda consiguió el puesto de traductora de la ONU, Susanita se casó…?

- No tengo ni idea (ríe). Nunca los pensé como personas de verdad, en serio.

Quino pincha los globos con facilidad. A veces los dibujantes son despiadadamente realistas. Claro, su tarea no es la de hacernos reír, cómo podríamos creer. La misión del humorista es la de hacernos ver; el humor es apenas una de sus artimañas.

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