La victoria de Diego: tuvo una compleja cirugía, sufrió bullying y halló en Mendoza el mejor lugar para vivir

Fanático de River Plate y apasionado por la historia, su ejemplo es inspirador: asegura que esta provincia le cambió la vida por la grandeza de su gente.

La victoria de Diego: tuvo una compleja cirugía, sufrió bullying y halló en Mendoza el mejor lugar para vivir
Diego Díaz, de 17 años, originario de Buenos Aires, llegó a Mendoza hace un año después de vencer un tumor. Apasionado por la historia, sueña con escribir libros y convertirse en periodista deportivo. Foto: Ignacio Blanco / Los Andes

El punto de partida del largo peregrinaje que atravesó Diego Díaz (17) entre médicos, tratamientos e internaciones en hospitales fue exactamente el día en que cumplía 5 años, en su casa de San Isidro. En medio de los juegos en el pelotero, una patada en la cabeza “despertó” el diagnóstico más inimaginado: un quiste aracnoideo ubicado en el parietal izquierdo. Algo así como un tumor del tamaño de una pelota de tenis.

Diego, que había nacido el 25 de enero de 2006 en Pinocchio, Ancona, región de Le Marche, Italia, donde sus padres se habían radicado, jamás había sufrido hasta entonces ningún problema de salud.

Y de repente, en enero de 2011, ya de vuelta en Argentina y con solo cinco años, descubrimos sus primeras ausencias y convulsiones. Luego supimos que siempre las había tenido. Venía corriendo hacia mí y quedó parado en el lugar, inmóvil. Fueron 30 o 40 segundos terribles, eternos, y pensé que le había dado un infarto”, repasa Vicky, su mamá.

De una consulta “tranquila” en la guardia pasó a permanecer internado una semana. “Después de miles de estudios nos dijeron que algo había en el cerebro, nos visitó un neurocirujano y dijo que había que entrar en la cabeza y ahí sabrían qué hacer para terminar con el tumor. El quiste estaba pegado al cerebro pero no adherido y eso fue un aliciente”, completa Vicky. La craneotomía, finalmente, se llevó a cabo con éxito el 12 de abril de 2011.

Vicky lo explica así: “Nos dijeron que era un cuerpo fácil de extraer por su lugar y morfología y lo fueron succionando de a poco con un aparato. El tumor era lo que le provocaba ausencias y convulsiones”.

Lo cierto es que aquel episodio lo mantuvo casi un año en reposo y con medicación para evitar convulsiones y ausencias. De a poco iba mejorando con el apoyo de su familia, aunque retomar su vida cotidiana no resultó fácil y en muchos aspectos debió comenzar de cero y desarrollar al máximo su memoria.

El 10 de marzo de 2013 representó una fecha trascendente para Diego, quien ese día tomó sus medicaciones por última vez. “Tuvimos miedo, no voy a negarlo y dormíamos de a ratos porque lo controlábamos de día y de noche”, agrega su mamá.

Renacer en Mendoza

Por razones laborales de su papá, Diego y su familia, compuesta por tres hermanos más, se mudaron a San Rafael después de la pandemia. Y en mayo de este año recalaron en el barrio Dalvian de la ciudad de Mendoza, donde está finalizando 4to año de la secundaria en el colegio San José de los Hermanos Maristas.

Tras un proceso largo y repleto de logros, porque ya no necesita maestra integradora, sorprende a propios y extraños con sus conocimientos sobre la historia mundial y está decidido a estudiar el profesorado en la Universidad Nacional de Cuyo.

Diego posee una pequeña debilidad motriz fina en la mano que le impide escribir con rapidez. “Por eso ama los exámenes orales y también a sus profesores, que encontraron ese modo de hacerlo rendir, siempre que se pueda”, dijo su mamá.

Fuimos a la UNCUyo a una charla preliminar con gente de la carrera de Historia y quedaron maravillados porque en general nadie quiere dar exámenes orales”, agrega Vicky.

Para Diego, Mendoza es “la mejor provincia del mundo”.

“Amo su gente, su paisaje y cómo me tratan. Aquí me siento feliz, nadie me juzga por la forma en la que hablo, me muestro como soy y encontré seguridad y tranquilidad, algo nada fácil en estos tiempos. Dejé de ser una persona tímida y disfruto de la libertad y descubrí quién soy, cómo quiero ser y me encanta”, define.

Y sigue: “Los mendocinos son amables, auténticos, empáticos y honestos y en mi caso sentí que están en las buenas y en las malas. Gente dispuesta siempre a ayudar sin esperar nada a cambio”.

Su pasión por la historia (de todas las épocas y de todas las naciones) surgió cuando era muy pequeño, charlando con sus nonnos.

“Solía hablar de las guerras mundiales, del antiguo Egipto; del Virreinato del Río de la Plata; de los reyes de España; los borbones y mucho más”, enumera. De a poco, alentado por su prodigiosa memoria y su gran inteligencia, se convenció de que ese sería su futuro.

“Conocer la historia es primordial para entender porqué estamos como estamos y de dónde venimos. Creo que mueve al mundo y nos sirve para descubrir qué cosas no debemos repetir”, reflexiona y se esperanza: “Deseo que la forma de enseñanza sea más dinámica y llevadera porque, de ese modo, a los estudiantes les gustaría mucho más y no la verían como una materia densa y pesada. Creo que hay maneras de dictarla de forma más entretenida”.

Diego es positivo en cuanto al futuro del país: “Soy optimista, pero eso sí: tenemos que dejar de decir que somos un país de mierda y entre todos tenemos que luchar y amar a la Argentina”.

Respetuoso y educado al extremo, recuerda los episodios más difíciles de su vida con gran entereza: “Solía tener miedo a morirme, pensaba que todo se iba a terminar y muchas veces esa sensación no me dejaba dormir”.

Después de la cirugía que marcó su vida para siempre, y durante muchos años, Diego fue víctima del bullying.

“Por cómo hablo, cómo me expreso, por mi físico o por mi timidez. También soy una persona que se toma todo literal. Fue muy duro y me las hicieron todas las que uno se puede imaginar”, agrega.

“Claro que cuando uno es chico todo eso lo afecta, las burlas eran duras y yo demasiado inocente. Me tomaba las cosas al pie de la letra y eso hacía que los demás se aprovecharan. Esto sucedió incluso hasta hace poco tiempo, pero ya es una etapa superada”, advierte.

También evoca cuando, siendo un niño muy chiquito, comenzó de nuevo tras la cirugía a aprender cosas básicas como caminar, hablar, leer, comer y relacionarse con otros chicos.

“Salita de 5 años tuve que hacerla dos veces”, cuenta, y asegura: “Creo que, más allá de todo, me trajo beneficios porque de no haber sido por eso no hubiese sumado gente maravillosa y amigos de fierro que siempre estuvieron y siguen estando”.

Enumeró a sus amigos “de oro”: Santucho, Fernando, Damián, Fidel, Enzo, Diego, Fratu, Tato, Marti, Jose, Anto, Nacho, Toto, Juanchi, Caremona, Sabri, Pauli… y muchos más que lo ayudaron a salir adelante. También a profes y preceptores como Juan, Roxana, Isma, Dina, Fabio, Bermejillo, Sicatto, Lorena, y sus grandes entrenadores, Diego, Hernán, Sergio. Y sus terapeutas Rosa, Carla, Lucas, Marcelita y Aye.

“San Rafael fue un verdadero paraíso, el lugar donde encontré miles de cosas buenas y donde pude, por fin, tomarle el gusto al colegio. Por primera vez sentí que mis compañeros me valoraban y eso también lo siento acá en Mendoza donde soy profundamente feliz”, reflexiona.

También menciona la invalorable ayuda de su mamá, la persona más incondicional de su vida. “Me impulsa a ser cada vez mejor, a superarme, a disfrutar la vida y a ser feliz. Siempre con valores como el respeto, el amor y la honestidad”.

A la hora de dejar un mensaje para los chicos que atravesaron un problema de salud y que debieron sortear las consecuencias, como le sucedió a él, aclara: “Que nunca se den por vencidos, siempre para adelante sin importar las adversidades ni las circunstancias, siempre sale el sol”.

“Estoy convencido de que jamás hay que dejar de ser una buena persona, aunque nos crucemos con gente que no sea igual. El respeto, la amabilidad y la humildad son fundamentales”, concluye y finaliza: “Nada mejor que saber ponerse en los zapatos del otro”.

Una familia de seis, hermosa y unida

Vicky y Gabriel, los padres de Diego, se casaron de jóvenes y se instalaron en Italia, donde nació su primer hijo. Más tarde, de regreso a su ciudad natal, San Isidro, tuvieron tres hijos más: Juana, Sofía y Vitto.

“Somos los seis muy unidos y muy íntimos y eso es lo que más me emociona de mi familia. Estoy orgullosa de todos y especialmente de Diego. Me emociona verlo tan hermoso después de haber pasado tantas cosas. Es un milagro y, además, mi compañero de caminatas”, señala.

Tras la pandemia, por razones laborales, la familia se instaló en San Rafael, donde Vicky es mamá “tiempo completo”.

“Amo que mi casa sea un club y también nuestras charlas con Diego. Siempre le digo que aquel que hace burla es porque tiene un problema, una falta, que no es un tema suyo y no debemos enojarnos, es alguien que la está pasando peor. Además, le quito dramatismo, todos en algún momento bromeamos y no está mal”, señala.

Vicky dice, con orgullo, que su hijo es un resciliente que supo “empezar a vivir” en Mendoza y por eso está agradecida.

“Su historia atraviesa los puntos cardinales. Admiro mucho a Diego por varios motivos, pero sobre todo por su increíble bondad”, finaliza emocionada.

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