21 de marzo de 2026 - 20:21

La paradoja argentina: un país "feliz" pero en alerta por la salud mental, incluido Mendoza

Aunque Argentina se ubica en la mitad del ranking global de felicidad, los datos muestran un crecimiento sostenido del malestar emocional. En Mendoza, esa tendencia se refleja.

Argentina ocupa el puesto 44 en el ranking global de felicidad, con una valoración promedio de 6,43 sobre 10. Pero, detrás de ese número aparecen señales cada vez más visibles de malestar: el aumento de problemas de salud mental, especialmente en jóvenes, y una presión creciente sobre el sistema sanitario que se hace evidente en Mendoza desde hace un tiempo.

El Informe Mundial sobre la Felicidad 2026 ubica al país en una posición intermedia a nivel global. El reporte, elaborado por el Centro de Investigación sobre el Bienestar de la Universidad de Oxford en colaboración con Gallup y la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la ONU, señala que los argentinos mantienen altos niveles de apoyo social, uno de los factores clave para el bienestar.

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Pero, según el mismo estudio, los argentinos también conviven con una fuerte percepción de corrupción, tensiones económicas y un desgaste cotidiano que impacta en la calidad de vida. Esa combinación configura una paradoja: emociones positivas que aún predominan, pero con un trasfondo de ansiedad, estrés y preocupación cada vez más extendido.

En paralelo, los datos sanitarios refuerzan esa tendencia. El ministro de Salud de Mendoza, Rodolfo Montero, sostiene que entre 30% y 40% de la población atraviesa algún problema de salud mental, como ansiedad, depresión u otros trastornos. Lejos de tratarse de casos aislados, el fenómeno se volvió masivo y transversal.

Un sistema bajo presión

La demanda en salud mental crece de forma sostenida y ya supera la capacidad de respuesta del sistema público. Según explicó el ministro, cada ampliación de camas termina siendo absorbida de manera inmediata por nuevos pacientes, lo que evidencia la magnitud del problema.

En los últimos años se sumaron áreas específicas en hospitales generales, centros de día, casas de medio camino y una ampliación de la atención en crisis, que ahora funciona las 24 horas. También se incorporaron profesionales en las guardias, con esquemas presenciales y de telemedicina. Pero, la demanda sigue creciendo a un ritmo mayor y los recursos resultan insuficientes.

Jóvenes en el centro de la crisis

Uno de los aspectos más preocupantes es el impacto en las nuevas generaciones. Los casos de depresión, ansiedad y autolesiones aparecen cada vez a edades más tempranas.

A nivel global, el informe “La mente mundial 2025” del Global Mind Project coincide con este diagnóstico. El uso temprano de smartphones, el consumo de alimentos ultraprocesados, la disminución de la espiritualidad y el debilitamiento de los vínculos familiares aparecen como factores asociados al deterioro de la salud mental, especialmente en jóvenes.

Desde la mirada clínica, uno de los cambios más significativos está vinculado al impacto de la virtualidad y los cambios en las formas de socialización. “El gran cambio que vengo notando, por lo menos yo en los jóvenes, tiene que ver con cómo la virtualidad nos ha atravesado en todos nuestros ámbitos: laboral, escolar, familiar y vincular en general”, explica la licenciada en psicología, Martina Lecea.

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Esta es la razón por la cuál a los jóvenes les da miedo atender el teléfono.

Esta es la razón por la cuál a los jóvenes les da miedo atender el teléfono.

Ese cambio no es solo tecnológico, sino también subjetivo. “Cómo a raíz de eso cambia, por ejemplo, nuestra percepción del tiempo. Estamos en la era de la inmediatez, y esto se ve representado en la capacidad para tolerar un proceso o un duelo”, señala.

En ese marco, debido a la prominencia de la imagen y los videos cortos se vuelve cada vez más difícil sostener emociones complejas. “Hay una dificultad, en algún punto, de tolerar ciertas emociones, de angustiarse; como que rápidamente se quiere pasar a la satisfacción”, describe. También aclara que no es algo que le sucede solo a los jóvenes, sino a todos.

La dificultad de sostener procesos

La lógica de la inmediatez también impacta en los vínculos y en la atención. “Hay chicos y chicas a quienes les cuesta mantener una conversación durante un tiempo prolongado, o pierden el interés rápidamente, no solo en una conversación sino también en actividades”, advierte Lecea.

Esto se traduce en una menor tolerancia a la frustración. “Apenas algo deja de generar un poco de satisfacción, se siente como que ya está, que ya no es por ahí”, agrega.

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Como consecuencia, muchos procesos emocionales quedan sin elaborar. “Hay personas que vienen con un monto de angustia muy grande, porque no se ha podido tramitar algo de esta frustración o de estas pérdidas”, explica.

A esto se suma otra dificultad central: “Hay un gran problema en la palabra, en poder simbolizar lo que está pasando”.

Más información, más confusión

El crecimiento del malestar convive con una mayor visibilidad del tema. “Han habido muchos índices que han aumentado en este último tiempo con respecto a enfermedades de salud mental o tasas de suicidio, y también se está hablando más del tema”, señala la especialista.

Pero, la sobreexposición también tiene efectos negativos. “La sobreinformación también a veces tiene un papel perjudicial, porque genera una ilusión de respuestas que no siempre es real”, advierte.

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Aparece así, una tensión entre los tiempos de la vida cotidiana y los tiempos de la vida emocional. “No hay mucho espacio o tiempo para ponerse triste, para angustiarse, para pensar o reflexionar sobre un problema”, explica.

Esa urgencia se traduce en síntomas concretos: “Cada vez se ve más esto de querer salirse rápido de la angustia, como si hubiera que resolverla inmediatamente”. En ese escenario, “la ansiedad y la depresión son un poco las patologías de la época. Pero, también hay que poder ver el caso a caso y evitar que generalizaciones o etiquetas”, sostiene.

El peso de los vínculos

Frente a este panorama, el entorno cercano adquiere un rol clave y América Latina presenta una particularidad: la fortaleza de los lazos familiares. Argentina se ubica entre los países con mayor nivel de vínculos estrechos, con un 70% de la población que declara mantener relaciones cercanas con su familia, lo que configura una red de apoyo central para el bienestar.

Según los datos, quienes tienen vínculos familiares débiles presentan hasta cuatro veces más probabilidades de atravesar problemas de salud mental en niveles críticos. Por el contrario, las relaciones cercanas se asocian a menores niveles de depresión y a un mayor bienestar a lo largo de la vida.

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En este contexto, los vínculos funcionan como un factor protector, especialmente en jóvenes. “El rol adulto es fundamental en propiciar espacios de diálogo y de interacción”, sostiene la psicóloga Martina Lecea. En la misma línea, remarca que “la amistad es un factor muy importante” en la construcción de sostén emocional.

Ese acompañamiento requiere equilibrio. “No es lo mismo prestar atención que controlar”, advierte, en relación con la importancia de acompañar sin invadir. A su vez, subraya la necesidad de una detección temprana: “Señales fundamentales para observar son la alimentación, la higiene y el sueño”.

Más que un problema personal

Mientras Argentina mantiene niveles intermedios de felicidad en el escenario global, los indicadores muestran un malestar creciente que impacta con mayor fuerza en los jóvenes.

Para las autoridades, la salud mental ya no puede pensarse solo como una cuestión médica. Desde el Ministerio advierten que es necesario instalar el tema en la agenda pública y avanzar más allá de la respuesta asistencial. También remarcan la importancia de desestigmatizar la salud mental y hacerla más accesible en el lenguaje cotidiano.

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El acompañamiento familiar, la escucha y la atención a cambios de conducta son señalados como herramientas fundamentales para intervenir a tiempo frente a situaciones de riesgo.

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