Revisar las viejas páginas de Los Andes supone asomarse a una Mendoza muy distinta de la actual. Entre noticias políticas, avisos comerciales y debates cotidianos aparecen pequeñas crónicas que, con el paso del tiempo, adquieren un enorme valor histórico. Algunas de ellas retratan un universo donde la muerte formaba parte de la vida diaria y donde la precariedad de los servicios públicos dejaba escenas que hoy parecen inverosímiles.
El 19 de octubre de 1886, el diario publicaba una breve nota titulada "Al hombro", dedicada a un personaje anónimo del departamento de Las Heras:
"En el Departamento de Las Heras hay un prójimo de tan humanitarios sentimientos, que sin gratificación alguna se encarga de conducir al hombro los cadáveres de todas aquellas personas que mueren en estado de indigencia."
La noticia continuaba señalando que:
"Casi no hay día, según nos dicen varios vecinos de ese Departamento, que no se vea a dicho individuo con un cadáver a cuestas conduciéndolo al Cementerio."
Y concluía con una frase que todavía despierta curiosidad:
"Sentimos no recordar el nombre de tan humanitario prójimo, para darlo a conocer de nuestros lectores."
El 19 de octubre de 1886, Los Andes relató la historia de un vecino de Las Heras que, sin cobrar un solo peso, transportaba al hombro los cadáveres de personas indigentes hasta el cementerio. Su nombre nunca quedó registrado, pero su gesto solidario sobrevivió en las páginas del diario.
Archivo Diario Los Andes
El anecdotario funerario de la Mendoza de fines del siglo XIX no termina allí. Otra curiosidad fue la existencia del llamado "inspector de muertos", funcionario encargado de certificar oficialmente cada fallecimiento antes de autorizar la inhumación. El problema era que había solamente uno para toda la ciudad y encontrarlo resultaba una verdadera odisea.
Una crónica publicada en 1897 resumía el malestar general bajo un título elocuente: "Dos días insepulto".
"Es unánime la queja que hay contra el inspector de muertos, que con motivo de no residir en la ciudad, es difícil encontrarlo cuando se requieren sus servicios para que expida el certificado de defunción (...)."
El artículo relataba el caso de Aquilio Reta, fallecido en la calle Ituzaingó, cuyo cuerpo permaneció sin sepultura porque el funcionario no podía ser localizado.
"El lunes ha dejado de existir en la calle Ituzaingó el individuo Aquilio Reta, el que hasta ayer a las doce no había sido sepultado, pues el inspector de muertos no había podido ser encontrado hasta ayer por la mañana."
Pero el episodio no era excepcional. La misma nota advertía:
"Con frecuencia sucede que un cadáver tiene que permanecer dos, tres o más días insepulto a causa de que al funcionario aludido no se le encuentra, ni en su oficina, ni en parte alguna, de lo que resulta que no se pueden hacer las diligencias para la inhumación del extinto."
Aunque resulte sencillo condenar la negligencia del inspector, la realidad sanitaria de la época era mucho más compleja. Ser enterrado tampoco garantizaba el descanso definitivo. Durante la epidemia de cólera de 1886, Los Andes denunciaba el deplorable estado del cementerio de Guaymallén:
"Las murallas que lo circundan están completamente destruidas, notándose grandes boquetes, por donde penetran perros, sin duda a saciar su hambre con los cadáveres que allí se sepultan."
Las consecuencias eran estremecedoras. En ocasiones, los perros salvajes arrastraban restos humanos fuera del cementerio y los abandonaban en plena vía pública después de haberlos devorado parcialmente.
Estas pequeñas noticias, casi perdidas entre miles de páginas amarillentas, permiten reconstruir una Mendoza marcada por las epidemias y la precariedad institucional. Pero también muestran gestos de extraordinaria solidaridad, como el del desconocido vecino de Las Heras que cargaba cadáveres al hombro para que los más humildes pudieran recibir una sepultura. Son historias que sorprenden, estremecen y, sobre todo, recuerdan el enorme valor que tienen los archivos de Los Andes para comprender cómo vivían —y cómo morían— los mendocinos desde fines del siglo XIX.