En una época de malestar generalizado y una sociedad enferma, las consecuencias se las lleva el último espacio de ejercicio de la socialidad: la escuela
Vivimos la era del hiper/individualismo. Promovido desde la exaltación de lo personal propia del Occidente capitalista, incluso desde la izquierda se ha contribuido -sin quererlo- a que las instituciones tradicionales se erosionen sin remedio ni reemplazo. Se logró el retroceso casi total de la religión -sobre todo en su aspecto normativo- y de la familia como conglomerado estable para la filiación. Y lo mucho que se ganó en libertad se fue perdiendo en los vínculos: ya no se quiere tener pareja estable, no se quiere criar hijos, la disminución de la población joven va a ser drástica en las próximas décadas.
Este es un aspecto del desanclaje social contemporáneo. A ello se suma el espacio de las pantallas y las redes sociales, cada quien con sus programas y plataformas, cada cual con su burbuja y su pérdida de la corporeidad. La muchedumbre solitaria, cada uno mirando su iPhone todo el tiempo.
Se agrega la desaparición de la cadena de producción en las fábricas, propia de esa modernidad que mostró Chaplin. Ya ése no es sitio habitual de lo colectivo, al menos lo es en medida mucho menor que hace 50 años. En cambio proliferan los deliverys, los choferes de aplicaciones, los trabajadores aislados ante sus computadoras en sus propias casas. Se convida hasta a hacer “homeschooling”, como en el proyecto de ley nacional de educación. Ya no es “de la casa al trabajo”, sino sólo “de la cama al living”. En soledad.
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Ya no es “de la casa al trabajo”, sino sólo “de la cama al living”. En soledad.
Y encima, el neoliberalismo promueve el emprendedurismo personal y competitivo, hace creer en la superioridad de no asociarse, en la gloria de “no tener jefe” aunque tampoco se tenga vacaciones, seguridad social, jubilación ni seguro por accidentes. Las nuevas prácticas sociales están sinergizadas por ideologías que hacen un panegírico del aislamiento, la autosatisfacción y la individuación. Hasta se fomenta la apatía por el amor, e incluso la más elemental por el sexo.
Estamos, parafraseando a Freud, ante un nuevo malestar en la cultura. La individualización, el aislamiento, la falta de reconocimiento hacia los otros y desde los otros, produce frustración. El deseo de reconocimiento es el primer deseo, planteaba Hegel. Hoy está semidestrozado, trizado, perdido.
La frustración generalizada conlleva la violencia. Que para colmo, se ve hoy alentada desde la primer magistratura visible a nivel mundial -la de EE.UU.-, y también desde la nacional. Es esta una causa entre muchas, pero no es indiferente que desde el máximo lugar de emisión de la república se insulte, agravie, desacredite y agreda. Pocos lo dicen, pero es bastante evidente: no se pasa por esos exabruptos verbales sin generar consecuencias. Hay vientos que desatan tempestades.
Si se suma la pésima situación económica que hoy padecen la mayoría de las familias argentinas, sus angustias para conseguir dineros extras y llegar sin deudas enormes a fin de mes, se completa un cuadro desolador. Se vive mal, se padece, hay angustia y poco horizonte de futuro: todo esto aumenta la agresividad latente, creciente y silenciosa.
Y ello se descarga en las escuelas. ¿Por qué? Es simple: porque es uno de los últimos espacios de ejercicio de la socialidad. De una socialidad donde se sabe quiénes son los otros, no ocasional como un espectáculo de rock o un partido de fútbol. Socialidad donde los otros tienen nombre, rostro, alguna historia compartida.
Alumnos, escuela
La frustración social es llevada a la escuela
La sociedad está enferma, y se está descargando donde puede: las escuelas parecen ser sitio preferencial. No están preparadas para ello: habrá que mejorar el cuidado, impedir la circulación de elementos de agresión usables como armas. Habrá que mejorar el análisis sobre los estudiantes, con gabinetes psicopedagógicos que implican inversión (que un gobierno anti-Estado no quiere realizar). Hay que prevenir desde la promoción de la convivencia.
Pero si la socialidad en su conjunto sigue herida, si el neoindividualismo continúa imponiéndose, la frustración y la violencia continuarán inevitables. O hay cambios de timón en lo sociocultural global, o deberemos acostumbrarnos tristemente a estos dramas humanos desde una nueva ley de la selva.
(*) Profesor emérito, Universidad Nacional de Cuyo