14 de marzo de 2026 - 17:35

Murió Jürgen Habermas: adiós a un "maestro del pensar"

El filósofo alemán, nacido en Dusseldorf en 1929, falleció hoy a los 96 años. Sus trabajos sobre lenguaje, ética y derecho fueron muy influyentes. El mendocino Roberto Follari lo evoca en este artículo.

Ha muerto Jürgen Habermas. Un filósofo enorme, un enciclopédico irrepetible. Y si bien este pensador alemán ha escrito hasta hace poco tiempo, su “muerte intelectual” es muy anterior. No sólo porque él ya había atenuado su peso en la discusión pública: también porque esta misma ha cambiado radicalmente sus reglas.

En el mundo de la prepotencia a/lógica de Trump, del dominio de las plataformas, la inteligencia artificial y de Elon Musk, ya de poco valía la apelación al argumento, al discurso, a la razón misma con pretensiones universales. Los supuestos del heredero de Frankfurt lucían perimidos.

Lo cual, paradojalmente, los hace impensadamente vigentes. Ante la sin/razón en ciernes, la pérdida de toda regla para limitar poderes a los Ejecutivos, el inicio de guerras ilegales, la asunción de las potencias de que pueden hacer lo que se les antoje, la apelación a la razón alcanza ribetes de necesidad. O recuperamos el pensamiento y la deliberación, o nos hundimos como civilización planetaria.

Habermas y la influencia de la escuela de Fráncfort

Imposible resumir en brevedad —incluso en un solo libro— la amplitud de conocimientos y de propuestas habidas en la obra de Habermas. Comenzó como hijo de los frankfurtianos iniciales, Marcuse —a quien dedicó más de un homenaje—, Adorno y Horkheimer.

Acorde a ese legado, reivindicó la dialéctica y el husserliano “mundo de la vida”, y quiso derivar hacia allí sus postulaciones. Así mostró que tras el conocimiento está el interés (no el inmediato, sino un interés “trascendental”), y escribió sobre ciencia y técnica como ideología, en la huella de sus maestros.

Pero toda su posterior y original teoría de la acción comunicativa se alejó del legado anterior. Una doctrina que no se sabía si era para normar actos, o sólo para evaluarlos, pero que llevaba la exigencia de la razón al debate público y a la discusión cotidiana o la académica. Es una apelación a la razón con pretensiones universales de validez.

habermas ratzinger
Jürgen Habermas con el papa Benedicto XVI, con quien entabló fructíferos diálogos polémicos, algunos de los cuales fueron convertidos en libro.

Jürgen Habermas con el papa Benedicto XVI, con quien entabló fructíferos diálogos polémicos, algunos de los cuales fueron convertidos en libro.

Así, se ponía casi en las antípodas de Marcuse y los otros pioneros de Frankfurt. Para estos, la razón era —vía ciencia y técnica— la nueva forma de dominación capitalista (e incluso la existente en la URSS de entonces). Ellos reivindicaban el arte, el cuerpo, el erotismo (Marcuse). Habermas apostaba al argumento, y sin negar el arte no lo ponía en un sitio prominente. Defendía esa razón que criticaban sus mentores. O mejor: defendía “otra” forma de la razón, que buscaba no identificarse con la de la dominación científico/técnica.

Enemigo de los posmodernos

Lo cierto es que ello llevó a Habermas a confrontar contra otros mitos de época, como Foucault o Derrida. Y a embanderarse contra la posmodernidad, entendida como una nueva forma del irracionalismo. En una charla para unos pocos académicos en Buenos Aires, pude preguntarle —en idioma inglés penoso para ambos— si no advertía “síntomas prácticos” de lo posmoderno en la vida contemporánea. Contestó con un amable pero cerrado “no”.

Los gobiernos populares latinoamericanos de inicios de siglo (Evo, Correa, Chávez, los Kirchner), más la posterior aparición de una nueva derecha irracionalista y atentatoria contra el respeto al otro en el lenguaje (y a menudo en los hechos), que hace del insulto y las mentiras una bandera, dejaron a Habermas en el desván de los recuerdos. No respondía ya a las preguntas que nos hacíamos.

Eso se suma a un dejo europeizante en su escritura. Sin dudas que el universalismo habermasiano tomaba a Europa como abanderado de tal postura: lo bueno para Europa se parecía a lo universalmente bueno. Discutiendo contra Apel, Enrique Dussel —un mendocino de dimensión planetaria— mostraría los límites de esa posición.

El centralismo europeo

Es que el centralismo europeo encandila: hasta para pretender oponérsele, como hizo Foucault al apoyar al ayatola Khomeini, y luego tener que retractarse. O para apoyar la posición occidental de entonces como hiciera Habermas, quedando en una posición incómoda. Los filósofos no saben mediar suficientemente sus convicciones teóricas hacia expresiones políticas. Y apoyar a Occidente en Irán mostraba un colonialismo residual según el cual, se estaban enfrentando “civilización “(Europa) vs. “barbarie” (Irán).

Lo mismo que vemos hoy. Nuestros periodistas hablan despreciativamente contra “el régimen” iraní, que ciertamente es autoritario y ha conllevado persecuciones y muerte. ¿Y el gobierno israelí, con los 70.000 bombardeados de Gaza y su presidente condenado por crímenes de guerra? ¿Y los perseguidos por el ICE, o los lancheros asesinados por EE.UU. en el Caribe? ¿Será eso democracia y racionalidad occidental?

Habermas, heredero de una tradición filosófica

Lo cierto es que ha muerto con Habermas el último “maestro del pensar”, heredero de los nombres de la gran tradición filosófica. Le ha ocurrido en un tiempo que lo niega de la proa a la popa, en que han estallado el valor del argumento y el de las razones, vía el poder militar y la estrategia caótica de los algoritmos y las redes sociales. Un tiempo en que los síntomas que él declaró no ver, se han entronizado a la potencia enésima; donde la subjetividad posmodernizada y neoliberal, situada en lo efímero y vacuo, es la dueña absoluta del espacio sociocultural.

Y donde la soledad, el aislamiento, el olvido del otro son presentados como deseables. En ese desierto del deseo, en ese estallido de la socialidad, en esa liquidación de la razón como nexo para ordenarnos mutuamente, Habermas sin dudas viene a cuento. Es un fármaco que ayuda, es un modo de exorcizar lo peor del presente. Y es la invitación al diálogo, al discurso, a la sinceridad en él: herramientas imprescindibles para vivir, de las que el mercantilismo en auge pretende deshacerse.

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