Nunca alcanzarán las lágrimas para mitigar el dolor por los ausentes. A veces parece una historia lejana y remota, otras un inquietante relato de lo actual: pero la falta lacerante de los secuestrados, asesinados, torturados, no tiene remedio. Su legado está vigente, como lo claman las consignas militantes: pero no están sus cuerpos, sus voces, sus gestos, mil veces reinventados y jamás olvidados.
Sobre el inaudito despojo de las víctimas, ¿cabe construir algún futuro? ¿podemos hoy, medio siglo después, decir algo nuevo? ¿no es repetirnos en la imposibilidad que plantea el hueco de sus faltas?
Sí, siempre se puede. Hay más siempre que decir, aspectos que descubrir de aquel espanto. Y además, los tiempos nuevos inventan otros horizontes de comprensión.
La primavera de una juventud ilusionada fue robada de modo salvaje. Cierto que esos jóvenes rezumaban una inocencia desde la cual pudieron equivocarse. Pero hay que reiterarlo: la respuesta del Estado no fue simétrica. La violencia desde el aparato oficial fue perversa, pues quien debía sostener la ley la violaba, mientras tenía todo el viento de las condiciones a su favor.
Tampoco está de más repetir que 30.000 es el número estimativo entre los casos denunciados y los íue no: que pudo haber un tanto más o un tanto menos pero que es un número racional, nada arbitrario. Quienes lo niegan parecen ignorarlo, o quizá crean que haber asesinado a 22.000 personas o a 26.000, sería un drama menor.
Cierto que estas no son referencias nuevas. Son de las que hay que recordar cada vez. Como también -y es menos dicho- la liquidación económica del país con el primer gran experimento neoliberal: más de 400% de inflación el último año de dictadura, deuda externa que saltó de 12.000 a 45.000 millones de dólares, empezando un calendario interminable de reendeudamientos y pagos insuficientes.
Lo recuperable es que los argentinos aprendimos que la democracia existe. Que es necesaria. Que es valorable: Raúl Alfonsín -de legado hoy casi borrado- fue protagonista principal.
“Con la democracia se come, se educa y se cura”. Ojalá: es condición necesaria, pero no suficiente. La democracia se vistió de promesas, y la sociedad la defendió contra carapintadas y nostálgicos varios del autoritarismo.
Con el tiempo, se degradó. Pronto, el privatismo extremo de Menem nos llevó a carencias mayoritarias. La democracia se angostó, y estalló el país en 2001, exigiendo mejora social y económica. Ante el caos reinante, Duhalde y luego Néstor Kirchner lograron reorientar el país, y hallar un rumbo que luego se socavó con “la grieta” sostenida desde los medios, la política y el aparato judicial.
A nivel mundial, la burbuja inmobiliaria de 2008 acabó con el capitalismo próspero. Cada vez más, la baja en la ganancia llevó a que, para mantenerla, se requiriera más concentración económica. Así el capitalismo se fue separando de la democracia: la apoya sólo en cuanto le sirva.
Se empezó a ensanchar esa brecha entre lo capitalista y lo democrático: se habla hoy del “régimen” de Irán pero no del de Arabia Saudita, sólo porque esta última es aliada de Trump. Es que los sinceros demócratas son pocos: hasta se habla de “república” para denostar a la democracia.
Porque democracia es el gobierno de las mayorías. Y es manifiesto cómo se ha apelado a las formas republicanas contra la democracia: se lo vio muy claro contra el Ecuador de Correa o el gobierno de Evo Morales.
Se lo ve también en ocasionales apelaciones a derechos humanos del pasado, mientras se apoya a represores del presente.
La extrema derecha, en pro de un capitalismo desorbitado, abandona todo vestigio de legalidad internacional, cualquier límite acorde a normas. “Me llevo Groenlandia, Canadá me pertenece, aplasto a Cuba”. Más cerca, no se cumple con leyes votadas dos veces positivamente, como discapacidad o financiamiento universitario.
En el mundo de la conciencia líquida, la des/subjetivación estupidizante, la liquidación de la reflexión y de la espera, la extrema derecha hace su agosto. Arrasa la democracia y la república a la vez: para ella sólo vale el capitalismo individualista.
Para que lo democrático vuelva a seducir, tiene que ligarse a mejora económica y social. Tiene que ser material, no sólo institucional. Tiene que representar a las mayorías. Sólo así puede ganarse adeptos para recuperar el pacto democrático que hoy parece perdido.
Y para ello hay que reivindicar la socialidad, el cara a cara, lo colectivo. Ante la individualización extrema, se exige el reencuentro corporal. No es casualidad que hoy, en el proyecto de ley educacional, se elimine la obligación de ir a la escuela. Recuperar esa socialidad, es reinstalar lo mejor de la trunca utopía de los jóvenes de los años setenta.
* El autor es doctor y Licenciado en Psicología por la Univ. Nacional de San Luis.