Entrevista con Pedro Marabini: "Recuerdo mi primera Vendimia en el 83 como un acto de coraje"
El reconocido director y gestor mendocino habla en esta entrevista de sus proyectos, la infancia y la chispa que lo hizo enamorarse de la Vendimia. Analiza el presente y el futuro de la Fiesta, y también reflexiona sobre su debut en el teatro griego, aún en Dictadura.
Pedro Marabini, gestor cultural y director de vendimias.
Foto:
Ramiro Gómez / Los Andes
Con Vilma Vega, junto al boceto de una de las escenografías más grandes que se hayan visto, en 1989. Foto: Gentileza del entrevistado.
Alguna vez contó que, de niño, se cayó en una pileta de vino. Hoy parece una tentación obvia resignificar la anécdota: Pedro Marabini, criado en una finca de Los Barriales (Junín), creció empapado de nuestra bebida insignia. Eso sí: lo que no sospechaba entonces era que, décadas más tarde, su nombre quedaría indisolublemente ligado a la Fiesta de la Vendimia, donde trazó un legado definitivo.
¿Cómo no iba a ser así? En su haber se cuentan nueve fiestas centrales dirigidas (1983, 1986, 1989, 1993, 1994, 1995, 1998, 1999, 2000) y el cortometraje de la edición virtual de 2021 (codirigido junto a Natanael Navas). Los estudiosos de la Fiesta Máxima sabrán ponderar su capacidad para decodificar la tradición y sellar un estilo propio. Y hasta qué punto, también, fue un artista imprescindible: como cuando tuvo a su cargo "Vendimia Huarpe", en los esperanzados meses previos al retorno democrático.
Reducir su figura al teatro griego, sin embargo, sería recortar el cuadro. A lo largo de su vida, Marabini fue también un hombre de gestión, y su paso por el Ministerio de Turismo y Cultura durante la gobernación de Julio Cobos es prueba de ello.
Pedro Marabini
Pedro Marabini, gestor cultural y director de vendimias.
Ramiro Gómez / Los Andes
Hoy Marabini, a sus 76 años, nos dice que está más activo que nunca: no sería raro cruzárnoslo por la calle y verlo con mochila al hombro, yendo a alguno de sus tantos compromisos. Y, pese a vivir en movimiento, notamos que para hablar se toma su tiempo y elige las palabras más cabales. Nos señala que se encuentra "trabajando en el desarrollo y la gestión de distintos proyectos culturales y turísticos en Mendoza".
-¿Qué podés contar de eso?
- Son iniciativas que buscan articular territorio, identidad y producción, y que requieren mucho trabajo de coordinación, planificación y diálogo con diversos sectores. Es una etapa de definiciones y de avance concreto, donde el foco está puesto en transformar propuestas en realizaciones que puedan tener impacto real en la comunidad y en el desarrollo regional. Lo vivo con entusiasmo, pero también con la conciencia de que llevar adelante estas iniciativas implica esfuerzo, diálogo y perseverancia. Es una etapa intensa, como lo han sido todos los actos de mi vida
-Está bueno empezar por acá, porque antes de la entrevista me decías que te interesaba que hablásemos no solo de Vendimia. ¿Te pesa que se te haya encasillado?
-La Vendimia es una parte muy importante de mi historia y de mi identidad profesional. Le tengo un profundo respeto y agradecimiento porque me permitió crecer, aprender y construir un camino dentro de la cultura. No lo vivo como un peso, pero sí siento que, como cualquier creador, uno necesita seguir explorando otros lenguajes y desafíos. Me interesa que se conozca también el trabajo que vengo desarrollando en proyectos vinculados al territorio, al turismo cultural y a nuevas formas de producción artística. Hoy estoy en una etapa donde busco ampliar esa mirada y aportar desde otros lugares, pero siempre con el mismo compromiso con la identidad y la cultura de Mendoza.
Pedro Marabini
Pedro Marabini, gestor cultural y director de vendimias.
Ramiro Gómez / Los Andes
-Me decías también que estabas muy activo. ¿Cómo es un día en tu vida?
- Bueno, hoy mis días son muy dinámicos. Empiezan temprano, generalmente recorriendo territorios, reuniéndome con equipos de trabajo, productores, artistas o referentes institucionales. Hay mucho de gestión, pero también de pensamiento creativo: escribir, proyectar, imaginar nuevas experiencias culturales y turísticas. Paso bastante tiempo en movimiento, entre la montaña, el valle y el Este provincial, porque varios de los proyectos que estoy impulsando buscan justamente integrar esos paisajes y sus identidades.
-¿Podés contar algo de eso?
-Estoy trabajando en iniciativas vinculadas al desarrollo de circuitos culturales y turísticos, la puesta en valor del patrimonio y la creación de espacios que conecten producción, arte y comunidad. Son procesos que requieren constancia y mucha articulación, pero que también tienen una gran carga de ilusión porque apuntan a generar oportunidades y nuevas miradas...
-Vayamos a tu niñez. Si tuvieras que elegir una imagen de tu infancia que explique tu amor por la Vendimia, ¿cuál sería?
- Si tengo que elegir una imagen, es la de mi padre regando la viña. Ver el agua correr por los surcos, sentir el paso de las estaciones una detrás de otra y entender, aún siendo niño, que todo tenía su tiempo y su esfuerzo. En cada estación hay recuerdos imborrables: las pasas secándose al sol en verano, los juegos interminables con más de treinta primos en la vereda común —vivíamos todos uno al lado del otro—, el almacén de la esquina, las moreras en el camino a la escuela, la campana de la plaza, el zanjón, los San Pedro, el caballito de caña, el corral de los potros, las parvas de pasto...
-Se nota tu emoción.
-Fueron mil pequeñas cosas que me hicieron profundamente feliz y que, sin saberlo entonces, fueron construyendo mi sensibilidad hacia el trabajo de la tierra, la comunidad y la celebración de la vida que representa la Vendimia. Tal vez la infancia dura poco, pero nunca me despegué de ese lugar. Cada vez que vuelvo o paso por allí se mezcla en mí una emoción intensa, entre risas y lágrimas. También hubo momentos muy duros: la muerte de mis abuelos en un accidente marcó esos años y dejó una huella profunda. Sin embargo, todo ese mundo, la alegría, la pérdida, el esfuerzo y el amor familiar, es el que hoy sigue latiendo en mi manera de mirar la Vendimia y de entender la cultura mendocina.
Pedro Marabini
Pedro Marabini, gestor cultural y director de vendimias.
Ramiro Gómez / Los Andes
-¿Qué recuerdos tenés de esas primeras fiestas que veías de niño?
- Me emociona profundamente recordar las primeras Vendimias que vi siendo niño. La que creo haber visto por primera vez fue en la Olla del Parque. Estábamos muy lejos del escenario, pero aún así todo me parecía monumental, extraordinariamente hermoso. Yo era muy chico y no podía dimensionar la magnitud de lo que estaba viendo. Cuando uno es niño, todo se vive con una magnificencia única, y aquella experiencia me impresionó de una manera que quedó grabada a fuego en mi vida. Recuerdo esas escalinatas inmensas, la orquesta en vivo, el movimiento de cientos —o quizás miles— de bailarines y actores que llenaban el escenario. Era una imagen poderosa, casi mágica.
-¿Ahí supiste que ese era tu camino?
-Creo que fue en ese momento cuando empecé a sentir, sin saber bien cómo nombrarlo, que quería ser parte de ese mundo. Había una luz, una energía que me fascinaba, que me encandilaba y me atraía profundamente. También están en mi memoria las primeras Vendimias en los cerros, cuando llegábamos en familia entre los pinos del Cerro de la Gloria. Era una verdadera maravilla. Todo lo que a uno lo conmueve de esa manera termina marcando el camino por donde va a transitar. Y para mí, sin dudas, la Vendimia empezó a ser ese camino desde aquellos días.
-¿Hay algo de esas fiestas que mires con nostalgia? ¿La mística que se tenía, la importancia de lo artesanal o alguna otra cosa?
- Todo me fascinaba. En ese momento yo era muy chico y no alcanzaba a distinguir lo artesanal como concepto, pero sí sentía la fuerza de todo lo que veía. Me atraía profundamente la escenografía, la crudeza de piedra del Teatro Griego, esas luces que nacían desde el piso, los escenarios abiertos en los cerros. Me conmovía ver a miles de bailarines y actores en movimiento, escuchar una música que a veces llegaba lejana, como si viniera desde el infinito. Recuerdo la banda interpretando esas marchas que yo empezaba a amar y a aprender en la escuela, los fuegos artificiales que enloquecían al público, el fervor popular, la emoción colectiva. La gente… siempre la gente, ovacionando a su reina con una pasión que parecía no tener fin.
-Todo era mágico.
-Sí. Fue una época en la que disfruté intensamente y en la que, sin darme cuenta, fui aprendiendo a querer lo nuestro, a sentir orgullo por esa celebración tan propia. Son imágenes y sensaciones que nunca olvidé y que siguen muy arraigadas en mí, como una raíz profunda que todavía hoy guía mi mirada y mi trabajo.
Embed - Fiesta Nacional de la Vendimia 2021
- Tu primera Vendimia fue en el 83, y la última en medio de la pandemia. ¿Sentís que la Vendimia, como espectáculo de nuestra identidad, logró acompañar los cambios sociales y políticos del país a lo largo de estas décadas?
- Siento que la Vendimia ha sido, a lo largo de estas décadas, mucho más que un espectáculo: ha sido un espejo sensible de los tiempos que vivimos como sociedad. Mi primera Vendimia, "Vendimia Huarpe", con libro de Mirian Armentano, coincidió con el inicio de la Democracia y fue para mí una experiencia profundamente estremecedora. Yo era muy joven y asumíamos una enorme responsabilidad: la de decir, desde la fiesta mayor de los mendocinos, quiénes éramos y qué nos había pasado. Sabíamos que la Vendimia había sido creada para expresar la identidad de un pueblo, y no podíamos quedarnos en silencio. Dijimos mucho. Pusimos en escena aquello de lo que no se había podido hablar durante largo tiempo. Lo hicimos con coraje, incluso cuando todavía había temores. Nos parábamos casi estoicos como comunidad para formular una pregunta que aún resuena: "Guanacache, respóndeme." Era una interpelación profunda, una forma de obligarnos a pensar quiénes éramos, qué heridas arrastrábamos y por qué seguíamos celebrando. Volvieron a escucharse voces que habían sido silenciadas: la de los pueblos originarios, la de Mercedes Sosa, la poesía de Tejada Gómez y tantas otras expresiones que durante años habían quedado en los márgenes. Montar aquella fiesta fue, en esencia, un acto de recuperación de la palabra y de la memoria después de un tiempo de opresión.
-La última que hiciste en 2021 fue muy distinta.
-Sí, me tocó atravesar otra Vendimia en un contexto completamente distinto, marcado por la pandemia y por un dolor que atravesaba al mundo entero. Y nuevamente la fiesta intentó acompañar ese tiempo, sostener la identidad colectiva, recordar que incluso en la incertidumbre necesitamos símbolos que nos reúnan. Por eso creo que la Vendimia ha sabido transformarse con los cambios sociales y políticos del país. Ha sido celebración, pero también reflexión; ha sido belleza, pero también testimonio. Y en ese diálogo permanente entre tradición y presente reside, tal vez, su verdadera fuerza.
-Muchos recuerdan tu primera Vendimia como disruptiva y precursora de nuevos aires.
- La celebración vendimial, como he dicho siempre, va mucho más allá del festejo. Es una expresión viva de lo que somos como pueblo. Es el momento en que Mendoza se pone de pie para decirle al mundo qué le pasa, qué siente y cómo atraviesa su tiempo. Allí, para mí, reside su verdad más profunda: en esa comunidad que se presenta frente al mundo, entera, estoica, levantando la voz de los que no callan. Esa ha sido siempre mi manera de entender la Vendimia. Sé que hay otras, por supuesto, y todas forman parte de una tradición amplia. Pero algunos elegimos transitar el camino de una Vendimia que no se conforme solamente con deslumbrar, sino que también se anime a decir. Una Vendimia que no renuncie a la belleza, al brillo, al color, a la emoción del gran espectáculo, porque todo eso también le pertenece; pero que no permita que lo visual opaque la profundidad de un guion que elige hablar antes que omitir. Por eso, cuando recuerdo aquella primera Vendimia del 83, la recuerdo como un acto de presencia y de coraje. Como una celebración que no quiso quedarse en la superficie, sino que asumió el desafío de expresar un tiempo histórico, de interrogar la memoria y de devolverle a la fiesta su dimensión más honda: la de ser una manifestación artística capaz de conmover, de representar y de decir aquello que un pueblo necesita decir.
-Hace pocos días se conmemoraron los 50 años del golpe. ¿Qué sentiste?
-En estos días esa memoria vuelve con una fuerza especial. Porque no se trata solo de recordar una fecha dolorosa, sino de comprender que el arte, cuando asume su tiempo y su responsabilidad, puede transformarse también en una forma de testimonio, de dignidad y de verdad. Y para mí, cuando la Vendimia alcanza esa dimensión, deja de ser solo una fiesta: se vuelve un acto profundo de identidad.
- Respecto a tu trabajo, ¿cuál fue el desafío técnico más difícil que tuviste que resolver en una Vendimia?
- Podría decir que fueron muchos los desafíos técnicos a lo largo de los años, pero uno quedó especialmente grabado. Fue en la Vendimia del 2000. Después de días y noches de trabajo en una compleja puesta de luces, con tecnología de última generación, una consola prácticamente única en el país, el día de la fiesta nos avisaron que no funcionaba. No hubo tiempo para reproches. Tuvimos que salir adelante improvisando con una consola de respaldo que no tenía programada la puesta. Fue un momento muy duro, pero también revelador: técnicos, artistas y todo el equipo pusieron el cuerpo y el corazón para sostener el espectáculo. Con muy poco, casi de manera artesanal, logramos una función digna y emocionante. Esa noche entendí que la Vendimia también está hecha de asombro, de riesgo y de compromiso colectivo. Más allá de la tecnología o la espectacularidad, su verdadera fuerza está en la pasión y la responsabilidad de quienes la hacen posible para la alegría de todo un pueblo.
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Con Vilma Vega, junto al boceto de una de las escenografías más grandes que se hayan visto, en 1989. Foto: Gentileza del entrevistado.
- Si pudieras volver a ver uno de tus espectáculos, como un espectador más, ¿cuál elegirías?
- Si tuviera que responder con una sola palabra, diría: todas. Las que hice yo y las que hicieron tantos colegas a lo largo del tiempo. Porque cada Vendimia es parte de una misma pasión colectiva que nos atraviesa y nos trasciende. Me gustaría volver a verlas desde la tribuna con la mirada simple y emocionada del espectador, reconociendo el enorme trabajo, la creatividad y la entrega de todos los que las hicieron posibles. Cada una tiene su verdad, su tiempo y su belleza. Las siento como parte de un camino compartido, de una historia que seguimos construyendo entre muchos. Y ojalá esa pasión, que nos convoca año tras año, nunca me abandone.
- Tu última Fiesta Nacional sobre el escenario fue en el 2000. ¿Te ves volviendo a dirigirla?
- En efecto, en el 2000 fue mi última Vendimia en el teatro Griego, nunca más pude volver y está bien: hay tiempo para todos. Pero nunca me quedé un año sin hacer vendimias: trabajé en los departamentos procurando poner en valor un género que merece respeto y es orgullo y patrimonio de los mendocinos. Y en cuanto a si volvería a dirigirla, mentiría de soberbio al decir que no. Creo que hay tiempo para todo y sé que tengo mi modo de construir el festejo. Jamás diría que no.
-¿Cómo viste las últimas ediciones de la Fiesta?
- Todas las Vendimias me gustan y creo que siempre me van a gustar. Hemos recorrido un largo camino para que nuestra fiesta alcance el reconocimiento que hoy tiene a nivel mundial. Ha sido, durante décadas, una herramienta poderosa para promover a Mendoza, para mostrar su identidad, su capacidad creativa y el orgullo de su gente. Y ese objetivo, sin dudas, se logró. Sin embargo, con el paso del tiempo siento, y lo digo con respeto pero también con preocupación, que la celebración podría correr el riesgo de perder parte de su esplendor y de su sentido más profundo. La Vendimia nunca fue solo una fiesta que "hay que hacer" por calendario. Fue, y debería seguir siendo, la expresión viva de un pueblo que dice, un género artístico único donde se canta y baila para manifestar quién es y qué siente. Me inquieta pensar que pueda transformarse en un formato más comprimido, más institucional, donde la voluntad creativa y la mirada del sector artístico que construye este espectáculo único en el mundo pierdan protagonismo frente a la lógica de una agenda. La Vendimia tiene una potencia extraordinaria: permite elevar la voz colectiva como pocos acontecimientos culturales lo hacen, y expresar el orgullo de una identidad indiscutida. Creo que este es un desafío que debería interpelarnos a todos los mendocinos. Poner en valor la fiesta, buscar nuevos caminos, encontrar formas contemporáneas de decir, pero sin modificar su contenido esencial ni su espíritu. Porque cuando la Vendimia logra emocionar y representar de verdad a su pueblo, deja de ser solo un evento y vuelve a convertirse en lo que siempre fue: una celebración profunda de nuestra identidad.
- Muchos claman, desde hace años, que se produzca algún tipo de renovación en el espectáculo. ¿Estás de acuerdo con estos planteos?
- Sí, estoy de acuerdo en que toda manifestación cultural viva necesita renovarse. La Vendimia no puede ni debe quedar detenida en el tiempo. Cada generación tiene el derecho y también la responsabilidad de encontrar nuevas formas estéticas, nuevos lenguajes y nuevas maneras de conmover. Pero la renovación no puede confundirse con la pérdida de sentido. Innovar no es vaciar de contenido ni transformar la fiesta en un simple producto de agenda. La verdadera renovación debe fortalecer su esencia: la de ser una expresión profunda de la identidad mendocina, una voz colectiva que celebra, reflexiona y representa a su pueblo. Creo que el desafío está justamente ahí: cambiar las formas sin renunciar al alma de la Vendimia. Cuando eso se logra, la fiesta no solo se actualiza, sino que vuelve a emocionar y a tener sentido para todos.
- Este año se incorporaron unos drones que sirvieron para "coronar" el espectáculo. ¿Temés que terminen desplazando la atención del espectáculo teatral vivo?
- Para nada. Siempre he sido, y muchos lo saben, un impulsor de cambios e innovaciones en la realización del festejo. A lo largo de los años trabajamos en la transformación de la estructura escénica, en la ruptura de formatos convencionales, en el tratamiento de la piedra del Teatro Griego, en la incorporación de escenarios móviles y alturas escénicas poco habituales. También sumamos luces móviles, láser, fuentes de agua de nivel internacional, música en vivo, escenas en los cerros, la participación de bailarines de los departamentos, caballos y carruajes en escena, grandes elementos de utilería, vestuarios específicos para cada cuadro, acrobacia aérea y espectáculos piromusicales como coronación, entre muchas otras cosas. Pero todo eso tuvo siempre un mismo sentido: acompañar y potenciar los contenidos argumentales del guion, nunca reemplazarlos ni convertirse en un entretenimiento vacío. Por eso no estaría en oposición a la incorporación de herramientas tecnológicas como los drones. Al contrario, creo que, en la medida en que el contexto económico lo permita, estas innovaciones nos acercan a los grandes espectáculos internacionales y también pueden ayudarnos a diferenciarnos dentro de un género que es único en el mundo. El punto clave es que la tecnología sea un recurso al servicio del lenguaje teatral vivo, de la actuación, la coreografía y la narrativa identitaria que define a la Vendimia. Cuando eso se respeta, estos elementos no desplazan el protagonismo del espectáculo, sino que amplían sus posibilidades expresivas y fortalecen su capacidad de asombro sin perder su esencia.
- ¿Qué opinás de que este año, por problemas climáticos, económicos y de superposición con shows privados, no haya habido repetición del espectáculo?
- Creo que esta última Vendimia, como ocurre casi todos los años, tuvo aciertos y desaciertos tanto desde lo artístico como desde lo organizacional. Las consecuencias de cada decisión siempre quedan a la vista y generan opiniones encontradas. No ha sido un año fácil: el contexto climático, económico y de programación ha sido complejo, aunque también hemos atravesado momentos mucho más difíciles en la historia de la fiesta. En ese marco, haber podido concretar el espectáculo ya es, sin dudas, un logro plausible. Personalmente soy muy respetuoso del trabajo de mis pares. He transitado la Vendimia desde muchos lugares: desde roles pequeños dentro de los equipos, pasando por responsabilidades organizativas desde la estructura oficial, hasta la dirección artística en numerosas ediciones. Sé lo que significa trabajar incansablemente contra el tiempo, contra las incertidumbres y muchas veces contra factores que no dependen de uno. Febrero y marzo siempre son meses exigentes, y la naturaleza (que es parte esencial de esta celebración nacida del esfuerzo de la tierra y sus ciclos) también juega su papel sin pedir permiso. La repetición del espectáculo es un momento muy esperado porque permite compartir lo realizado con más público, prolongar la emoción y multiplicar el encuentro. Por eso, cuando no se puede concretar, se siente. Pero también entiendo que cada edición tiene sus propias condiciones y desafíos. Lo importante es valorar el enorme esfuerzo colectivo que implica llevar adelante esta fiesta única, y sostener siempre el espíritu de compartir que la caracteriza. Mientras más se pueda mostrar, repetir y vivir la Vendimia, mayor será la alegría y el sentido de comunidad que genera.
- En una década más, que no es mucho, la fiesta va a cumplir 100 años. ¿Cómo te imaginás ese centenario?
- Imagino el centenario de la Vendimia como una gran oportunidad para celebrar no solo la continuidad de una tradición, sino también el camino recorrido por generaciones enteras que hicieron posible esta fiesta. Me gustaría que sea un momento de reconocimiento profundo y eterno a los hombres y mujeres que, desde distintos roles entregaron su pasión por lo popular para sostener y hacer crecer este espectáculo único. Pero también, y muy especialmente, al hombre y la mujer de los viñedos, de las bodegas, del vino , a todos aquellos que tal vez no están en el festejo ni en las gradas, pero lo viven desde donde pueden, con respeto, con adhesión y con ese orgullo silencioso que nace del trabajo cotidiano. Porque la Vendimia existe gracias a ellos, a su esfuerzo, a su constancia y a su vínculo profundo con la tierra. Más que cambiar su esencia, el centenario debería ser una oportunidad para proyectar la fiesta hacia el futuro.
- Has trabajado mucho en el desarrollo cultural en distintos departamentos. ¿Qué te aportó como artista y gestor ese contacto directo con la gente?
- Me aportó un afecto y un contacto único, profundamente fuerte con la gente. Con ese pueblo que disfruta de su vendimia de forma simple: solo con el mate, el vino y todas las ganas del mundo, dispuesto a sentarse en el suelo si no hay otro espacio con tal de disfrutar de lo suyo. Eso me enseñó que estamos ante un momento mágico para compartir pensamientos, brindar un mensaje, abrazar y reflexionar; para aplaudir lo que se siente propio y donde cada uno asume el protagonismo de su identidad. Me hace inmensamente feliz el aplauso de la gente, la alegría del pueblo y la unión en este acto que suma almas, voluntades y pensamientos. Para mí, no hay nada mejor ni más valioso que lo popular. He aprendido muchísimo de la risa, de la piel de gallina ante un aplauso emocionado, y también del respeto de los silencios en los momentos de introspección. Siempre se aprende, y es algo que no quisiera dejar de hacer jamás, hasta mis últimos días.
- Hay festivales, como el Encuentro de las Naciones de Junín, que te deben mucho.
- He trabajado toda mi vida, desde muy joven, en el campo de la cultura. He militado con convicción en aquello que amo: la educación, el arte, la humanidad, la simpleza y, por sobre todo, la voluntad de compartir. De vivir más intensamente lo que somos, aquello que nos hace verdaderamente humanos y comprometidos. He tenido la oportunidad y la responsabilidad de hacerlo en distintos espacios, tanto públicos como privados, y también desde el ámbito independiente, con todo lo que eso implica. Siempre con entrega absoluta y con la profunda convicción de estar haciendo lo que debía. Entender de dónde venimos y hacia dónde vamos ha sido siempre mi motor. Por eso adoro las fiestas populares, porque en ellas vive la identidad que nos define y el orgullo de pertenecer. He hecho mucho, he generado, he compartido. He reído y también he llorado. Pero en cada paso, en cada proyecto, lo que más me sostiene es el orgullo de haber trabajado con honestidad y entrega. Esa ha sido mi llave: entrar y salir de cada experiencia con la cabeza en alto y los pies sobre la tierra.
- ¿Cuál es el proyecto en el que trabajaste que te da más orgullo?
- No podría elegir un solo proyecto, porque todos forman parte de una misma vida, de un mismo camino. Sobre todo, siento un profundo agradecimiento hacia quienes me acompañaron a lo largo de todos estos años. ¡Nada de esto hubiese sido posible sin ellos!
- Para finalizar, en tu larga trayectoria como artista y gestor te ha tocado trabajar en épocas de vacas flacas y de bonanza. ¿Cuál es la estrategia de supervivencia cultural cuando el Estado decide que la cultura es un "gasto prescindible"?
- La cultura nunca es un gasto prescindible: es la base de nuestra identidad y el motor de nuestro futuro. Cuando el Estado la relega, la estrategia de supervivencia no puede ser la resignación, sino la acción colectiva. La respuesta está en la convicción y en la alianza entre lo oficial y lo privado. El Estado tiene la obligación de sostener políticas mínimas, pero las empresas, las instituciones y la ciudadanía deben asumir que invertir en cultura es invertir en cohesión, innovación y desarrollo. La cultura sobrevive y se fortalece cuando todos la defendemos como un deber compartido. No es un lujo, es un derecho. Y solo con la unión de lo público y lo privado lograremos que, incluso en tiempos de vacas flacas, la cultura siga siendo el corazón que nos une y el faro que nos proyecta hacia adelante.
Un rápido Ping Pong
-¿Un libro para recomendar? "Entre héroes y tumbas", de Ernesto Sábato.
-¿Una película que siempre volverías a ver? "Esperando la carroza"
-¿La última canción que escuchaste? "El Témpano", maravilloso canto a la resistencia.
- ¿Un lugar en Mendoza? Los Barriales, en Junín.
-¿Tu varietal favorito? El Nebbiolo o el Malbec hecho por mi padre.
Una presentación en primera persona
Nací en los Barriales Junín Mza, tierra con historia, y me crie en una bodega. Toda mi infancia estuvo ligada a la viña, la bodega, la acequia: la producción de esta tierra. Por eso mi vínculo con la cultura viene desde la infancia. Crecí en un entorno donde la sensibilidad artística y la curiosidad por las historias y las personas estaban muy presentes. Muy joven empecé a acercarme al teatro y a las manifestaciones culturales populares, y con el tiempo entendí que ese sería mi camino.
Desde entonces, mi vida ha estado atravesada por la creación (incluyendo nueve Fiestas de la Vendimia y un cortometraje del 2021), la gestión cultural y el trabajo colectivo, que es lo que más me moviliza y me define.
Pasé por distintas carreras, busqué mi vocación y un día me encontré feliz por haberlo logrado.